EGIPTO Y LA TRADICION PRIMORDIAL

La Metamorfosis de Hermes

Son muchas las interrogaciones que se plantean acerca de los orígenes del rosacrucismo. Aunque la mayor parte de los buscadores están de acuerdo en situar sus comienzos históricos hacia el siglo XVII, también es posible acceder al génesis de este movimiento llegando hasta un pasado más lejano. Esta era la opinión de Michael Maier, quien en su obra “Silentium post clamores” (1617), presenta los orígenes del rosacrucismo como egipcios, brahmánicos, procedentes de los Misterios de Eleusis y de Samotracia, de los Magos de Persia, de los Pitagóricos y de los árabes. Algunos años más tarde de la publicación de la “Fama Fraternitatis” (1614) y de la “Confessio Fratenitatis” (1615), Irenaeus Agnostus, en “Le bouclier de la verité” (1618) no duda en presentar a Adán como el primer representante de nuestra Orden. Los Manifiestos rosacruces no dejan de hacer referencia a su fuente.”Nuestra filosofía no es nada nuevo, sigue las huellas de lo que Adán heredó tras la Caída, y de lo que practicaron Moisés y Salomón”.

La Tradición Primordial

No se evoca sin razón a Adán, Egipto, Persia, a los sabios de Grecia y a los árabes en relación con los orígenes del rosacrucismo. Todos estaban relacionados con un concepto que estaba muy expandido antes de su llegada, el de “Tradición Primordial”. Esta noción hizo su aparición en el Renacimiento. En esta época se redescubre el “Corpus Hermeticum”, un conjunto de textos misteriosos atribuidos a un sacerdote egipcio, Hermes Trismegisto. A partir de entonces, esta noción de revelación primordial, cuya cuna habría estado en Egipto, conocerá un considerable renombre.

No es nuestro propósito pintar un cuadro del esoterismo egipcio, sino ante todo mostrar como ha sido transmitida esta herencia. La ruta que une a Egipto con Occidente es larga y ofrece un paisaje muy variado. No describiremos todos sus valles, puesto que nos llevaría demasiado tiempo. Pero las escalas que realizaremos van a permitirnos comprender los orígenes de la Rosa-Cruz. Nos ha parecido que para emprender este viaje era necesario contar con un guía, y que Hermes sería el personaje más indicado para hacerlo. En efecto, la historia y los mitos relativos a este personaje son ricos en enseñanzas relacionadas con el propósito que nos hemos marcado.

Desde la Antigüedad, siempre se ha admirado a Egipto por su civilización. Sus Escuelas de Misterios, a la vez universidades y monasterios, eran los guardianes de sus conocimientos. Estas Escuelas conocieron un especial esplendor bajo la égida de Akhenaton (1353-1336), cuando éste introdujo la noción de monoteísmo. Con sus cultos misteriosos, la religión egipcia intriga. En el panteón egipcio, Thot, el dios con cabeza de ibis, gozaba de un aura particular. Escriba del tribunal divino, era considerado como el inventor de la escritura y personifica a la medicina, la astronomía y la magia. Es la Luz de Ra en su aspecto nocturno, lo que hace de él el iniciador a los Misterios. Es el esposo de Maat, la diosa de la Justicia y de la Verdad. Estas cualidades hacen de él el emblema de los Misterios de Egipto, razón por la cual Thot conocerá pronto extrañas metamorfosis.

Los Griegos y Egipto

Para Herodoto, los Misterios de Grecia deben mucho a Egipto. Los grandes sabios de la Grecia antigua fueron a buscar el conocimiento cerca de los sabios egipcios. Muchos de ellos fueron iniciados a los Misterios asegurando de esta manera la transmisión de los conocimientos egipcios al mundo helénico. El primero de los siete sabios, Tales de Mileto (624-548) frecuenta a sus sacerdotes y con Solón, mide las pirámides. Plutarco declara que Tales fue quien introdujo en Grecia la geometría egipcia. Solón (a. 640-558) visitó muchas veces Egipto impregnándose de la filosofía de sus sacerdotes. Fue él quien habló de los relatos acerca de la Atlántida a los griegos, que más tarde Platón retomaría en sus obras “Timeo” y “Critias”. Tales exhorta a Pitágoras a que se dirija a Egipto. Según Jámblico, Pitágoras estudió en los templos egipcios durante veinticinco años. Después de su partida, se instaló en Crotona, Italia, para fundar una escuela en la que enseñaba siguiendo el estilo de las Escuelas de Misterios de Egipto. Para Apolo de Rodas, Hermes, por la vía de su hijo Aithalides, es el antepasado directo de Pitágoras.

Diodoro de Sicilia indica que Orfeo viajó a Egipto y que fue iniciado en los Misterios de Osiris. De vuelta a su país, instituyó nuevos ritos, los Misterios órficos (hacia el siglo VI a.C.). Plurarco precisa que los Misterios órficos y báquicos son en realidad de origen egipcio y pitagórico, y Diodoro de Sicilia cuenta que los atenienses observaban en Eleusis ritos semejantes a los de los egipcios. En el siglo V a.C., Herodoto visita Egipto. Asiste a los ritos y habla con los sacerdotes. En sus relatos, evoca los Misterios de Osiris que se celebran en Sais. El filósofo griego Demo criíto de Arderá (a. 460-370), descubridor del átomo, fue también iniciado en los templos egipcios y educado por los geómetras del faraón. Platón (427-347) viviría por tres años en Egipto y sería iniciado por sus sacerdotes. Uno de sus discípulos, Euxodo de Cnide (a. 405-355), matemático y geómetra, hizo también un viaje a las tierras del Nilo. Fue iniciado, tanto en el plano científico como espiritual. También Estrabón frecuentó a los sacerdotes de Heliópolis durante trece años.

Thot – Hermes

Poco a poco, los griegos se apropiaron de los héroes y dioses más célebres de Egipto. A partir del siglo II a. C., se considera a Hermes, hijo de Zeus y de la ninfa Maya, como descendiente de Thot. El dios egipcio tendría como hijo a Agatodemón, quien engendró a su vez a un hijo llamado Hermes. Este último, considerado como el segundo Hermes, recibió el nombre de Trismegisto, es decir, “Tres veces grande”. Hermes es el guía de los viajeros hacia otro mundo. Zeus le dotó de unas sandalias aladas que le permitían desplazarse a la velocidad del viento. Pronto, Thot y Hermes fueron considerados como un único personaje.

Alejandría

Con la conquista de Egipto por Alejandro el Grande (año 333 a.C.), se acentuó la asimilación de la cultura egipcia por el mundo griego. En el año 331 a.C., allí donde las aguas del Nilo se mezclan con las del Mediterráneo, nació la villa de Alejandría. Cruce de las culturas egipcia, judía, griega y cristiana, se convirtió en el centro intelectual de Oriente. Terapeutas, gnósticos y muchos otros movimientos místicos se desarrollaron alrededor de esta ciudad. Su biblioteca, rica, con más de 50.000 volúmenes, reunía todos los conocimientos de la época. Alejandría fue también el crisol donde floreció la alquimia greco-egipcia.

Alejandría vio nacer, en efecto, la alquimia como la continuación, la herencia de una antigua práctica egipcia, reformulada y retomada por el pensamiento griego. Su originalidad consistía en proponer una disciplina concreta y universal, alejada de cualquier clase de religión. Los alquimistas alejandrinos van a presentar a Hermes Trismegisto como el fundador de este arte que se convierte en un nuevo vector de la antigua Tradición. Debemos precisar que ya existía en China y en la India. Entre los alquimistas alejandrinos, Bolos de Mendes (100 a.C.) constituye una figura singular. A menudo se le presenta como el fundador de la alquimia greco-egipcia.

En el año 30 a.C. Alejandría se convierte en la capital de la provincia romana de Egipto. Los romanos asimilan el Hermes greco-egipcio a su Mercurio, dios del comercio y de los viajes. Mercurio-Hermes es el mensajero de los dioses, el conductor de las almas, el guía. Roma adopta con facilidad a Egipto y a sus cultos. Plutarco, amigo del emperador Trajano, miembro del colegio sacerdotal de Apolo en Delfos, de donde era gran sacerdote, va también a buscar el conocimiento a las orillas del Nilo. Allí, es iniciado por Clea, sacerdotisa de Isis y de Osiris. En su libro “Isis y Osiris” Plutarco evoca las obras llamadas “Libros de Hermes”, y pone de relieve la importancia de la astrología egipcia. También cuenta que muchas autoridades han hecho de Isis la hija de Hermes.

El Cuerpo Hermético

Tres siglos antes de la era cristiana, comienza la elaboración de lo que ha sido llamado “Hermética”, textos atribuidos a Hermes Trismegisto. Esta literatura se expande abundantemente durante el siglo I. La redacción de la Hermética continúa hasta el siglo III después de Cristo, en la región del Delta del Nilo. Escritos en griego, pertenecen al esoterismo egipcio. Clemente de Alejandría habla de los cuarenta y dos libros de Hermes que transportaban los egipcios en sus ceremonias. Jámblico atribuye a Hermes 20.000 libros, mientras que Sealicus y Manteón hablan de 36.525. Los más célebres, escritos entre los siglos I y III, son los diecisiete tratados que aparecen agrupados bajo el título de “Corpus Hermeticum”. Se componen principalmente de diálogos entre Hermes, su hijo Tat y Asclepius. El primero de estos tratados, el Poimandres, evoca la creación del mundo.

El “Asclepius” es también un texto importante. Describe la religión de los egipcios y los ritos mágicos que practicaban para atraer a los poderes cósmicos con el fin de animar las estatuas de los dioses. Finalmente, el tercer grupo de la Hermética está constituido por los “Fragmentos de Stobea”. Se componen de treinta y nueve textos y constan de los diálogos entre Isis y Horus a propósito de la creación del mundo y del origen de las almas. Estos textos, generalmente atribuidos a Hermes Trismegisto, se presentan como traducidos del egipcio. De hecho, contienen pocos elementos egipcios auténticos, estando esencialmente marcados por la filosofía griega, y también por el judaísmo y la religión persa. No componen un todo coherente y presentan numerosas contradicciones doctrinales. Volveremos más tarde sobre estos textos.

Pax Romana

En el siglo II, la “Pax Romana” instaura la paz en el mundo mediterráneo. En esta época, se experimenta una verdadera pasión por las civilizaciones del pasado: Los hindúes, los persas, los caldeos y, sobre todo, los egipcios, ya que sus templos, que todavía están en funcionamiento, causan una gran fascinación. Los ricos romanos acuden al país de los faraones. También fue allá Apuleo, escritor latino curioso de misterios. Describe a su manera los Misterios egipcios en “El Asno de Oro”.

Con la alquimia, la magia y la astrología adquieren también un lugar de relevancia. Claudio Ptolomeo, un griego que vivió en Alejandría, escribe el “Tetrabiblos”, tratado que codifica todos los principios de la astrología griega (de influencia egipcia y caldea): signos, casas, aspectos, cuatro elementos. Ptolomeo no es un simple astrólogo, es también un astrónomo a quien se debe el geocentrismo y la teoría de los egipcios que continuará siendo válida hasta el siglo XVII. Clemente de Alejandría (a. 150-213), Padre de la Iglesia griega, dibujará en “Stromates” el retrato de los astrólogos egipcios de su tiempo, que debían estar siempre preparados para recitar los cuatro libros astrológicos de Hermes.

Olimpiodoro (siglos V o VI) presentaba la alquimia como un arte sacerdotal practicado por los egipcios. El papiro de Leyde y de Stockholm (siglo II) muestran efectivamente procedimientos metalúrgicos relacionados con fórmulas mágicas. En el siglo III, Zózimo de Panapolis va a instalarse en Alejandría para dedicarse a la alquimia. Los escritos alquímicos de Zózimo no tratan solamente del trabajo de laboratorio, sino que evocan igualmente las transformaciones del alma en su búsqueda mística. Zózimo es el primer gran autor que trata sobre la alquimia y quien va a dar a esta ciencia sus conceptos y su simbología. La alquimia cobra tanto esplendor en el siglo III que el emperador Diocleciano, inquieto por una posible devaluación de los metales preciosos, promulga un edicto prohibiendo su práctica y condenando al fuego los textos alquímicos

