EL ARTE DE SER DOCENTES..

Estamos en el mes septiembre, mes dedicado a la educación en todo el país, y vamos a hablar en el día de hoy, claro está, de los docentes. De la docencia como modelo, como estilo de vida y de su vigencia en nuestro modo de ser argentino.
Si bien se puede reconocer que ésta tecnificada cultura postmoderna de desintegración arrasó con la imagen tradicional del maestro, es de justicia también reconocer que a pesar de tantas técnicas utilizadas en la práctica, muchos docentes, más de los que creemos, intuyen y saben que la docencia es más un arte que una técnica.
En otras palabras, el ámbito de la docencia es más propio del artista que del técnico, gracias a Dios.
Dentro del arte de la enseñanza, el docente, es quien conduce hacia las nutrientes verdaderas. Es un conductor. Tendrá la preciosa tarea de conducir los corazones de esos pequeños soldados-hijos de su familia argentina y de su patria hasta la más alta conquista que todo hombre puede lograr, en el decir de Don Quijote, que es conquistarse y vencerse a sí mismo.
Se trata del vencimiento de sí.
En esa empresa a la que el maestro llama y conduce, dedicarán tantos años y tanto tiempo cuanto dure su vida. Para ello los preparará el maestro. Los conducirá hacia las verdaderas nutrientes por un camino, que él mismo, ya ha recorrido muchas veces.
Y una de las virtudes del caminante es la fortaleza. Se ha hecho fuerte no en virtud de la técnica empleada sino por esa fuerza interior que lo hace mantener principios cuando a su lado claudican y el mundo critica.
No sé si será del todo atinado pero les voy a citar un párrafo de la novela “Megafón o la guerra” de Marechal, a quien hoy de manera particular evocamos por haber dedicado toda su vida a la docencia.
Ya pusimos en la tapa del periódico una fotografía de este genio de las letras. (Y es nuestro). Ahora quiero citar este párrafo y sobretodo quisiera que nos fijemos en este diálogo de fantasía, lo que el relator nos dice acerca de la fortaleza en primer lugar. Y luego lo que dice de las otras virtudes cardinales.
Como recordarán, en este momento del diálogo, es el Mayor Troyano el que responde a una pregunta.
–Mi general –comenzó a decir–, es un soldado auténtico el que por vocación natural, posee y ejerce las cuatro virtudes cardinales necesarias al hombre de acción: la Justicia,, la Fortaleza, la Prudencia y la Templanza. Si no ejercita esas virtudes, el militar, aunque se vista de soldado, es apenas un “técnico de las armas”. Y observe, mi general, que la Justicia figura en primer término: es que si la acción del soldado no responde a la Justicia, cae fatalmente o en la vacuidad o en el despotismo. Las tres virtudes restantes deben existir en el soldado como ayudadoras de la primera en el ejercicio de la equidad. ¿Sabe usted que la Fortaleza es una virtud interior del alma y que no debe ser confundida con la “fuerza” de un equipo bélico? Un soldado real es fuerte sin el apoyo de sus cañones: un “técnico de las armas” es débil si le copan la artillería. En cuanto a la Prudencia y a la Templanza, recuerde mi general, que un soldado frenético pierde su batalla, y que un militar borracho de poder o de vino pierde su honor y hasta su mujer.
El soldado, el conductor, el docente, ¿nace o se hace?.
Las dos posibilidades pueden darse en la docencia. Hay aquellos docentes natos que hasta en el timbre de la voz se da uno cuenta que son o han sido docentes. Éstos han corrido con una cierta ventaja respecto de los demás. Como se dice vulgarmente, “nacieron docentes”.
La otra posibilidad es la de llegar a una buena conducción de ese pequeño rebaño a través del trabajo. La perseverancia, el perfeccionamiento y el trabajo constante son caminos posibles para formar a quien ha de conducir.
Si bien hay casos de una clarísima vocación docente manifestada desde la infancia, particularmente no creo que todos los docentes “hayan nacido docentes”. Si fuera así, serían pocos los que llegarían a ser verdaderos docentes y no lo creo.
Hay un gran porcentaje de docentes que con el trabajo diario en las aulas han llegado no sólo a amar la profesión, sino también a desarrollarla con suma eficiencia y honestidad.
En ese sentido, aun cuando es conocido por todos el hecho común de elegir la docencia porque significa una salida laboral rápida, se puede admitir como camino providencial para conocer tan bella profesión. Y no son pocos los que han descubierto su vocación docente a raíz de este hecho, lo cual me alegra.
Tal vez con una elección realizada de esta manera la pura vocación docente se ha visto un tanto disminuida en su entidad. Sin embargo en algunas explicaciones posteriores de esta opción es cuando disiento, pues con sorpresa solemos escuchar que trabajan en la docencia porque la cabeza no les dio para más.
Esto sí nos deja cierta nostalgia, cierta tristeza en el corazón, porque se analiza un hecho como “desde afuera”, como quien mira apesadumbrado lo que hace y resiste cuanto puede porque no hay otra cosa. Se ha cambiado la mirada. Lo que debería ser la mirada del artista sobre su obra, es la mirada del técnico sobre lo producido.
La docencia es un arte y ese arte está regido por principios como todas las artes. Si no tuviera principios no sería arte, así como una ciencia que no tiene leyes tampoco es una ciencia.
La diferencia entre la ciencia y el arte consiste en que la ciencia se rige por leyes, leyes que dicen que a las mismas causas obedecen los mismos efectos. El arte se rige por principios que son comunes en su enunciación, pero que son infinitamente variables en su aplicación.
Ahí está la dificultad del arte, porque el arte no presupone solamente la aplicación de leyes, sino también la aplicación de principios en los cuales la creación representa el ochenta por ciento del fenómeno, y la creación no es producto de una técnica.
Y es muy difícil que el docente esté incapacitado para crear, porque la caridad, sigue siendo creativa…
El maestro es y debe ser modelo: en su presentación personal, en su preparación profesional, en el buscar el bien común de su comunidad, en el acompañamiento al más débil, en el formar el más fuerte en el servicio.
Por eso: modelos a seguir, hay muchos en la actualidad. Modelos comunes, accesibles, preocupados por el mismo hombre, no son tantos.
“La sociedad, en efecto, tiene necesidad de artistas, del mismo modo que tiene necesidad de científicos, trabajadores, profesionales, así como de testigos de la fe, maestros, padres y madres, que garanticen el crecimiento de la persona y el desarrollo de la comunidad por medio de ese arte eminente que es el ‘arte de educar’”. (Juan Pablo II –Carta a los artistas– 1999).

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