– El amor, fruto de la evolución



getty images / marili forastieri

Para la mayoría de las criaturas, la procreación no presenta complicaciones emocionales. En los humanos, sin embargo, cuenta con un engañoso cómplice: el amor romántico, capaz de elevarnos al éxtasis o hundirnos en una profunda desesperación. Pero, por caprichoso que nos parezca, el amor probablemente es un rasgo adaptativo, originado en la temprana evolución de nuestra especie.
Dos de los distintivos de la evolución humana –el caminar erguidos y el gran tamaño cerebral– acaso hayan favorecido la aparición del amor, como sostiene una teoría de la antropóloga Helen Fisher, de la Universidad Rutgers. El bipedalismo implicaba que las madres tenían que transportar sus cachorros, en vez de llevarlos montados en la espalda. Con las manos así ocupadas, las mamás necesitaban un compañero que les procurase alimento y las protegiera a ellas y a sus retoños. Las parejas de homínidos bípedos como el Australopithecus afarensis, especie a la que pertenece el fósil de Lucy, datado en 3,2 millones de años atrás, posiblemente sólo mantenían la relación unos pocos años, suficientes para que los críos estuvieran destetados y caminasen. Las hembras quedaban después aptas para un nuevo emparejamiento.
El agrandamiento de los cerebros hace más de un millón de años extendió la duración de estas relaciones monógamas. Al crecer el tamaño del cerebro, los humanos tuvieron que afrontar un compromiso evolutivo. Nuestra pelvis, adaptada al bipedalismo, impone un límite a la cabeza del niño en el nacimiento. En consecuencia, los bebés humanos nacen en un estado de desarrollo más temprano que los de otros primates y su infancia se prolonga lo suficiente para que crezcan y aprendan. Los antepasados humanos se habrían valido entonces de unos emparejamientos más duraderos para resguardar y sostener a su prole.
Fisher señala, además, que el crecimiento del cerebro de los homínidos –y los novedosos caracteres de organización que lo acompañaban– otorgaron a nuestros predecesores unos extraordinarios recursos para el cortejo mútuo, a través de la poesía, la música, el arte y la danza. Los datos arqueológicos indican que hace 35.000 años los humanos ya se implicaban en conductas de esos tipos. Es decir, probablemente estarían tan enamorados como nosotros podamos estarlo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *