El artista y sus máquinas suicidas

Las máquinas se suicidan. De repente, como quien no quiere la cosa, ¡pum!, pasa que se prenden fuego y explotan. Ocurre con un lavarropas, un secador de pelo y hasta con un lavaplatos. Pero al artista Jean Tinguely (1925-1991) le pasaba con las máquinas que él mismo construía. Claro que él quería que fuera así; provocaba el suicido de sus máquinas. Ese “suicidio” era, para Tinguely, la obra de arte.

Esto es lo que se ve ahora en el Centro Cultural Borges, en la muestra Soy Jean Tinguely. Recién inaugurada, la exposición presenta –por primera vez en Sudamérica– una retrospectiva de este artista histórico.

Tinguely hace, con el suicidio de sus máquinas, una crítica a la superproducción industrial de su época. En 1960, el artista puso una de estas máquinas a suicidarse en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Frente a unos 250 invitados, la máquina actuó su suicidio: fue una hora y media de movimientos y ruidos. Para terminar, la escultura, que medía unos 8 metros de alto, se incendió. El final de la actuación lo protagonizaron los bomberos.

Con gran libertad, Tinguely ensamblaba elementos que encontraba para armar sus esculturas. Sus obras –rejuntes de chapas viejas, gomas, cadenas, sogas, maderas y plumas– son una especie de vuelta de tuerca de eso que el gran dadaísta Marcel Duchamp había inventado por los años 20´: el “objet trouvé” (“objeto encontrado”). Este tipo de obras elevan a la categoría de arte cualquier elemento de la vida cotidiana, como por ejemplo, un plumero, la cadena de un inodoro, un asiento de bicicleta.

Usted verá este tipo de cosas en la exposición del Borges, en las esculturas Miostar N° 2 yFriederich Engels. Filósofo . Si puede, vaya hasta ellas y párese enfrente. Verá que por el suelo hay unos botones rojos. Tiene que pisarlos. Recién ahí, la obra empieza a funcionar. Porque –y esto es fundamental, en Tinguely–, en realidad, las esculturas–máquinas del artista tienen movimiento. Por eso en cada una de ellas usted observará un motor. Entonces, ¿qué era lo que le importaba a Tinguely? Que sus esculturas estuviesen vivas, que generasen acción, movimiento. A veces, que después se deshicieran, que fuesen efímeras (como esas que se suicidaban). Y que fuesen imperfectas; como las personas. “Siempre realizo mis máquinas con un componente humano”, aclaraba el artista por los ‘60.

Acá, en el Borges, eso se ve, por ejemplo, en las series de retratos de filósofos. Parece increíble que ese amontonamiento de caño viejo, rueda de bicicleta golpeada, caño- fino-hacia-arriba, metal-pendulando hacia abajo, sea… ¡Martín Heidegger! Aprieto el botón y ¡clac, clac, clac!, comienza a moverse.

En la primera sala de la exhibición hay una plumita fucsia que girará y girará sobre sí misma, ni bien usted pise el famoso botón rojo del piso. Y en el último de los espacios –la exhibición es grande– hay una obra impresionante: El Delfín . Aquí, cuando uno aprieta el botón, los movimientos son mucho más lentos que en el resto de los trabajos, los alambres más retorcidos y –la parte espeluznante–, aquí Tinguely incorporó un cráneo animal.

“Es una obra de sus últimos años. Tinguely, al final de su vida, pensaba en la muerte”, explica Andrés Pardey, sub-director del Museo Tinguely de Suiza –de donde provienen las piezas– y curador de la muestra con Virginia Fabri.

“Mis máquinas se están volviendo más lentas”, escribía por aquel entonces el artista. “Se ve una cierta parálisis en ellas de la cual hago uso. Yo estoy envejeciendo también, después de todo; mis huesos ya no se mueven tan rápido como antes. Mis máquinas también están entrando en esa fase”.

Aunque no hayan viajado sus máquinas más grandes, la muestra del Borges da un buen panorama del artista, quien decía: “Dejen de construir catedrales y pirámides que decaen como arquitecturas de azúcar. Respiren profundo, ¡vivan el ahora!”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *