El asesino de fracasados

La popularidad de la literatura policial, como los límites que podrían –o no– determinar su especificidad genérica, no ha sido siempre la misma a través de su extensa trayectoria. En todas sus variantes narrativas, el género policial fue víctima del desprecio, la indiferencia y –hace no poco tiempo– la desgracia. A su vez, en otras oportunidades, y por coyunturas diversas, logró alcanzar un enorme nivel de notoriedad y legitimidad. La situación actual es un ejemplo indiscutible de este último caso. Y en la Argentina resulta fácilmente verificable, pero con una advertencia fundamental: la inclinación por el policial negro. La proliferación de festivales (Festival Azabache de Mar del Plata y BAN!), mesas redondas, entrevistas y conferencias sobre la producción literaria del género y la permanente reflexión acerca de sus procedimientos, vicisitudes y alcances lo confirman.

La soledad del mal , segunda novela de Horacio Convertini, se sitúa precisamente dentro del contexto mencionado. De hecho, la novela fue distinguida con el Primer Premio en el Concurso Internacional Azabache de novela negra y policial. Sin embargo, convendría puntualizar lo siguiente: La soledad del mal adscribe al género, pero también lo modifica. Mejor aún, complejiza sus principales atributos. Es la historia de un asesino serial que para apaciguar su angustia no tiene mejor idea que salir a matar. El problema no consiste en la resolución de una serie de crímenes, sino en la posibilidad de ingresar en la intimidad de un asesino y sus víctimas. La novela mantiene una visión crítica acerca de la violencia de un determinado orden social, pero se detiene específicamente en sus formas ocultas. La violencia más perversa, el crimen doméstico. Allí donde el abuso de poder y la injusticia ocurren puertas adentro. Es decir, cuando la vida privada se transforma en el acontecimiento político más importante.

En principio, la vida de Báez Ayala, protagonista de la novela, podría transcurrir sin sobresaltos. Una herencia familiar lo absuelve de las preocupaciones materiales. No obstante, un intenso malestar lo persigue y desgasta, lo condena a la acuciante necesidad de matar. La víctima se transforma en desahogo, en solución provisoria. El gesto fatal, un breve consuelo. Por lo tanto, el asesino avanza y distintos personajes desfilan como potenciales víctimas. Acaso no cualquiera pueda satisfacer su necesidad. De acuerdo al pensamiento de Báez Ayala, convertirse en cadáver es un derecho conquistable. La posible víctima debe merecer su muerte. Su existencia debe ser lo suficientemente insignificante para justificar la pena máxima. “Una vida al pedo que honrara la muerte”, reflexiona el protagonista. Entonces, una desdichada profesora de inglés, solitaria y con ambiciones simples; una mujer resignada, ama de casa y sin hijos, deprimida por la infeliz vida sostenida sin ánimo; un fracasado actor de teatro que pierde el tiempo vacilando entre la ética del artista incorruptible y la dificultad de pagarse una pizza; una vieja sirvienta, con experiencia aristocrática, reservada y cortés, pero con un pasado sombrío. La policía –en sintonía con una de las características principales del género– sostiene una posición cómplice, ya sea por encubrimiento u omisión. Es Báez Ayala, por el contrario, quien, como un despiadado detective –se dice escritor, pero es su coartada– indaga, escucha, observa, rastrea, anota, interpreta. Invade la privacidad de sus víctimas, y así logra descubrir el secreto que cada una de ellas disimula. Ahora bien, mientras su maquinaria homicida se desenvuelve, su propio misterio, aquel que podría explicar la razón última de su asfixia, comienza a manifestarse con mayor frecuencia. Los fantasmas de su pasado regresan y amenazan con perturbar la eficacia de sus operaciones. Una historia familiar que no termina necesariamente en la inocente administración de propiedades terratenientes. Detrás de un silencio incómodo, la manifestación de lo indecible. La novela de Horacio Convertini propone, mediante un lenguaje preciso y contundente, la desarticulación completa de una impostura. Un recorrido criminal a través de las tragedias contenidas de la gente sencilla. A sangre fría, la inoportuna revelación de sus secretos mejor guardados.

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