El calvario de un corazón

Un mal día, sin que medie aviso ni síntoma previo, el protagonista descubre que tiene una insuficiencia cardíaca severa. Decir que a partir de allí su mundo se derrumba es ceder a la tentación impersonalizada de las frases hechas: cuando la muerte aparece en el horizonte visible de una persona, las palabras, todas, pierden su espesor significante, flotan en el aire sin poder anclar su sentido en la realidad.

El corazón de la voz que narra –por la dedicatoria inicial al personal del Hospital Argerich es más que deducible el rasgo autobiográfico de La insuficiencia – posee una falla congénita que recién ahora, pasando los 48 años, manifiesta su dificultad para seguir trabajando con normalidad. Válvula tricúspide, ventrículo izquierdo, falla aórtica son algunas de las nuevas palabras esdrújulas que se incorporan a su diccionario de uso habitual. Un lenguaje que sólo de lejos es aséptico. De cerca, es insidioso, envolvente, mortal.

Y es esa aproximación inexorable al fin, lo que lo sumerge en amargas reflexiones: “¿Y acaso no sucede que como consecuencia de una crisis el tiempo se pliega, se contrae la inercia de años en otro régimen, en un black-out? Pasan los días sin pasar, dolor, remordimientos, culpas, mentiras… Los cachetazos en alta definición, insonoros, los tropezones en la calle, la decepción, el esfuerzo por ser simpático, ¡el tiempo de análisis, todas esas sesiones, todas a la vez!” Las estaciones de su calvario particular lo llevan de un médico a otro, de un especialista a un cirujano, de una sala de espera a una cama de hospital. Postrado en la habitación, sin poder evitar que el menor movimiento le provoque el mayor esfuerzo, el protagonista se enfrenta con su peor enemigo: sus propios fantasmas. Todo queda puesto en duda, cartesianamente, desde el absurdo corset cultural de la cotidianidad hasta el sentido último de la existencia.

El diagnóstico establece una operación a corazón abierto. Su cuerpo deja de ser suyo y se convierte en un laboratorio, el centro de las miradas, el estudio y las intromisiones de los otros. Pierde peso, la fecha de la intervención se aplaza por otras complicaciones, la agonía se extiende como una rueda sinfín. Y el paciente se pregunta por qué. ¿Por qué ahora y no antes? ¿Por qué a él? “¿Alguno de estos tipos se pregunta por las ganas de vivir que tendría el beneficiario de una operación que casi con seguridad degradará su singularidad?, ¿por qué sobrevivir, en general?, ¿qué significa sobrevivir?, ¿cuál es la obligación de sobrevivir?”.

Al contrario de lo que podría pensarse, el relato no se torna asfixiante por exceso de formol hospitalario ni se convierte en una moralina barata para esparcir esperanza del estilo de la autoayuda. Es la reflexión desesperada y terriblemente humana de un sujeto puesto en una situación límite al que le tiemblan los pies porque simplemente no sabe si al día siguiente podrá ver los rayos del sol asomarse por la ventana.

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