EDUCAR EN LIBERTAD, PARA LA LIBERTAD CRISTIANA

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la celebración del 85º aniversario del Consudec y entrega de la distinción “Divino Maestro” (Buenos Aires, 24 de septiembre de 2010)

La memoria litúrgica de Nuestra Señora de la Merced, que hoy celebramos, y la advocación mariana que le dio origen, expresan la participación de María en el misterio de la redención como estrechísima colaboradora de Cristo. Merced equivale a gracia; el término designaba la dádiva que un señor otorgaba a sus súbditos y más precisamente la misericordia y el perdón. La fiesta fue extendida a toda la Iglesia a fines del siglo XVIII y había sido instituida a instancia de la Orden Mercedaria, que durante siglos se dedicó al rescate de los cristianos cautivos en los reinos hispano-musulmanes, a fin de que no perdieran la fe. Esa circunstancia histórica refleja la realidad universal del género humano, rescatado de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna por el sacrificio pascual del Redentor. Según el designio providente de Dios, María cooperó de modo enteramente singular a la obra de su Hijo con obediencia, fe, esperanza y ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Como lo recuerda el Concilio Vaticano II, ella es nuestra madre en el orden de la gracia (LG. 61). Madre de la gracia, de la misericordia, del perdón, del rescate con el cual hemos sido agraciados al precio de la sangre de Cristo; Redentora de cautivos la ha llamado la tradición mercedaria. La liturgia de la fiesta la presenta como administradora de la redención, dispensadora de sus tesoros: Ella cuida siempre con amor materno a los hermanos de su Hijo que se hallan en necesidad, para que rotas las cadenas de toda cautividad, alcancen la plena libertad del cuerpo y del espíritu. Así se proclama hoy en el prefacio de la plegaria eucarística.

Los Padres de la Iglesia, los doctores católicos y la tradición litúrgica, han registrado en el Antiguo Testamento una tipología mariana en correspondencia con la tipología cristológica y así descubrieron los rasgos de María en algunas figuras de la historia de Israel. Eva, la madre de los vivientes; la profetisa Débora; Yael, la esposa del quenita Jéber; la reina Ester y Judit, la mujer valiente que obtuvo la libertad para su pueblo oprimido. En la primera lectura escuchamos el elogio dispensado a Judit, que ha resonado desde hace siglos como alabanza de María en la liturgia católica, y un fragmento del canto de aquella heroína israelita en el cual podemos entrever un esbozo del Magnificat, el cántico de la Servidora del Señor, que también celebra el triunfo de los débiles sobre los poderosos de este mundo. En el Evangelio hemos contemplado a María asociándose maternalmente al sacrificio del Unigénito, consistiendo con su amor y su dolor a la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado (cf. LG. 58). Fue allí, al pie de la cruz, donde hemos sido entregados a ella como hijos y donde ella nos fue dada como madre.

Esta advocación mariana de la Merced es entrañable para nosotros, los argentinos. El 24 de septiembre de 1812 las armas patriotas alcanzaron la victoria en Tucumán, jalón importante de la guerra de la independencia. El parte de la batalla enviado al gobierno por el general Belgrano comenzaba así: La patria puede gloriarse de la completa victoria que han obtenido sus armas el día 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos. A ella le entregó el jefe triunfador su bastón de mando y en adelante la llamó siempre nuestra Generala.

Manuel Belgrano era un educador nato; el Padre Furlong dice que fue como el pedagogo de la Revolución. En 1813 compuso un reglamento de 22 artículos para las escuelas de Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, aprobado de inmediato por el gobierno. Su contenido era inequívocamente religioso. Se enseñará en estas escuelas –prescribía– a leer, escribir y contar; la gramática castellana, los fundamentos de nuestra Sagrada Religión y Doctrina Cristiana por el Catecismo Astete, Fleury, y el compendio de Pouget… Pero además: misa diaria, a la que los niños debían concurrir conducidos por sus maestros, letanías a la Virgen a la tarde al concluir las lecciones, teniendo por Patrona a Nuestra Señora de las Mercedes, y el sábado rezo de un tercio del Rosario. En el artículo 18 se indicaba: el maestro procurará con su conducta y en todas sus expresiones y modos inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la Religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la virtud y a las ciencias, horror al vicio. En este molde quisieron fraguar la patria nuestros mejores hombres.

La doble referencia religiosa y patriótica que hemos señalado, nos ofrece un marco de excepción para conmemorar el 85º aniversario de la creación del Consejo Superior de Educación Católica y para manifestar nuestro reconocimiento a un buen número de educadores que han consagrado su vida a la formación integral de las nuevas generaciones de argentinos. Dicha referencia nos permite recordar que la nuestra es una tarea eminentemente eclesial y al mismo tiempo un servicio social de primer orden, dimensión básica de la consolidación y transmisión de la cultura nacional.

La educación, en su acepción humanista y cristiana, no se limita a la transmisión de los saberes ni promueve solamente la asimilación crítica de la cultura, sino que se propone como meta el desarrollo de la personalidad del educando en todas sus dimensiones y el reconocimiento de la propia vocación: se trata de aprender a ser. El documento Educación y proyecto de vida, de cuya publicación se han cumplido recientemente veinticinco años lo explica en un brevísimo párrafo: el logro consistente y definitivo de la educación no puede ser sino el sentido mismo de la vida, el para qué último de la existencia, que es el encuentro plenificante con Dios, del cual venimos y al cual estamos destinados como Suprema Verdad, Suprema Belleza y Supremo Bien (28). El proceso educativo en la escuela católica se verifica a la luz de la fe, implica el conocimiento de las verdades de la revelación divina transmitidas por la Iglesia y el intento de una síntesis sapiencial que integre las diversas disciplinas humanas en una visión del mundo y de la historia que tenga a Cristo por centro y cima. La pastoral educativa ofrece además el aporte vital del acompañamiento catequístico, el itinerario sacramental y la orientación espiritual que faciliten el encuentro con el misterio del Dios Uno y Trino y la intimidad personal de la oración. Así se hace posible el reconocimiento auténtico de la realidad y el ejercicio de una verdadera libertad.

