El atroz recuerdo

Con las primeras matanzas organizadas por el Imperio Otomano en Turquía oriental, el siglo XX terminaría para el pueblo armenio en un calvario que nadie quiso atender. El saldo de esa prueba piloto de exterminio –crimen que en 1944 el jurista polaco de origen judío Raphael Lemkin iba a definir como “genocidio”– fue de 300 mil muertos, miles de forzadas conversiones del cristianismo al Islam y un desesperado éxodo de emigrantes sin rumbo.

Ese plan atroz marcaría una tendencia, profundizada a partir de 1908 con la llegada al poder del Comité Unión y Progreso de los Jóvenes Turcos, hasta alcanzar su pico máximo en 1915. Para poner en práctica su desbocada escalada destructiva de una cultura milenaria, los gobernantes turcos contaban con la inestimable indiferencia de las potencias europeas, por esos días ocupadas en los menesteres de la Primera Guerra Mundial.

El descuido de unos y el plan criminal de otros resultaron el caldo de cultivo para que se consumara la tragedia, que alcanzó la cifra de un millón y medio de armenios masacrados. Esta vez era la nueva centuria que daba sus primeros pasos de la peor manera y golpeaba –como tantas veces volvería a ocurrir en el siglo XX– a la humanidad toda.

La página más dolorosa que registra la historia del pueblo armenio en sus 5 mil años de recorrido es reflejada en el libro Un proceso histórico. Absolución al ejecutor del genocida turco Talaat Pashá, en una flamante reedición de Ediar, enriquecida por un estudio preliminar del juez de la Corte Suprema Raúl Zaffaroni, el prefacio a cargo del Consejo Nacional Armenio de Sudamérica, prólogos de Osvaldo Bayer y Leopoldo Schiffrin –juez de la Cámara de Apelaciones de La Plata– y comentarios finales de Carlos Rozansky y Daniel Rafecas, otros prestigiosos juristas del país.

La obra original, publicada hace 90 años por la Congregación Mekhitarista de Viena, transcribe interrogatorios, testimonios, acusación, alegatos y sentencia del juicio oral del 2 y el 3 de junio de 1921 en Berlín contra Soghomón Tehlirian, acusado por el asesinato del ministro del Interior turco en tiempos del genocidio, Talaat Pashá, ocurrido en marzo de ese año. El jerarca y su colega Enver Pashá –ex ministro de Guerra– habían encontrado refugio en Alemania, después de haberse fugado de su país, una vez que un tribunal de Constantinopla (actual Estambul) los encontrara culpables y dictaminara “pena de muerte” en 1919.

Después de que apenas la cuarta parte de sus compatriotas lograra ponerse a salvo, el verdugo de Talaat –un joven de 24 años nacido en Erzingá, parte de los territorios de Turquía reclamados por los armenios– no soportó la impunidad y se propuso perseguir al tirano, sin otro ánimo que paliar con violencia su propio dolor, que lo flagelaba. Tehlirian arrastraba las imágenes de su familia masacrada. Recordaba en detalle –algo que debió relatar una y otra vez en el banquillo de Berlín– cómo le partían la cabeza a su hermano y de qué manera tuvo que soportar ver el cuerpo exánime de su madre arrojado sin el menor atisbo de piedad. El proceso a la víctima armenia transformada en victimario da pie a un inevitable debate ético y sugiere el patrón común que vincula la planificación, la concreción y las nefastas consecuencias del genocidio sufrido por el pueblo armenio –jamás reconocido por el Estado turco– con el holocausto nazi y el plan sistemático de exterminio diseñado y puesto en práctica en la Argentina por la dictadura militar. Revela, además, la interminable puja que la Justicia lidia con la impunidad.

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