EDUCADOR: ¿QUIÉN ERES?

Los grandes gozos y los grandes dolores de la vida tienen que ver con encuentros y partidas. Nunca la adquisición o despojo de las cosas podrán darnos los gozos y los dolores de los encuentros y partidas. Las cosas no parten, con las cosas no nos encontramos. Brillantemente don Atahualpa Yupanqui expresa esta realidad existencial en “la Añera”:

“Donde esta mi corazón, que se fue tras
La esperanza
Tengo miedo que la noche, me deje
También sin alma

Donde esta la palomita, que al
Amanecer lloraba
Se fue muy lejos dejando,
Sobre mi pecho sus lagrimas

Cuando se abandona el pago
Y se empieza a repechar
Tira el caballo adelante
Y el alma tira pa’ atrás”.

La esencia de la vida es espera del encuentro. Para quién no tiene a quién esperar y no tiene quien lo espere la vida se le hace insoportable aunque esté nadando en la abundancia de las cosas.

Desde esta perspectiva debemos pensar nuestra identidad de educadores ya que la pregunta sobre quién soy, tiene, para poder ser respondida, incoada dos preguntas: de dónde vengo y adónde voy; que en este caso el dónde no hace referencia a lugar físico, geográfico sino a “lugar antropológico”, de tal manera que bien podrían, mas exactamente, reformularse preguntándonos de quién vengo y a quién voy. Esto se ve con claridad en los chicos que se descubren tardíamente adoptados. Necesitan buscar y saber su origen para saber quienes son.

Esto me parece importante subrayarlo en una época como la nuestra en que se piensan identidades desde autistas autoreferencialidades que ponen el centro en uno mismo. No puedo saber quien soy sino sé para quien estoy, para quien soy.

Recuerdo el consejo de un sabio sacerdote que supo decirme en un momento de decisiones importantes: “si cuando decidas la única cara que ves es la tuya seguro te vas a equivocar.”

Cuando pregunto de que es profesor usted, espontáneamente la respuesta hace referencia a la disciplina: de matemática, de física, de geografía, etc. Nadie responde: soy profesor de alumnos.

Las disciplinas no definen la identidad del educador. A la identidad la define el para quién es. Salí del alumno y voy al alumno, esa intencionalidad pedagógica define identidad. Como Jesucristo: “Salí del padre y vuelvo al padre”.

Que bien no haría preguntarnos siempre, casi como un elemental examen de conciencia diario. ¿Qué rostros veo cada día cuando me levanto y qué rostros llevo a mi descanso?

Por esto es que en el 49 curso de rectores les queremos proponer mirar a nuestros muchachos y chicas, a nuestros alumnos, a nuestros jóvenes. Somos para ellos o somos nada.

Por pura “Diocidencia” el Papa Benedicto XVI en su mensaje para la jornada mundial de la paz 2012 nos invitó precisamente a considerar de manera especial a los jóvenes, nos decía: La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el primero en vivir el camino que propone… Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna”.

De una manera preferencial queremos ser testigos que miren lejos para aquellos jóvenes heridos por la pobreza, por la marginación, por las adicciones, por la tercerización de los afectos ,por la soledad y el sinsentido de sus vidas, heridos por una sociedad que les canoniza la vulgaridad, les propone la mediocridad y les impone lo antinatural.

Suenan proféticas, en este sentido, las palabras pronunciadas por el gran Arzobispo de Santa Fe de la Veracruz, Mons. Vicente Zazpe, cuando en el congreso mariano de año 1980, en Mendoza nos dijo: “lamentablemente la Argentina cuenta también con juventudes, biológicamente juveniles, pero espiritualmente envejecidas; empobrecidas por el consumo; masificadas por la imitación; frágiles de voluntad, pigmea de ideales y sin garantía de futuro.

Transformar la realidad nacional en historia de salvación es empresa de fuertes, de magnánimos, de soñadores, de decididos, de ejecutivos.

No será fácil recrear la profesión cuando el entorno mercantiliza y comercializa.

No será fácil hacer del noviazgo una preparación responsable y delicada para amar, como Cristo a la Iglesia y como la Iglesia a Cristo, cuando alrededor el noviazgo es chapucería, crema pastelera o cloaca.

No será fácil hacer del hogar una pequeña Iglesia doméstica cuando los hogares son mera costumbre y tradición.

No será fácil tener valores personales en medio de una asfixiante masificación, ser morales en una atmósfera de amoralidad, pensar en cristiano cuando la mayoría piensa en pagano, mantenerse firme si el entorno claudica, ser honestos cuando la venalidad parece cubrir la sociedad.

No será fácil responder al proyecto vocacional del Señor, cuando las opciones se toman en referencia al éxito y al lucro.

Para renovar la fisonomía familiar y social del país, se requieren leyes, normar e instituciones, pero sobre todo, modelos que muestren en vivo y directo que la renovación es posible, deseable, gratificante, estupenda y fecunda.”

Ponemos en las manos de María Virgen, Esposa, Madre, Educadora, el Curso de Rectores del Consudec para renovar nuestra identidad modélica en bien de los jóvenes a quienes la Iglesia mira con esperanza, “confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6). (Benedicto XVI)

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