EL ADVIENTO DEL EDUCADOR: ENTRE LAS EXPECTATIVAS Y LA ESPERANZA

“Mira desde el cielo y contempla,
desde tu santo y glorioso dominio.
¿Dónde están tus celos y tu valor,
tu ternura entrañable y tu compasión?
¡No, no permanezcas insensible!
¡Tú, Señor, eres nuestro padre,
“nuestro Redentor” es tu Nombre desde siempre!
¡Vuelve, por amor a tus servidores
y a las tribus de tu herencia!
¡Desde hace mucho tiempo, tú no nos gobiernas,
y ya no somos llamados por tu Nombre!
¡Si rasgaras el cielo y descendieras,
las montañas se disolverían delante de ti!”
(Isaías 63,15-19)

Siempre culminamos el ciclo lectivo, con nuestros cansancios a cuestas, en el contexto litúrgico del tiempo del Adviento, tiempo de espera y venida. A decir verdad esta celebración va acompañando la finalización del año civil y es en ese contexto en el que naturalmente vivimos momentos de “ciertas esperas”.

Esperamos que lleguen las vacaciones.

Esperamos cobrar sueldo con aguinaldo incluido.

Las zonas turísticas esperan que lleguen multitudes de visitantes para después poder sostener gran parte del año.

Políticamente algunas provincias, ahogadas financieramente, esperan recibir del gobierno nacional lo que les corresponde para no tener problemas sociales.

Otros esperan que el tarifazo, maquillado de una (¡y ya era hora!) redistribución equitativa de subsidios, no golpee fuertemente los hogares.

Algunos clubes de futbol esperan alejarse del fantasma del descenso.

Trabajadores esperan que la recomposición salarial tenga en cuenta la inflación real y no la publicada oficialmente.

¿Tienen estas legítimas esperas algo que ver con la espera propia del adviento?

Para responder haría una distinción semántica más que necesaria. Las esperas antes señaladas propiamente son más bien “expectativas”. Es decir, son posibilidades razonables de que lo esperado suceda. Ahora bien, estrictamente hablando, con las expectativas razonables puede darse que no sucedan. Es decir puede que haya dificultades para pagar sueldos, puede que no lleguen tantos turistas, puede que el gobierno nacional no haga llegar lo que corresponde, etc.

Por el contrario, la espera del adviento es propiamente “Esperanza”, no es expectativa, ya que va acompañada de la certeza de que lo esperado sucede sin lugar a dudas. Y lo esperado no es algo, es Alguien.

Escuchemos al Papa Benedicto XVI: «Los cristianos adoptaron la palabra “adviento” para expresar su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey, que ha entrado en esta pobre “provincia” llamada tierra para visitarnos a todos…Con la palabra «adventus» se pretendía sustancialmente decir: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podemos ver y tocar como sucede con las realidades sensibles (con las expectativas), Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras…

El significado de la expresión “adviento” comprende por tanto también el de “visitatio”, que quiere decir simple y propiamente «visita»; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. Todos tenemos experiencia, en la existencia cotidiana, de tener poco tiempo para el Señor y poco tiempo también para nosotros. Se acaba por estar absorbidos por el “hacer”. ¿Acaso no es cierto que sea a menudo la actividad quien nos posee, la sociedad con sus múltiples intereses la que monopoliza nuestra atención? ¿Acaso no es cierto que dedicamos mucho tiempo a la diversión y a ocios de diverso tipo?…

El Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos empezando, nos invita a detenernos en silencio para captar una presencia. Es una invitación a comprender que cada acontecimiento de la jornada es un gesto que Dios nos dirige, signo de la atención que tiene por cada uno de nosotros. ¡Cuántas veces Dios nos hace percibir algo de su amor!…

El hombre, en su vida, está en constante espera: cuando es niño quiere crecer, de adulto tiende a la realización y al éxito, avanzando en la edad, aspira al merecido descanso. Pero llega el tiempo en el que descubre que ha esperado demasiado poco si, más allá de la profesión o de la posición social, (más allá de las expectativas) no le queda nada más que esperar. La esperanza marca el camino de la humanidad, pero para los cristianos está animada por una certeza: el Señor está presente en el transcurso de nuestra vida, nos acompaña y un día secará también nuestras lágrimas…

Si el presente queda vacío, cada instante que pasa parece exageradamente largo, y la espera se transforma en un peso demasiado grave, porque el futuro es totalmente incierto (cuando hay solo expectativas). Cuando en cambio el tiempo está dotado de sentido y percibimos en cada instante algo específico y valioso, entonces la alegría de la espera hace el presente más precioso… ¡Estamos seguros de que Jesucristo nos escucha siempre! Y si Jesús está presente, no existe ningún tiempo privado de sentido y vacío. Si Él está presente, podemos seguir esperando también cuando los demás no pueden asegurarnos más apoyo, aún cuando el presente es agotador… (aún cuando las expectativas no se realicen)

Para alegrarnos, necesitamos no sólo cosas (muchas veces presentes en las expectativas), sino amor y verdad: necesitamos a un Dios cercano, que calienta nuestro corazón, y responde a nuestros anhelos más profundos».

Que como educadores, la vivencia de las legítimas expectativas no nos apaguen el ser testigos de la esperanza para que no nos pase lo que a los dos pobres de la obra Esperando a Godot de Samuel Beckett, que nos relata la historia de dos mendigos que esperaban a un tal Godot que vendría a asistirlos. No sabían nada de él, ni la fecha, ni el lugar de su venida. Así pasan el tiempo esperando. De pronto se acerca un muchacho diciéndoles que Godot llegaría al día siguiente. Y al día siguiente llega con la misma misiva: ¡mañana! Y los dos mendigos continúan en su absurda espera.

No nos podemos dar el lujo de, al no cultivar la esperanza, terminar siendo condenados a esperar un encuentro que nunca llegará. “Sería un verdadero drama absurdo, un agitarse en un desierto sin descubrir nada, sin llegar a un oasis…Para que la espera no carezca de sentido, exige esperar a alguien, Alguien que realmente viene, que se deja encontrar…de este modo la espera se transforma en un ir al encuentro, en estar preparados, vigilantes, despiertos…La espera siempre rejuvenece al hombre…se alimenta con el presentimiento de una novedad inminente, que está a las puertas y no hay que dejar escapar. Los ojos están abiertos, la mano dispuesta: todo es tensión hacia el futuro con la seguridad íntima de que va a despuntar la luz de la mañana, que finalmente: ¡Le podremos encontrar! Y habrá fiesta” (Giorgio Zevini)

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