El Ártico: aventura entre un clima extremo y osos polares

El Ártico, ese paraíso blanco e infinito que pertenece a los osos polares, es mucho más que un destino para una fotógrafa y su acompañante. La pareja dejó atrás una vida convencional para estar cerca de estos animales y mostrar al mundo la fragilidad de su hábitat, amenazado por el calentamiento global.

Es una de aquellas interminables noches en el hielo, cuando la duda diaria brota en la cabeza de la fotógrafa Mireille de la Lez y su compañero Fredrik Granath: ¿qué diablos estamos haciendo aquí? ¿cuál es el sentido de nuestra aventura? Durante meses, aquellas dos sombras han aguantado estoicamente en esta cabaña de madera de paredes delgadas, situada sobre el hielo ártico, en algún lugar de las blancas lejanías del norte más lejano. Hace tres semanas que un vendaval arremete contra ellos. Nada en la vida ha preparado a este hombre y a esta mujer para semejante locura, con temperaturas de 60º C bajo cero, para el terror que merodea junto al refugio.

Condiciones extremas en el Ártico

Ella es sueca de raíces francesas, de piel color aceituna y pelo castaño, una mujer menuda que duerme en sábanas exquisitas en su casa de Estocolmo: Mireille de la Lez, de 37 años. Estudió economía, trabajó de ejecutiva y ahora es fotógrafa. Sólo el saco de dormir le protegen del vendaval ártico. Una máscara impide que se le congele la cara. Él es un sueco callado, de amplia estatura y rostro anguloso, que cambió los ordenadores por un trineo motorizado: Fredrik Granath, de 37 años, ex diseñador gráfico especializado en publicidad. La barba, normalmente helada, el rifle siempre a mano. Ambos comparten los ocho metros cuadrados de la cabaña. Los científicos que hoy viajan al Ártico suelen contar con el apoyo logístico de una base perfectamente equipada. Pero esta pareja es diferente. ¿Por qué han decidido pasar tanto tiempo completamente aislados, lejos del mundo?

Exhaustos, aquella noche de otoño estaban tumbados en su cama a pocos centímetros del techo. Ambos trataban de olvidar el sonido del viento, cuando el ruido arreció, convirtiéndose en terrible bramido. De repente, el techo se plegó hacia adentro. En aquellos segundos sus mentes se iluminaron para comprender lo que estaba ocurriendo: un oso polar trataba de romper las tablas del techo siguiendo su método habitual, como si fueran placas de hielo y las personas debajo de ellas fueran focas . Primero se quedaron petrificados, después reaccionaron con rapidez. Salir de los sacos de dormir, y coger el arma. Para una emergencia así, Lez y Granath tenían interiorizada una regla: nunca dejes que el animal entre en la cabaña; si lo haces, estás perdido. No les quedaba más remedio que abrir la puerta y enfrentarse a él.

Juegos del gigante de la evolución

© Radial press

Osos polares en el Ártico

Les atrae la pérdida inminente. Se han hecho uno más en estos gélidos parajes alrededor del Polo Norte. Con su sacrificio y sus imágenes quieren salvar el hielo. Canadá, Spitsbergen, Groenlandia, no importa el lugar mientras sea el lejano norte, más allá de los 80 grados de latitud, donde la vida se hace escasa. Es aquí donde dos seres humanos con una voluntad excepcional han pasado la mayor parte de los últimos seis años: tres años como pareja; otros tres como compañeros. Durante este tiempo, han recorrido los infinitos paisajes blancos del Ártico con trineos y esquíes hasta que por fin lograron distinguir los matices de la ausencia de colores. Y hasta que lograron satisfacer su sueño: el encuentro con la soledad. Con focas y elefantes marinos, con aves raras, zorros, liebres de la nieve y, sobre todo, con su querido amigo y a la vez enemigo, el oso polar.

