Donde van a morir los edificios

Tres documentales presentados en el último Bafici relatan el fracaso de la materialidad: instalaciones inacabadas, ruinas urbanas, demoliciones y esqueletos de hormigón como posible devenir de todo proyecto arquitectónico.El héroe salva a la protagonista, la alza en sus brazos y ambos caminan de espaldas a la cámara hasta perderse en el horizonte. Para el espectador cinematográfico medio, será imposible no encontrarse con alguna variable de este final feliz en la apabullante mayoría de filmes que verá a lo largo de su vida. Y si bien preguntarse qué ocurriría con una película si se pudiese ver qué pasa el día después suele ser tomada como una ocurrencia casual y divertida más que como una preocupación real, no deja se ser un tema que la historia pareciera revisitar constantemente.

En la sección Odiseas del Espacio (Cine y Arquitectura), que formó parte del Bafici 2012, tres documentales se involucraron directamente con esta cuestión y se aventuraron en el día “después de la foto”. Proyectos utópicos que prometían cumplir los sueños de todos y que, como una suerte de Titanic de ladrillos y hormigón, eran incapaces de ver cómo tras una fachada de optimismo se cocía una tragedia.

Poco tiempo después del triunfo de la Revolución cubana en 1959, Fidel Castro reunió a los arquitectos más prestigiosos de la isla y les planteó cómo sería el nuevo escenario de la profesión. No habría más práctica privada y todos deberían empezar a realizar construcciones sociales para el Estado. Disconformes con el panorama laboral que se les presentaba, el grueso de profesionales desapareció de la noche a la mañana. Debido a esto y para llevar adelante sus proyectos, las autoridades recurrieron a quienes permanecían en el país, principalmente arquitectos principiantes. Es así que la comisión de la Academia Nacional de las Artes de Cuba, una de las obras más emblemáticas del nuevo período que comenzaba, recayó en tres jóvenes que apenas superaban los 30 años. A caballo del sueño de Fidel de realizar la escuela de artes “más grande del mundo”, los arquitectos Vittorio Garatti, Roberto Gottardi y Ricardo Porro comenzaron un periplo plagado de euforia y frustraciones que se extendería a lo largo de más de 50 años.

El documental Unfinished Spaces ( Espacios inacabados ) recorre la historia de esta obra desde su estatus inicial, como fuente de optimismo y fervor, hasta su (incompleto) estado actual. En la euforia que sigue a la conquista del poder, no hay límites a la ambición y así se conciben cinco edificios para la academia, todos inspirados en las formas orgánicas y sensuales características del sentir cubano (Porro inclusive diseña una fuente con forma de vagina). Para el doctor Roberto Segre, teórico especialista en arquitectura latinoamericana que aparece entrevistado en el filme, “las escuelas de arte pueden funcionar como un emblema de la primera etapa de la Revolución. Un tiempo de sueños y de ilusiones, donde todo parecía posible”.

Pero en 1963 la obra se paralizó por el acercamiento de Cuba a la Unión Soviética y la insistencia en comenzar a usar un sistema constructivo de elementos prefabricados, una tendencia a la racionalidad que tendía a convertir la exhibición formal en un exceso. La Academia Nacional de las Artes pasó a ser un muerto en vida. Sus formas orgánicas no estaban en sintonía con la época y de a poco los edificios fueron convirtiéndose en ruinas urbanas, un recordatorio petrificado de lo que podrían haber sido. Porro huyó a Francia, Garatti fue expulsado del país y Gottardi permaneció en la isla. Es Gottardi quien se constituye en la cara humana de la tragedia a medida que avanza la película. La frustración se materializa en su mirada, sus gestos y sus palabras: su carrera se ha reducido prácticamente a la nada y es condenado a ver en vivo el declive de su máxima creación.

The Pruitt-Igoe Myth ( El mito de Pruitt-Igoe ), otro de los documentales exhibidos es un ensayo de “historia urbana”. Se centra en torno al complejo residencial Pruitt-Igoe, construido en Missouri, Estados Unidos, en 1954 con promesas de felicidad absoluta para quien ocupara sus pisos. Pero los 33 edificios que lo componían fueron derrumbados a mediados de los 70 y el proyecto (que fue diseñado por Minoru Yamasaki, el mismo arquitecto que hizo las Torres Gemelas) ha permanecido como un símbolo del fracaso de los planes urbanos del Movimiento Moderno.

