ECOS DE ASIS

ecumenismo@yahoogroups.com [mailto:ecumenismo@yahoogroups.com] En nombre de Flia Padilla
Enviado el: Jueves, 01 de Diciembre de 2011 11:51 p.m.

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Editorial: El fundamento de la paz

por Consejo de redacción · Comentar

El no a la violencia debe arraigar más profundamente en el corazón humano para que el compromiso con la paz se exprese en el mundo.Hace 25 años Criterio editorializó sobre el primer encuentro interreligioso de Asís convocado por Juan Pablo II. Lo tituló “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz”, la oración de Francisco que a partir de entonces año tras año resuena desde Asís al mundo entero. Había sido “un acontecimiento único en la historia de las religiones”: “una peregrinación a las fuentes de la paz, un ayuno para pedir perdón, una oración para implorar ayuda”.

Que hombres y mujeres de distintas religiones, desde cristianos hasta animistas, compartieran un mismo espacio de oración suscitó sorpresa, entusiasmo y también disgusto. Otras dos celebraciones en Asís, en 1993 y 2002, respondieron a graves momentos que atravesaba el mundo (Balkanes y Torres Gemelas), pero carecieron de la repercusión de la primera. Año a año, la Comunidad de San Egidio en los Encuentros Hombres y Religiones ha seguido aquel surco, de los que en más de una oportunidad nos hemos hecho eco.

No era un secreto la resistencia del entonces cardenal Ratzinger al modelo de oración de Asís. Pero el papa Benedicto XVI no quiso que los veinticinco años pasaran en silencio. Las formas cambiarían, el espíritu no, ya que en el marco de una peregrinación se llevaría a cabo el encuentro.

Se privilegió así uno de los pasos de aquella vez: la peregrinación, común a todas las religiones, es uno de los mandamientos fundamentales. Solemos peregrinar a lugares y a santuarios: Roma, Asís, Jerusalén, Santiago de Compostela, Lourdes, Guadalupe, Itatí, Luján, a la Meca y Medina, a Lumbini en Nepal, donde nació Buda, o a Bodh Gaya, donde encontró el Nirvana, o a Benarés. Somos peregrinos junto con otros, al menos con los que encontramos en el camino, y con ellos confrontamos nuestra fe o volcamos nuestras peticiones en esos lugares que creemos marcados por una especial presencia religiosa. La vida entera es peregrinaje, homo viator.

En esta oportunidad, la novedad fue aportada por una mujer, la última oradora, la psicoanalista, semióloga y filósofa francesa, aunque búlgara de origen. Julia Kristeva fue una voz de los no creyentes. Enunció diez principios del humanismo de nuestro tiempo en que tras la Shoah y los gulags, ya no existe el Hombre con mayúscula ni hace la historia “sino que la historia somos nosotros”. Pero es un tiempo en que, por vez primera, el homo sapiens es capaz de destruirse en nombre de religiones, creencias e ideologías. Invitó a retomar los códigos morales inscriptos en los libros de las grandes religiones y señaló algo sumamente original: el humanismo es un feminismo en el que falta una nueva reflexión sobre la elección y la responsabilidad de la maternidad. En efecto, agregamos, en las conferencias internacionales sobre la mujer, la maternidad es vista casi como un obstáculo y no una plenitud vital. Invitó a que religión y humanismo hallen “complicidades” para aportar a la renovación de las capacidades de los hombres y las mujeres a crecer y a conocer juntos. Y concluyó con el augurio de que “en el multiverso rodeado de vacío, la humanidad pueda por mucho tiempo proseguir su destino creativo”.

Las palabras de Benedicto XVI se publican en otro lugar de este número, por lo que nos limitaremos a señalar, en coherencia con lo anterior, la mención específica de que entre la religión y la antirreligión están quienes buscan la verdad, que no se contentan con afirmar: “No hay Dios”. Por el contrario, ellos “despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella. Pero también llaman a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás. Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a los creyentes a purificar su propia fe, para que Dios –el verdadero Dios– se haga accesible”.

Estamos llamados a un discernimiento y a un examen de conciencia. Discernir, porque a menudo englobamos todo “secularismo” en uno solo y lo hacemos responsable indiscriminadamente de nuestros males. Olvidamos que hay un diálogo y un encuentro necesarios con quienes, agnósticos, comparten nuestras familias, amistades, círculos culturales e intelectuales, buscan la verdad, practican el bien, aman la justicia y construyen la paz. Un examen de conciencia, porque también los cristianos hemos impuesto al Dios del amor y de la paz por medio de la violencia, “lo que reconocemos llenos de vergüenza” y porque tantas veces, como personas y como comunidades, no somos transmisores de la buena noticia de Cristo, Señor y Redentor, que nos amó “hasta el extremo”. El Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización recientemente creado es un instrumento que debiera multiplicarse en las iglesias particulares según las condiciones y realidades de cada una.

La jornada concluyó ante las Basílicas, y nuevamente allí se escuchó la voz de otro de los no creyentes invitados, el filósofo mexicano Guillermo Hurtado, que en la lectura de un párrafo del mensaje final hizo resonar por única vez ese día la lengua de Cervantes. Luego, todos, sin distinciones religiosas, se detuvieron ante la tumba del Poverello, cuyo Cántico de las criaturas se elevó como una oración, la que, por otra parte, tuvo sus momentos pero en soledad y en silencio (en el acto conclusivo, con el agregado para los no creyentes de “desear la paz”, si no se rezaba por ella).

En todo el mundo, también en Buenos Aires, en dos celebraciones, el espíritu de Asís fue convocante. Ya no es, como lo fue hace veinticinco años, algo novedoso que las religiones se reúnan para dar testimonio de que “la paz es el nombre de Dios”, como ocurrió hace una década en ocasión de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, en el mundo (pensamos en Medio Oriente y en las incertidumbres de la “primavera árabe”, pero también en la India, Paquistán, Nigeria e Indonesia y otros lugares) donde los cristianos sufren violencia a causa de su fe y por obra de quienes entienden que ejercerla es una exigencia.

El “Nunca más la guerra”, que Pablo VI pronunciara ante las Naciones Unidas, reiterado en las más dramáticas circunstancias por sus sucesores, y el “Nunca más la violencia en nombre de Dios” de Benedicto XVI, deben latir en la comunidad internacional, ser humano.

Etiquetas: Asís, Benedicto XVI, diálogo interreligioso, Kristeva, paz

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