Neoplatonismo

Los neoplatónicos mostraron un gran interés por Egipto. Jámblico (a. 240-325), iniciado en los ritos caldeos, egipcios y sirios, es un personaje enigmático. Se habla del “divino Jámblico”, jefe de una escuela neoplatónica, de extraordinarios poderes. Cuando entraba en oración, su cuerpo se elevaba del suelo a una distancia de diez codos, su piel y sus vestiduras quedaban bañadas en una bella luz de oro. Egipto tiene un lugar privilegiado en sus escritos. En “Los Misterios egipcios”, bajo el nombre de Abammon, se presenta a sí mismo como un Maestro de la jerarquía sacerdotal egipcia y como un intérprete de la sabiduría de Hermes. Promocionó la teurgia y las prácticas adivinatorias egipcias. Más tarde, otro neoplatónico, Proclus (412-485), muy marcado igualmente por la teurgia, se referirá a sí mismo como perteneciendo a la “cadena de Hermes”. Tendrá una gran influencia en el sufismo y en los pensadores cristianos tales como Scot Erigeno, el maestro Eckart y muchos otros.

No obstante, esta época es la que va a ver como se desvanece Egipto ante el naciente cristianismo. Alejandría juega un importante papel en las diferentes controversias que marcan los comienzos de esta religión que acaba de ser impuesta por Constantino. En el siglo III, los egipcios abandonan la escritura hieroglífica y adoptan la escritura copta para transcribir su lengua. Los coptos adaptan las ciencias secretas de los faraones al cristianismo. Pronto, el emperador Teodosio promulgará un edicto contra los cultos no cristianos que va a marcar el fin del sacerdocio egipcio y de sus ceremonias.

Los Cristianos ante Hermes

De manera general, los Padres de la Iglesia gustaban de explorar la mitología para descubrir las primicias del Evangelio. Hermes Trismegisto continúa suscitando su respeto. Lactance (250-325), en sus “Instituciones divinas”, ve en el “Corpus Hermeticum” la verdad cristiana formulada antes de que el cristianismo apareciera. San Agustín (354-430), Padre de la Iglesia, en “La Ciudad de Dios”, hace de Hermes un descendiente de Moisés. Había leído el “Asclepius” en la traducción de Apuleo de Madaura. Sin embargo, si bien admiraba a Hermes Trismegisto, rehusaba la magia que se expone en el “Aclepius”. Clemente de Alejandría se complacía en comparar al Hermes-Logos con el Cristo-Logos.

Con el emperador Juliano el Apóstata (361-363), asistimos a un breve retorno a los cultos de los Misterios. Promulga medidas contra los cristianos y restaura el paganismo. Influenciado por el neoplatonismo, pone de nuevo en relieve la teurgia antigua. Este retorno será breve y, en el año 387, el patriarca cristiano Teófilo emprenderá la destrucción de los templos de Egipto para transformarlos en lugares de culto cristiano. A pesar de todo, subsistirá un reducto egipcio sobre la isla de Philae que no será cerrado sino mucho más tarde, en el año 551, por orden del emperador Justiniano. Como puede comprobarse, los templos egipcios permanecieron en actividad entre los siglos I y VI, es decir, durante el período que cubre la redacción de los Hermética. Se comprueba que estos textos son pesimistas en cuanto al porvenir de la religión egipcia, lo que hace pensar que fueron escritos en un medio egipcio por la clase sacerdotal, que todavía era depositaria de fragmentos de la sabiduría egipcia, pero que estaba sometida al proceso de helenización y obligada a expresarse de una manera indirecta.

Alejandría fue el punto de paso de la ciencia egipcia hacia los mundos griego y romano. Fue el epicentro de la reformulación de la Tradición antigua a través de la alquimia, la astrología y la magia. Este epicentro, después de haberse expandido en gran parte hacia el Oriente, va a desaparecer hacia el siglo VI, y serán más tarde los árabes quienes retomarán la antorcha.

