Edipo desarmado

Más de sesenta personas no dejan de escuchar al sujeto vestido de esmoking que habla desde una mesa al fondo del salón dorado del Teatro Colón. El del esmoking es Diego Fischerman, crítico de música y escritor, y está encantando al auditorio en esta disertación sobre George Enescu, el compositor rumano autor de la ópera Edipo, que esta noche de martes se estrena en un montaje de La Fura dels Baus. Uno a uno, Fischerman comienza a desmontar mitos con preguntas y cuestionamientos: por qué seguimos llamando música contemporánea a la compuesta hace casi un siglo; por qué la época actual es mucho más lenta, a diferencia de lo que se piensa, que épocas pasadas. Son algunas. También dice que es una mentira que antes no hubiera mercado porque mercado de la música hubo siempre. Porque toda lección ilumina como casco de minero, el crítico habla de tensiones y distensiones en la música; de estéticas que clausuran otras porque todo artista quiere decir algo nuevo; de la triple B: de Beethoven, Bach y Brahms o de las tensiones insostenibles que propuso Schönberg y de cómo después de él nada fue igual. Habla. Hasta llegar a la ópera que nos convoca. De la precocidad de Enescu, violinista virtuoso y compositor marginal, porque no era alemán y se educó en París junto a Debussy y Ravel. Acompañado de fragmentos de la obra, el crítico da cuenta de la dramaticidad del sonido de Enescu (más cercano a Wagner que a Bartók), del color orquestal, del trabajo obsesivo para desarmar la orquesta y armarla de otra forma en una obra que le llevó diez años de trabajo obsesivo en la composición. Porque –Fischerman se preocupa en recordarlo– la tragedia de Sófocles es una de las obras que menos relecturas tuvo en la historia, quizás por su tema (el incesto), hasta que llegó Freud para catapultarla a frase hecha. Fischerman también quiere desarmar los prejuicios de aquellos que suelen decir “yo no sé nada de música”. Piensa que eso se debe a que los críticos suelen hablar de cuestiones técnicas que no les interesan ni siquiera a los compositores. Aboga por el disfrute y se disfruta aquello que uno entiende. Por eso también, al final de la charla, Valentina Carrasco, una de las directoras de La Fura, explica la búsqueda estética que hicieron en cada uno de los cuadros de la obra. Hubo quien, fascinado por la música de Enescu y por la lucidez de Fischerman, salió de la conferencia directo a la boletería. Por localidades agotadas en el Paraíso a cuarenta y cinco pesos, le quedaban sólo algunas plateas a novecientos. Hubo quien, indudablemente, se quedó con las ganas.

 

¿Cómo deben ser los próceres?

El cuadro quedó inconcluso y es la imagen de un hombre de brazos cruzados parado sobre un puente. Se lo encomendó el Senado uruguayo a Juan Manuel Blanes en 1884, en busca de la imagen canónica para José Gervasio de Artigas, el caudillo que unificó Uruguay y terminó exiliado en Paraguay sólo con un sirviente. Pero ese Artigas no es Artigas. Este rostro, que se ganó su lugar en el canon visual de los próceres, sería un amigo escritor de Blanes. Porque el único retrato que tuvo Artigas en vida, según sabemos, se lo hizo un político y explorador francés, Alfred Demersay. En esa imagen tiene 84 años, está calvo, decrépito, vestido con poncho. “Lo único que tenía vida en ese rostro eran los ojos”, decía Demersay, para quien Artigas era un caudillo díscolo o más bien un delincuente. Lo que siguió fueron suposiciones, reivindicaciones. Se conoció el trabajo siete años después de la muerte de Blanes y se desató la polémica. El retrato se parecía tanto a Artigas como un huevo a una castaña. ¿Cómo debe ser la figura de un prócer? Esa es la pregunta que hace tiempo se hace Laura Malosetti Costa en sus investigaciones. En su artículo “¿Verdad o belleza? Pintura, fotografía, memoria, historia”, sobre José Gil de Castro, en este tipo de imágenes canónicas, tras una aparente preocupación iconográfica por encontrar –y divulgar– la “vera efigie” de los próceres “primó la reconstrucción ideal de su apariencia, siguiendo criterios de forma y estilo que se ajustaron más a consideraciones de índole moral y política, así como su adecuación a la función que debían cumplir”. Quizás sean las contradicciones del canon, o el rigor historiográfico, pero algunas biografías recientes del héroe, como la que publicó Pacho O’Donnell o la de Omar López Mato, utilizan en tapa esta misma imagen: la de un Artigas que no es Artigas.

Los fetichistas

Hace tiempo que la pareja quería encontrar el dvd de La novicia rebelde. Querían el original, nada de bajar por Internet. Una noche, en una fiesta, supieron que la hija de uno de sus amigos también era fanática de la película, pero no sólo de las escenas musicales. “Mira hasta la parte de los nazis”, les dijeron. Y sólo tiene año y medio. Retomaron la búsqueda hasta que un sábado, caminando por Corrientes, ingresaron a un negocio de cine de autor. “¿Qué pasa?”, preguntó el que atendía. “¿Qué pasa con qué?”, respondió el chico. “Es la tercera vez que me preguntan por la película en menos de una hora.” “¿Te quedó alguna?” “Ninguno de los anteriores se la llevó. Son los primeros que pagan por ella.”

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