El camino ecuménico es el camino de la Iglesia

Al celebrar este año el 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y el 20º aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, el papa Benedicto XVI ha convocado a toda la Iglesia con la carta apostólica Porta fidei (PF) a “un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe” (PF 4).

Será necesario desempolvar del arcón del Vaticano II las intuiciones y motivaciones más profundas que llevaron al papa Juan XXIII a sorprender al mundo con la convocatoria de un nuevo concilio. La índole pastoral y el ecumenismo latían en el corazón del papa Roncalli desde el primer momento que quiso abrir a la Iglesia a un nuevo Pentecostés.

Profundizar y redescubrir la autenticidad de la fe nos ha de llevar irremediablemente a un proceso de purificación, capaz de eliminar la escoria de la historia de las divisiones, haciendo brillar con mayor intensidad el valioso metal de la fe en toda su belleza.

Este es el marco en el que nos proponemos retomar el decreto Unitatis Redintegratio, que ha de seguir siendo para nuestros tiempos el que marque el rumbo de un auténtico ecumenismo.

papa Benedicto XVI con ortodoxos griegos en 2007

El papa Benedicto XVI con ortodoxos griegos en 2007

El Concilio, una nueva era para el ecumenismo

El cambio eclesiológico que se lleva a cabo con el Concilio Vaticano II, inspirado por la idea del aggiornamento promovida por Juan XXIII, en fidelidad a Dios y a los hombres de nuestro mundo, significó para la Iglesia –como afirmara el dominico francés M. D. Chenu– el paso a una “nueva era”: del monólogo al diálogo, del microcosmos a la historia, del ser a la relación, del anatema al ecumenismo.

Esta nueva actitud ante el ecumenismo se fundamenta en el redescubrimiento del rostro de la Iglesia, que conllevaría un cambio en la forma de relacionarse con el hombre, la sociedad, el mundo, la ciencia y ¡cómo no! con los “hermanos separados”.

Así, Lumen Gentium mostrará el rostro rejuvenecido de una Iglesia que quiere dar respuesta a los nuevos tiempos “revigorizando –en palabras de J. Ratzinger– lo propiamente cristiano en su propia novedad que nunca envejece (…), sin sustituir o disolver la Iglesia, sino sacando a la luz su primitiva fuerza y pureza”.

Daba así comienzo la “nueva era” de la relaciones de la Iglesia católica con el movimiento ecuménico, iniciándose toda una serie de diálogos bilaterales a nivel internacional, regional y local, que poco a poco irán dando sus frutos.

El ecumenismo, tal y como aparece tratado en el decreto Unitatis Redintegratio, tiene, por tanto, como trasfondo y fundamento la eclesiología de la constitución Lumen Gentium, acentuándose la íntima vinculación de ambos documentos desde las primeras líneas del decreto (cfr. UR 1).

Será la eclesiología el principio hermenéutico desde el que interpretar de manera equilibrada el ecumenismo en el Concilio. De tal manera que puede comprenderse el decreto Unitatis Redintegratio como la prolongación ecuménica de la doctrina de la Iglesia de Lumen Gentium.

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