Los Sabadeos

En el año 642, la ciudad de Alejandría es tomada por los árabes, lo que marca el final de su prestigio. Pero para los árabes, no constituye el origen de la recepción del esoterismo. En efecto, ellos ya conocían a Hermes mucho antes de esta época. Los sabadeos son un ejemplo. Este reino mítico, que debía haber sido el lugar del paraíso terrenal, se llamaba anteriormente “Arabia Feliz”. Pasaba por ser el país del Fénix. Christian Rosenkreutz lo visitará muchos años más tarde para recoger en él maravillosos conocimientos. La Biblia cuenta que la reina de este país, la reina de Saba, se encontró con el rey Salomón. No dice donde estaba situado este país, pero el Corán indica que se trataba de Arabia del Sur (Yemen).

Los sabadeos eran reputados astrólogos, y Maimónides señala que esta ciencia ocupaba un lugar predominante entre ellos.

La Tradición dice que los magos llegados a saludar a Cristo provenían de este país de leyenda. Los sabadeos poseían los escritos de Hermes sobre alquimia y el “Corpus Hermeticum”. Muy sabios, ellos serían quien introdujeran las ciencias en el Islam, aunque evolucionaron al margen de esta religión. Los sabadeos hacían remontar su origen a Hermes, tal como relatan el “Risalat fi’n-nafs “(Carta acerca del alma)”, y las “Instituciones litúrgicas de Hermes” de Thabit ibn Qorra, una figura eminente del sabadeismo de Bagdad (siglo XI).

Idris-Hermes

El siglo VII marca el comienzo del Islam. Aunque el Corán no hace referencia a Hermes, los hagiográfos de los primeros siglos del Islam identifican al profeta Idris, mencionado en el Corán, con Hermes y Henoch. Esta asimilación permite al Islam relacionarse con la tradición heleno-egipcia. En el Islam, Idris -Hermes es presentado a la vez como un profeta y como un personaje intemporal. Se le asimila a veces a Al-Khezr, el misterioso mediador, el sabio que inició a Moisés y que, en el sufismo, juega un papel fundamental como manifestación del guía personal.

Abu Ma’shar, astrólogo persa del siglo VIII, que se hará célebre en Europa con el nombre de Albumasar, formula un relato en el que diseña una genealogía de Hermes. Este texto, que se instauró en el mundo árabe, distingue tres Hermes sucesivos. El primero, Hermes el Mayor, habría vivido antes del Diluvio; se le identifica a Thot y se le presenta como el civilizador de la humanidad, quien hizo construir las pirámides y quien grabó los hieroglifos sagrados de Egipto para las generaciones futuras. El segundo vivió en Babilonia después del Diluvio; fue un maestro en medicina, filosofía y matemáticas. Podría haber sido el iniciador de Pitágoras. Finalmente, se presenta el tercer Hermes como continuador de sus predecesores como civilizador. Fue un maestro de las ciencias ocultas y fue quien transmitió la alquimia a la humanidad.

La Tabla Esmeralda

En la misma época aparece la “Tabla Esmeralda”, un texto que va a adquirir una gran importancia en la Tradición. Su versión más antigua está en lengua árabe y data del siglo VI. Su paternidad ha sido atribuida a Apolonio de Tiana, filósofo y taumaturgo del siglo I. Este texto ha llegado hasta nosotros por la traducción que hizo de él Sagiyus, sacerdote cristiano de Nabulus. Figura en “El libro secreto de la creación”, de Balinus (traducción árabe del nombre de Apolonio de Tiana). En este libro, Apolonio cuenta cómo descubrió la tumba de Hermes. Dice haber encontrado en este sepulcro a un viejo, sujetando una tablilla de esmeralda sobre la que figuraba el texto de la famosa “Tabla Esmeralda”. Ante él había un libro que explicaba los secretos de la creación de los seres y la ciencia de las causas de todas las cosas. Este relato encontraría eco años más tarde en la “Fama Fraternitatis”.

