Dr. Ariel Álvarez Valdés – ¿Qué dice la Biblia sobre el Infierno?

¿Qué dice la Biblia sobre el Infierno?

Dr. Ariel Álvarez Valdés

-Este artículo publicado originalmente en dos partes, ha sido recopilado por el teólogo español Xabier Pikaza, que lo ha publicado en su blog de El Periodista Digital-

Primera parte

¿Existe el infierno? Y si es así, ¿en qué consiste? ¿Revela la Biblia algún detalle sobre él?

Para responder a estas preguntas, debemos tener en cuenta que sobre este tema (así como en otros) la mentalidad bíblica fue evolucionando. En los primeros tiempos, los israelitas no se preguntaban mucho qué ocurría después de la muerte. Simplemente creían que todos los hombres, buenos y malos, justos e injustos, al morir bajaban a una inmensa habitación oscura y silenciosa llamada sheol, donde llevaban una vida debilitada y somnolienta.

Así, por ejemplo, vemos que tres personajes malvados llamados Coré, Datán y Abirón, que se sublevaron contra Moisés, murieron y bajaron al sheol (Núm 16, 28-30). Y alguien tan venerado como el patriarca Jacob (Gn 37, 35), o el piadoso rey Ezequías (Is 38, 10), también al morir terminan yendo al sheol. Job mismo dice: “Sé que al morir me iré al lugar donde se reúnen todos los mortales” (Jb 30, 23).

Para la mentalidad primitiva, pues, no había diferencia en el destino final de los hombres. Todos, buenos y malos, iban a parar al mismo lugar.

Nace la diferencia

Con el paso del tiempo se empezó a ver lo errado de esta manera de pensar. No era posible que tuvieran un final semejante los que habían llevado una vida buena y los que habían tenido una vida de pecado. Así, alrededor del año 200 a.C., los judíos dejaron de creer en el sheol como único final para todos, y comenzaron a enseñar que en el otro mundo había dos habitaciones distintas, una para los justos y otra para los pecadores. Y que allí los pecadores serían atormentados con castigos.

El primer libro de la Biblia que afirma esto es el de Daniel, escrito alrededor del año 165 a.C. Ahí leemos: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán; unos para la vida eterna, y otros para la vergüenza y el horror eternos” (Dn 12, 2-3).

Esta es la primera vez que el Antiguo Testamento menciona lo que nosotros después llamaremos “infierno”. Aquí se lo denomina “vergüenza y horror eternos”, pero no explica en qué consiste. Lo único que queda en claro es que se trata de un destino diferente al de los buenos.

La segunda vez que se habla del infierno es en el libro de la Sabiduría, escrito alrededor del año 50 a.C: “Los pecadores recibirán el castigo que sus pensamientos merecen, por despreciar al justo y apartarse de Dios” (Sab 3, 10).

Son las dos únicas menciones del infierno en todo el Antiguo Testamento. Pero ninguna explica qué es.

Enviado con una sola misión

Cuando Jesús empezó a predicar, la originalidad de su mensaje fue que él hablaba en sus discursos exclusivamente de la salvación, no de “salvación y condenación”. Por eso llamó a su mensaje Buena Noticia.

Basta comparar una frase suya con la de Juan Bautista, para darnos cuenta. Mientras Juan anunciaba: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca. El hacha ya está puesta en la raíz del árbol, y el que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3, 2. 10), Jesús sólo decía: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17).

Lo mismo vemos cuando Jesús fue a predicar a la sinagoga de Nazaret. Leyó un largo pasaje del profeta Isaías, pero al llegar a la última parte, donde Isaías anunciaba “un día de venganza” contra la gente, Jesús se detuvo y lo cortó (Lc 4, 16-19). Y Lucas comenta que todos se admiraban de las palabras “llenas de gracia” que salían de su boca.

Sus parábolas sobre el perdón (como la del hijo pródigo, el fariseo y el publicano, la oveja perdida), y su actitud de misericordia hacia los pecadores más despreciables (la adúltera, la prostituta, los cobradores de impuestos) muestran hasta dónde la salvación era el único objeto de su prédica. Se lo dice claramente a Nicodemo: “Dios no ha enviado a su Hijo a condenar al mundo, sino a salvarlo” (Jn 3, 17). Y también a los jefes judíos: “No he venido a condenar al mundo, sino a salvarlo” (Jn 12, 47).