Su método de trabajo consiste en crear cercanía. Sumergirse en las condiciones de existencia de los animales, exponerse a los límites de su modo de vivir. Su misión es concienciar al planeta de lo extraordinario y valioso del mundo helado, un mundo que, como opinan, no debe desaparecer del mapa así como así. Por eso no sólo documentan la complejidad de los paisajes y la fauna amenazados por elcalentamiento global, sino que quieren “provocar emociones”.

La mañana después del ataque del oso les depara uno de aquellos momentos con los que la pareja se ven recompensada por sus privaciones. Ya pueden volver a trabajar después de tres semanas perdidas, volver a la rutina y el reparto preciso de las tareas. De la Lez está en la cabaña: controla el equipo fotográfico, prepara comida para el camino (alimentos liofilizados del ejército sueco). Deben consumir 7.000 calorías diarias. No obstante, la capa de grasa que la mujer acumuló en Estocolmo, donde engordó hasta 16 kilogramos, va mermando. Es incapaz de tragar el aceite puro que otros exploradores polares beben por litros. En cambio, come salchichas grasientas y tocino, conservados en la nevera natural que constituye la cabaña.

Témpanos en el Ártico

El Ártico: psicología para la supervivencia

Para el ánimo y la disciplina en esta región polar son imprescindibles las medidas de higiene básicas: lavarse los dientes o frotarse con paños húmedos, descongelados sobre el cuerpo o en la tapa de la olla donde hierven el agua. “El que se vuelve perezoso acaba en la dejadez”, afirma De la Lez. Es la sencilla psicología de la supervivencia.

Fredrik realiza sus tareas más importantes fuera de la cabaña: hace trampas de alambre que disparan cohetes para asustar a los osos polares; carga los trineos y los desentierra tras las tormentas de nieve; comprueba la caja que protege las baterías del frío; llena el depósito con carburante. Cuando termina todo llega la “encargada de seguridad”, como Mireille se autodefine. Al igual que un piloto comprueba el estado de su avión, ellos examinan a diario su arsenal defensivo: pistolas de fogueo, rifles con munición mortal, sprays de pimienta y una maloliente solución de amoniaco con la que rocían unos bloques de madera para proteger la cabaña.

Experiencias como ésta dan que pensar. ¿No es demasiado grande el riesgo que corren en el Ártico?Ellos se encuentran en el terreno del oso, no el oso en el de los humanos. Ahora mismo acaban de subestimar su velocidad, y además han vulnerado su ética de trabajo: la de ser observadores que pasan inadvertidos mientras sea posible. De nuevo surgen las dudas. ¿No se habían jurado no volver a olvidar el efecto de supresencia en el hielo ártico? ¿De no olvidar las lecciones que aprendieron aquí?

Razones para embarcarse en esta aventura

Han llegado desde otra vida. Ella es una mujer con una “T mayúscula de temperamento“, como dice Fredrik. Una mujer que se volcó por la empresa donde trabajaba. Una de aquellas sociedades que compran otras empresas, les chupan la sangre y luego las liquidan sin pestañear. “Un negocio sin corazón”, dice Mireille. ¿Cómo puedes ser tan despiadada?, le preguntaron entonces sus amigos. Era muy sencillo: tenía dinero, éxito profesional y cualquier comodidad que pudiera desear. Hasta que se preguntó: “¿Y ésta es mi vida?” ¿Y Granath? De la Lez lo describe así: “Es un hombre al que después de una situación peligrosa le puedes preguntar si su pulso nunca supera los 60. Es un hombre que no se ha perdido ninguna fiesta. Mujeres, drogas, lo ha probado todo”. Ha tomado el aperitivo en las ciudades más atractivas del mundo, ParísLondresRoma,Nueva York… y todo le daba igual. Hasta que una buena mañana se despertó con una especie de resaca espiritual y la conciencia de que añoraba algo casi olvidado que conoció durante su juventud en Suecia: lanaturaleza. Una casualidad les unió en un bar de Estocolmo, y enseguida se dieron cuenta: iremos juntos durante un largo trayecto. “No era una huida”, recalcan ellos. Más bien una “curación”, como dice Fredrik, o un “renacimiento”, como piensa Mireille.

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