Dos voces y un mismo yo

HONGOS

Injuria habla del dolor. Y lo cuenta con una intensidad y una tristeza que nos hace derrapar, una y otra vez, hacia el interrogante fundamental: ¿por qué? “Soy un actor de mi propia vida.” La tensión lacerante que empetrola al narrador y protagonista de esta novela, se origina en una bipolaridad que le impide concluir la autodefinición, obligándolo a oscilar entre dos puntas contrarias que organizan –en paradigmas encontrados– toda su existencia. De un lado, su vida “diurna”: redacción/tedio/falsedad/moralidad (burguesa). Del opuesto: cuerpo, puticlub y deseo, miedo, placer (culposo) y libertad. Hay también dos escrituras. La “muerta”, carente de interés y función (los artículos periodísticos que el narrador escribe) y la “viva”, terapéutica, que de alguna manera es la novela que estamos leyendo. La dualidad básica, entonces, se disputa entre “lo que hice conmigo y lo que los demás pretendían hacer de mí”. Esta tensión llega a su punto máximo –y aquí uno de los aspectos más novedosos– cuando el narrador se desdobla de sí mismo. La alternancia es llamativa –y eficaz– porque usa la identidad (las dos voces son el mismo “yo”) para construir alteridad. El narrador se construye en el tironeo moral que le plantea su condición de homosexual que habita un “mundo que me detesta”. Esta percepción lo vuelve único por el camino de la autohumillación y el dolor. “Era una permanente lucha entre mi ser inmoral y el que decía todas las mañanas buenos días a los vecinos”: él mismo un travesti, no en el sentido LGTB del término sino en uno espiritual, lucha por reconstruir su historia para entenderse y, en definitiva, aceptarse tal cual es. A contrapelo del facilismo embalsamado de la carcajada en automático, Injuria reivindica la tristeza y el dolor como vías negativas para llegar al amor, siempre anhelado. Injuria es, en este sentido, un grito desesperado que llega de allende el río y que vale toda la pena leer.

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