La Alquimia Arabe

Es de todos conocido el papel que desempeñaron los árabes como transmisores de la alquimia a Occidente durante la Edad Media. Nos han dejado igualmente un vocabulario relacionado con este arte (al kemia, la quimia; al tannur, el atanor…). El Islam no se limitó a un papel de transmisor. Como pone de relieve Pierre Lory en “Alquimia y mística en tierra del Islam”, los árabes la concibieron de una manera que, tras ellos, iba a imponerse por doquier. Su alquimia no es sólo un arte de laboratorio, sino que se propone igualmente desvelar las leyes ocultas de la Creación, lo que hace que contenga una dimensión mística y filosófica. Si la alquimia árabe reivindica un origen egipcio, su práctica es anterior a la conquista de Egipto por los árabes en el año 639. Recibieron la alquimia griega por medio de los sirios, pero sus primeros maestros en este arte fueron los iraníes, quienes a su vez habían heredado las tradiciones esotéricas mesopotámicas.

El primer alquimista árabe conocido, el príncipe omeya Khalid ibn Yazid (·?-704) fue iniciado por un cristiano de Alejandría, Morienus. La alquimia conoce un rápido éxito en el mundo islámico siendo rápidamente traducidos los tratados griegos. La figura más ilustre de la alquimia árabe es Jabir ibn Hayyan (muerto hacia el año 815), conocido en Occidente bajo el nombre de Geber. El va a poner de relieve los conceptos fundamentales de la Gran Obra. Sus reflexiones desembocan en una alquimia espiritual de gran envergadura. También se deben a él numerosos descubrimientos en química. El “corpus Jabiriano”, contaba con más de tres mil tratados cuya mayor parte era apócrifa y que probablemente eran obra de una escuela que se formó alrededor de sus enseñanzas. La alquimia árabe conocerá numerosos maestros, de los que sólo vamos a citar a unos cuantos: Abu Bakr Mohammed ibn Zakarya, llamado al-Razi o Rasés (siglo X); Zadith el Mayor (Mohammed ibn Umail al-Tamimi); ibn Umayl (siglo X), Abd Allah al-Jaldaki (siglo XIV). Sus textos penetraron en Europa a través de España y marcaron profundamente el Occidente latino.

La Magia y la Astrología

La magia ocupa también un aspecto central en la espiritualidad árabe. El Islam pondrá de manifiesto una magia de las letras, semejante a la kabalah hebraica, para ahondar en los secretos del Corán. Por otro lado, la magia árabe, de la cual dirá más adelante Christian Rosenkreutz que no era muy pura, cubría temas tales como la medicina, la astrología, el estudio de los talismanes… La astrología está muy presente en el mundo islámico. Aunque se duda de ella por sus orígenes paganos, se desarrolla fuertemente en el siglo VIII, en el que se traduce al árabe el “Tetrabiblos” de Ptolomeo. La astrología, en la época del Al-Mansur, el segundo califa abbassida (754-775) no se debe únicamente a los griegos, sufrió también la influencia de los hindúes, cristianos de Siria, judeo-arameos y, sin duda alguna, de los esenios. De manera general, las diversas ciencias del esoterismo jugaron un papel fundamental en el Islam, especialmente, entre los siitas, tal como demuestra Henri Corbin. Ahora podemos comprender por qué Christian Rosenkreutz irá hacia los países árabes para recoger los elementos esenciales a partir de los cuales va a construirse la Orden de la Rosa-Cruz.

La Teosofía Oriental

En el siglo IX, Ibn Wahshiya, en un tratado titulado “El conocimiento de los alfabetos ocultos desvelados”, presenta numerosos alfabetos ocultos atribuidos a Hermes. Hace igualmente referencia a las cuatro clases de sacerdotes egipcios descendientes de Hermes. Nombra a los “Ishraqiyun” (del Oriente), que pertenecían a la tercera clase, es decir, a los hijos de la hermana de Hermes Trismegisto. Pronto, Sohravardi (.?-1191), uno de los más grandes místicos del Islam iraní, volverá a utilizar la expresión “Ishraqiyun” en el sentido de “Teósofos orientales” para designar los maestros que han conocido la Iluminación. Para él, la filosofía y la experiencia mística son inseparables, y en su “Libro de la sabiduría oriental”, evoca la cadena de Iniciados del pasado, los teósofos orientales. Para él, esta experiencia procede de Hermes, a quien considera su antepasado, el Padre de los Sabios. Estos filósofos estáticos, a los que califica de “pilares de la Sabiduría”, son Platón, Empédocles, Pitágoras, Zoroastro, Mahoma… Lo que resulta particularmente interesante, es que contrariamente a los autores que hemos visto hasta ahora, Sohravardi no busca establecer una filiación histórica, humana, entre Hermes y los sabios de las diferentes tradiciones, sino una filiación iniciática celeste, basada en la experiencia interior.