Cuatro descripciones del infierno

Sin embargo, en algunas enseñanzas Jesús admite la posibilidad de una condena eterna. Lo hace, por ejemplo, cuando habla de “perder la vida” (Mc 8, 35), “perder el alma y el cuerpo” (Mt 10, 28), “no ser conocido” (Mt 7, 23), “ser apartado” (Mt 7, 23), “ser echado afuera” (Lc 13, 28). Con estas expresiones Jesús presenta la condena eterna, o sea, el infierno, como una exclusión del ámbito de Dios, como un no permitirle al hombre unirse a Dios en el más allá. Por lo tanto, para Jesús el infierno es simplemente la ausencia de Dios.

Pero además de estas expresiones, en otras palabras de Jesús encontramos cuatro imágenes que describen de alguna manera cómo es el infierno. Estas son: a) fuego que no se apaga; b) gusanos que no mueren; c) tinieblas exteriores; y d) llanto y rechinar de dientes.

La vida como basura inútil

El elemento más característico del infierno es el fuego. El Nuevo Testamento lo menciona de seis maneras distintas: “fuego que no se apaga” (Mc 9, 48), “fuego eterno” (Mt 25, 41), “horno de fuego” (Mt 13, 42), “fuego ardiente” (Heb 10, 27), “lago de fuego y azufre” (Apoc 19, 20), “Gehena de fuego” (Mt 5, 22), y “llama que atormenta” (Lc 16, 25).

Los teólogos han discutido durante siglos sobre la realidad de este fuego, pero hoy sabemos que se trata simplemente de un símbolo, de un lenguaje figurado, del mismo modo que es simbólica la frase de Jesús cuando nos dice que debemos arrancarnos un ojo o cortarnos la mano si ellos nos hacen pecar (Mt 5, 27-30).

¿Por qué el Nuevo Testamento emplea el símbolo del fuego para explicar los sufrimientos del infierno? Algunos piensan que es porque, de los dolores físicos que experimentamos en la vida diaria, uno de los peores es el de la quemadura. Por lo tanto, la posibilidad de arder eternamente en el infierno representa un castigo absolutamente terrible.

Sin embargo, para la mentalidad judía, el fuego ardiente estaba asociado, más que a la idea de un dolor grande, al lugar donde iba a parar la basura, aquello que ya no sirve, el desperdicio. Por eso Jesús dice que el árbol que no da fruto es “arrojado al fuego” (Mt 7, 19); y que la cizaña inservible “es quemada” (Mt 13, 30). Por lo tanto, decir que alguien va a ser quemado equivale simplemente a decir que es uninútil, que no sirve para nada. No que va a sufrir mucho.

Por eso, ante el abuso de muchos cristianos que se habían esmerado en describir con detalles el fuego del infierno, el papa Juan Pablo II aclaró, en una catequesis pronunciada el 28 de julio de 1999, que se trata de “imágenes que expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios”. De esta manera, Juan Pablo II se convertía en el primer papa que eliminaba el “fuego” del infierno.

Gusano, tinieblas, y llanto

El segundo elemento mencionado por Jesús sobre el infierno es el “gusano que no muere”. Sólo lo trae Marcos (Mc 9, 48). ¿Qué significado tiene? Para la Biblia, la presencia del gusano alude (igual que el fuego) a lo inservible e inútil. Lo menciona en el maná podrido (Éx 16, 20), en los enfermos pestilentes (2Mac 9, 9; Hech 12, 23), en los cadáveres (Is 14, 11; 66, 24). Por lo tanto, afirmar que en el infierno hay “gusanos que no mueren” significa que la situación de los que se condenan es como la de un cadáver descompuesto o la de un montón de basura inútil.

El tercer elemento del infierno es el de las “tinieblas exteriores”. Sólo lo cita san Mateo (8, 12; 22, 13; 25, 30). ¿Por qué emplea esta figura? Los judíos imaginaban la salvación eterna como un gran banquete, espléndidamente iluminado. Era lógico, pues, que imaginaran el infierno como lo contrario, es decir, como “tinieblas que quedaban afuera” de ese banquete. Las tinieblas simbolizan simplemente la no participación en la fiesta final.