Desde un comercial que hablaba maravillas sobre las instalaciones y las viviendas de Pruitt-Igoe hasta las estremecedoras imágenes del ocaso del complejo y de la demolición final, la historia de este emprendimiento también es la crónica de la reconversión de la ciudad estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial y la absoluta incapacidad (o imposibilidad) de detectarlo por parte de sus autoridades. Al momento de la creación del complejo, la población de Saint Louis estaba en alza y la demanda por viviendas baratas había llegado a un pico. Pero esa explosión urbana era un espejismo que rápidamente le dejaría lugar a la realidad.

En un artículo llamado justamente “El mito de Pruitt-Igoe”, la teórica Katherine Bristol afirma que no es en el diseño donde deben buscarse las causas del fracaso sino en una drástica mutación urbana. “A partir de 1958 la ocupación del complejo comienza a decaer. Hubo un cambio demográfico muy profundo en todas las ciudades de Estados Unidos, ya que las clases medias blancas comenzaron a migrar hacia los suburbios y, junto con ellos, se fueron las mayores fuentes de trabajo”. La pérdida de ingresos fiscales y de empleos, una menor demanda de inmuebles de bajo costo y un latente problema racial convierten a Pruitt-Igoe en un gigante abandonado a su suerte. El mantenimiento desaparece a medida que la ciudad se desinteresa en su destino y la falta de perspectivas laborales convierte a sus grandes pasillos en caldos de cultivo para la violencia. En los suburbios, que comenzarían a dominar el paisaje urbano estadounidense, la clase media experimentaba una vida próspera y admitía haberse alejado de la metrópolis porque “no podía vivir cerca de ellos”. Sobre la imagen de los pastizales que crecen en el sitio donde solía erigirse Pruitt-Igoe, los testimonios de sus antiguos inquilinos mezclan alegría y frustración, mientras que de fondo resuena la tristeza por un tiempo perdido.

Desde su concepción en 1949, el Hospital Universitario Clementino Fraga Filho de Río de Janeiro fue un proyecto ambicioso. El edificio de 220 mil metros cuadrados alojaría más de dos mil camas y tendría la capacidad de mantener su propia práctica docente, un viejo reclamo de los médicos de ese país. Pero los vaivenes burocráticos de la presidencia de Getulio Vargas complicaron infinitamente el camino y sólo se logró finalizar e inaugurar una mitad del edificio. La estructura, que tenía la forma de la letra Pi, quedó literalmente partida al medio y mientras que de un lado las instalaciones prosperaron y mejoraron, del otro todo quedó parado.

En un artículo titulado “La modernidad rota: ¿la utopía, la distopía o la miopía?”, el arquitecto cubano Roberto Segre señala que el Hospital es hijo del pensamiento político que predominaba en Brasil en esa época. “Las autoridades entendían que era una responsabilidad del Estado desarrollar un sistema educativo y de salud moderno, usando los modelos aplicados en Estados Unidos y Europa. En los 30, 40 y 50, las elites políticas e intelectuales tenían en común un proyecto social: la ambición de consolidar las bases de un Estado para servir a la comunidad, asumiendo los avances artísticos, culturales, científicos y técnicos, que deberían también manifestarse en la arquitectura y el urbanismo”. Es así que el arquitecto Jorge Machado Moreira aplicó los principios del Movimiento Moderno para diseñar el edificio: formas racionales, la estética como resultado de la técnica y una clara organización funcional.

La película HU (por las siglas del hospital) transcurre en gran parte a pantalla partida, donde por un lado se muestra un hospital que funciona y del otro se ve una mole de hormigón abandonada. Espacios funcionales recorridos por pacientes y médicos se contraponen a un lugar gélido y gris, salpicado por restos materiales aquí y allá. Una grave falla estructural que causó un fuerte temblor en el edificio obligó a demoler la mitad inacabada en diciembre de 2010.

El fracaso de la materialidad y sus promesas superadoras recorre cada una de estas películas como idea globalizadora. Pero la tragedia real es ver el rostro ensombrecido de un arquitecto vencido, el llanto de una mujer por el recuerdo de un pasado acabado y 60 años de desidia evaporarse en ocho segundos.

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