El sistema educativo eclesial traicionaría su esencia si perdiera el sentido del fin, aun cuando cumpliera puntillosamente con los requisitos curriculares, con los aspectos formales de la vida escolar y las exigencias administrativas. ¿Quién ha de poseer, como luz de la inteligencia y calidez del corazón, el sentido del fin? El maestro cristiano. Lo llamamos así, como corresponde, en referencia insoslayable al Divino Maestro, aunque se haya impuesto corrientemente la genérica apelación de docente –término que designa sin más a alguien que enseña– y aun cuando se lo sindicalice como trabajador de la educación. Necesitamos maestras y maestros cristianos; los necesita la Iglesia, el país, el mundo. En muchos países se habla de crisis de la educación, más todavía, se reconoce una crisis de la enseñanza elemental; los mejores pedagogos señalan que lo que está en crisis es el maestro, o la maestra, como “figura de referencia” para los niños de hoy. El verdadero maestro, en cualquiera de los niveles de la enseñanza, es aquel capaz de transmitir desde el ángulo de su propia disciplina una cosmovisión que llame al asombro, a la acogida, a la adhesión, a través del encuentro que ha de ser cada clase o lección; un encuentro en el cual tiene lugar un intercambio de experiencias y un diálogo entre generaciones.

Para ilustrar este punto valga una analogía con otro ámbito de la cultura. Hace poco leí en un periódico italiano un reportaje al cineasta Ermanno Olmi, un gran artista autor de esa obra maestra que se llamó “El árbol de los zuecos”. Le preguntaban quiénes han sido sus maestros. Si bien reconocía que ha tenido muchos, se descolgó con esta sorprendente confesión: la maestra que me ha introducido en el descubrimiento del mundo ha sido mi abuela materna. Fue ella la que me acompañó paso a paso hacia el interior del mundo campesino, a través de su vida ejemplar no sólo de madre sino también de viuda, ya que había perdido a su marido en la Gran Guerra. Todo lo que sabía lo había aprendido de la vida, en la cual logró afrontar cada sufrimiento manteniendo siempre una orientación a la alegría. En casa cantaba de continuo, y cuando no cantaba recitaba rosarios, como, por otra parte, se hacía más bien normalmente en las casas de los campesinos. Se trata de una analogía, pero bien elocuente, por cierto. El maestro es quien introduce en el descubrimiento del mundo; el maestro cristiano introduce en el conocimiento del mundo que se descubre a la luz de la fe. Desde la figura referencial de un auténtico maestro se comprende qué significa educación integral.

La advocación de Nuestra Señora de la Merced nos habla del bien eximio de la libertad cristiana, para la cual, para vivir en ella, Cristo nos rescató. La educación cristiana es educación para la libertad por la cual el hombre adhiere a la verdad y se ata gustosamente en el compromiso del amor. Ser libres del error, de los innumerables errores del mundo, ya vengan revestidos de presunto prestigio científico y académico, ya los arroje sobre las nuevas generaciones el torrente de vulgaridad de una subcultura degradada y con alto rating televisivo; ser libres del pecado, de los vicios que hoy día se proponen como opciones legítimas y son recubiertas por una tolerancia general aliada del relativismo ético; libres de las múltiples cautividades revestidas con las galas de la libertad y que son su simulacro: es éste el bien excelente que ha de ofrecer como meta posible y dignísima la escuela católica a los niños, adolescentes y jóvenes de hoy, mientras pone a su disposición progresivamente los saberes elementales, los caminos de iniciación en las ciencias y en las artes, los tesoros de la cultura humana y de la tradición cristiana.

En la situación actual de la Argentina debemos reivindicar serena y claramente la libertad de la Iglesia para transmitir en el único sistema público de educación –en el cual se ubica la escuela católica– la integridad de la doctrina de la fe y la cosmovisión cristiana: la recta idea del hombre, su dignidad personal, sus derechos y deberes; la sacralidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural; la noción del matrimonio como unión estable de varón y mujer; la constitución de la familia y el derecho inalienable de los padres a elegir para sus hijos una educación que corresponda a sus convicciones morales y religiosas. Los padres de familia y los educadores católicos tienen derecho a resistir las imposiciones ideológicas del Estado si éste, contrariando el principio de subsidiariedad, se propone como primer educador y pretende homogeneizar el pensamiento y provocar un cambio de paradigmas a contrapelo de la tradición nacional. No basta una libertad de mercado educativo; hace falta una verdadera libertad de educación. Nosotros debemos ejercerla a la vez con espontaneidad y argumentativamente, con plena convicción; sin temores, sólo movidos por el santo temor de Dios.

Desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya (Jn. 19, 27). O en su casa, según dice otra traducción. Nosotros la recibimos como propia, como madre nuestra, madre de los educadores, ya que fue ella, la humilde servidora del Señor, el asiento de la Sabiduría y la educadora de Jesús, que aprendió de su Madre, como todo niño, el primer bagaje de su ciencia adquirida. La recibimos con amor en la casa que es simbólicamente la escuela católica y nos encomendamos con plena confianza a su merced.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

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