El cuarto elemento es el “llanto y rechinar de dientes”. Lo mencionan Mateo (Mt 8, 12) y Lucas (13, 28). El rechinar de dientes en la Biblia aparece siempre como ejemplo de rabia y de odio (Job 16, 9; Sal 35, 16; Hech 7, 54). Unida al llanto, la frase completa quiere expresar el dolor y la desesperación de los que quedan excluidos de la salvación.

Sin fiesta final

Estas cuatro imágenes son las únicas, en toda la Biblia, que describen el infierno. Pero, como vimos, son simples imágenes simbólicas, tomadas del ambiente semita, que sólo quieren demostrar que la situación futura de quienes se condenan será la de una existencia absurda y sin sentido por haber rechazado a Dios en sus vidas. De la misma manera que la salvación eterna se describe de un modo simbólico, como una gran fiesta con abundante comida y excelentes vinos.

La Palabra de Dios, pues, si bien enseña la existencia del infierno, jamás ha explicado en qué consiste. Lo único que afirma claramente es que se trata de la “no salvación”, un estar sin Dios. Pero sobre los sufrimientos o penas que allí habrá no dice una sola palabra.

Segunda parte

El infierno como situación

Antes que nada, debemos aclarar que el infierno no es un «castigo» inventado por Dios para los pecadores. Pensar así lo convierte a Dios en un ser cruel y despiadado, un ser sádico que se venga de los seres humanos que le han desobedecido, justamente cuando estos no tienen ya posibilidad alguna de enmendar su situación. Más bien el infierno es un «fracaso» de Dios, una «tragedia» para Dios, que él no puede evitar porque respeta profundamente la libertad y la elección de cada hombre.

Como enseñaba Juan Pablo II en la mencionada catequesis, el infierno no es un «lugar» creado por Dios, sino una «situación», que no existe independientemente de la persona que se aleja de Dios.

También el cielo es una «situación», un «estado» de amor de la persona. Al ser, pues, el cielo y el infierno una «situación» humana, ni siquiera Dios puede obligar a nadie a entrar en ellos. Así como Dios no puede salvar a nadie a la fuerza, tampoco puede «condenar» a nadie. Es simplemente la consecuencia de las opciones del ser humano.

Un regalo maligno

Aclarado este punto, nos preguntamos ahora: ¿en qué consiste el infierno? ¿Cómo será aquella realidad que deberán enfrentar los que se han «condenado»? A lo largo de la historia los teólogos han propuesto diferentes hipótesis, que pueden resumirse en tres.

1. La primera es la del infierno como situación de dolor permanente.

¿Qué enseña esta postura? Que al morir, la persona está destinada en el más allá a vivir para siempre sin Dios. Y como todo ser humano fue creado para estar junto a Dios, la imposibilidad de estar con él en la otra vida le producirá un dolor «infernal», un tormento atroz y brutal, que durará por toda la eternidad.

A esta explicación del infierno se le puede hacer una crítica. La posibilidad de resucitar en el más allá no es una facultad que el hombre tiene por naturaleza. Es un regalo que Dios hace a cada persona luego de su muerte. Como dice san Pablo: «El don de Dios es la vida eterna, en Cristo Jesús» (Rom 6, 23). Ahora bien, si a una persona luego de su muerte le espera la condenación, ¿para qué Dios la va a resucitar? ¿Por qué no la deja que se quede muerta definitivamente? ¿Le va a regalar la resurrección sólo para poder castigarla y torturarla eternamente en el otro mundo?

2. La muerte que acaba todo

Por eso, algunos teólogos (como Ch. Duquoc, P. Schoonenberg, E. Schillebeeckx) han hecho una segunda propuesta: la del infierno como «muerte definitiva». Según esta, como la resurrección es un don de Dios, un regalo de su amor, si alguien rechaza a Dios simplemente no resucitará en el más allá. El infierno sería, pues, no resucitar, caer en la nada, no recuperar la vida.