En el siglo IX, Ibn Wahshiya, en un tratado titulado “El conocimiento de los alfabetos ocultos desvelados”, presenta numerosos alfabetos ocultos atribuidos a Hermes. Hace igualmente referencia a las cuatro clases de sacerdotes egipcios descendientes de Hermes. Nombra a los “Ishraqiyun” (del Oriente), que pertenecían a la tercera clase, es decir, a los hijos de la hermana de Hermes Trismegisto. Pronto, Sohravardi (.?-1191), uno de los más grandes místicos del Islam iraní, volverá a utilizar la expresión “Ishraqiyun” en el sentido de “Teósofos orientales” para designar los maestros que han conocido la Iluminación. Para él, la filosofía y la experiencia mística son inseparables, y en su “Libro de la sabiduría oriental”, evoca la cadena de Iniciados del pasado, los teósofos orientales. Para él, esta experiencia procede de Hermes, a quien considera su antepasado, el Padre de los Sabios. Estos filósofos estáticos, a los que califica de “pilares de la Sabiduría”, son Platón, Empédocles, Pitágoras, Zoroastro, Mahoma… Lo que resulta particularmente interesante, es que contrariamente a los autores que hemos visto hasta ahora, Sohravardi no busca establecer una filiación histórica, humana, entre Hermes y los sabios de las diferentes tradiciones, sino una filiación iniciática celeste, basada en la experiencia interior.

La herencia legada por Hermes Trismegisto es múltiple. Sus tesoros (la alquimia, la magia y la astrología) constituyen los elementos esenciales del Esoterismo tradicional que han estado presentes en todas las civilizaciones. Todas han considerado siempre a Egipto la Madre de las tradiciones. En la Edad Media, esta herencia antigua va a penetrar en Occidente. En el Renacimiento, va a tomar un nuevo aspecto para constituir lo que generalmente se conoce por la expresión “Esoterismo occidental”. Evolucionará de una especial manera hasta alcanzar su umbral crítico en la víspera de las publicaciones “Manifiestos rosacruces”. Abordaremos estos temas en “Philosophia Perennis”, el artículo que seguirá a esta historia del rosacrucismo.

1 Con respecto a los distintos puntos relativos a la historia de la

Alquimia, el lector podrá consultar: Robert Halleux, “los Textos alquímicos”, Brépols, 1979; Jacques Van Lennep, “alquimia”, Dervy, 1985 o M. Berthelot, “colección de los antiguos alquimistas griegos”, G. Steinheil, París, 1887.

2 Sobre este tema, ver, Los Cuadernos del Hermetismo, “presencia de Hermes Trismégiste”, Blanco Michel, 1988 y A.- J. Festugière, “Hermes Trismégiste”, Bonitas Cartas, 1991.

3 Jamblique, “los Misterios de Egipto”, Bonitas Cartas, 1989.

4 Henri Corbin, “en Islam iraní”, Gallimard, 1971.

5 Didier Kahn, “la Tabla de Esmeralda y los textos alquímicos asignados a Hermes Trismégiste”, en “la Tabla de Esmeralda” Bonitas Cartas, 1994

6 Sobre la alquimia árabe, ver los trabajos de: Pedro Lory, “alquimia y mística en tierra de Islam”, Verdier, 1989; Robert Halleux, “la recepción de la alquimia árabe en Occidente” y Georges C. Anawati, “la Alquimia árabe”, en “Historia de las ciencias árabes”, volumen 3, Límite máximo, 1998, Sous la direction de Roshdi Rashed.

7 “la Magia árabe tradicional”, Bibliotheca Hermetica, Retz, 1977.

8 Sohravardî, “el Libro de la Sabiduría oriental”, Verdier, 1986.

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