Quienes defienden esta postura la fundamentan en algunos dichos de Jesús, el cual en ciertas ocasiones da a entender que sólo resucitarán los buenos. Por ejemplo, cuando dice: «se te recompensará en la resurrección de los justos» (Lc 14, 14), como si los pecadores no fueran a resucitar. O cuando enseña: «los que sean dignos de entrar en la otra vida y de resucitar de entre los muertos» (Lc 20, 35), como si algunos fueran declarados indignos de resucitar.

Esta segunda hipótesis tiene un punto débil. Es cierto que Dios respeta la libertad humana, y que si alguien libremente se niega a aceptar la vida que él ofrece, con dolor de Padre aceptará su voluntad y lo dejará condenarse. Pero, ¿puede una libertad finita en el hombre merecer un castigo infinito? ¿Puede un pecado temporal acarrear un castigo eterno? ¿Cómo es posible que a alguien, que en este mundo sólo rechazó a las criaturas de Dios, se lo castigue privándolo de la persona de Dios?

3. Como estrellas distintas

Esto ha llevado a los teólogos a una tercera propuesta: la del infierno como condenación del mal de cada uno. ¿Qué significa esto? Que todos nos vamos a salvar, pero de diferente manera. En efecto, nadie es tan absolutamente malo que no tenga algo bueno en su haber. Y ningún pecado, por serio y grave que sea, puede aniquilar ese algo de bondad que hay en cada persona. De modo que Dios, al final, salvará en toda persona lo que «pueda», es decir, el resto de bondad que queda en todo hombre. La misma persona, pues, se salvará en parte y se condenará en parte. Dios salvará lo bueno que hay en cada uno, y condenará y anulará lo malo. Como dice el teólogo Urs von Balthasar: «Toda persona escuchará ambas frases: ‘Apártate de mí al fuego eterno’ y ‘Vengan, benditos de mi Padre'». O sea, unos se salvarán más plenamente, y otros se salvarán más disminuidos, según lo que cada uno tenga de «salvable».

Esta explicación (ya aceptada en el siglo IV nada menos que por san Ambrosio), parece justificada por las palabras de Pablo (1Cor 3, 15), el cual al hablar del día del juicio enseña que toda persona tiene algo que salvar, incluso aquéllas cuyas malas obras queden anuladas en el juicio: «Aquel cuya obra quede destruida, sufrirá daño, pero él se salvará, aunque como quien ha pasado por el fuego» (es decir, disminuido). Y más adelante dice: «Así como entre las estrellas hay diferentes brillos, así también será en la resurrección de los muertos» (1Cor 15, 41-42).

Esta tercera propuesta (aunque tampoco resiste a todas las críticas) parecería ser la que, de alguna manera, mejor refleja la imagen amorosa del Dios de la Biblia. El plan de Dios.

Ninguna hipótesis presentada por los teólogos hasta ahora puede explicar plenamente el infierno. Lo que sí está claro es que hay un «algo» en el más allá, que no sabemos bien en qué consiste, al que llamamos «infierno», y que hace la diferencia entre ser bueno y ser malo.

En efecto, no todos tendrán el mismo destino después de la muerte. Dependerá de cómo haya vivido cada uno. No da lo mismo ser justo que injusto, ayudar a los demás que maltratarlos, ser sembrador de paz que ser violento.

Es que cada acto de amor que uno hace, cada gesto de servicio, aun cuando nadie se entere, provoca en lo íntimo de cada persona un reclamo de resurrección, un grito de vida plena, un retazo de cielo fascinante. Y toda acción mala genera en el hombre una mengua, un menoscabo, un deterioro íntimo que lo hará surgir apocado, «condenado» en la otra vida.

Pero mientras tanto, nuestra tarea es la de anunciar la salvación de todos, sin cerrar de antemano las puertas del paraíso a nadie. Porque dice la Biblia que Dios tiene un plan: «quiere que ‘todos’ los hombres se salven» (1Tim 2, 4).

¡Y nosotros no tenemos por qué arruinarle los planes a Dios…!

Dr. Ariel Álvarez Valdés

Publicado en

El Pregonero Cristiano

www.pregoncristiano.com

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