“¿Dónde queda Alemania?”

El 2013 será un año de bicentenarios relevantes para la cultura alemana. En 1813 nacieron –en orden cronológico– Friedrich Hebbel, Richard Wagner y Georg Büchner, tres de las máximas referencias artísticas del mundo germánico del siglo XIX. Y como si fuera poco, a la impactante lista también podría agregarse al olvidado dramaturgo Otto Ludwig, que en su momento supo alcanzar enorme fama, e incluso, ampliando la perspectiva, al filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard, que con su repudio al idealismo alemán se volvió una especie de contrafigura. El mercado editorial se llenará de reediciones y novedades ligadas a esos geniales autores, habrá conmemoraciones y festejos, y será una oportunidad, asimismo, para reconsiderar la vigencia de esos extraordinarios personajes, que en su momento supieron ser tan disímiles y que hoy quedarán fusionados por el interesado furor conmemorativo.

Pese a que las ideas y las poéticas de Wagner, Büchner y Hebbel eran opuestas en muchos sentidos, es obvio que los tres apostaron sus mejores prendas al drama y a la ópera. En la tumultuosa primera mitad del siglo XIX, que se abrió con la amenaza de Napoleón y se cerró con una pesada Restauración, no es casual que tres individuos de refinadísima sensibilidad hayan sucumbido a la atracción de los escenarios, que habían sido exactamente el lugar donde el arte burgués había despertado ante el pueblo alemán en el siglo anterior. Y además, a los tres los unió la obsesión por la historia, en una búsqueda por hallarse como alemanes e hijos del Romanticismo, es decir, como sujetos doblemente extraviados. Y es aquí, en la posición que cada uno asumió ante lo histórico, y por ende ante lo político, donde los caminos se separan de cuajo… Christian Friedrich Hebbel (1813-1863) es hoy el menos ilustre de esta tríada de notables, aunque en su apogeo fue el autor teatral más distinguido del mundo germano. Su convicción fundamental de que “toda la vida es la lucha del individuo con el universo” lo llevó a concebir la íntegra historia humana como una sucesión de tragedias particulares. Sus héroes desde la Judith bíblica hasta Albrecht de Baviera, son expresiones de una personalidad que, tarde o temprano, debe someterse a un Todo, que no por ser legítimo deja de resultar oprobioso.

En 1862, Hebbel dio a conocer su versión de los Nibelungos, en paralelo a la tetralogía wagneriana. La tensión entre el mito nórdico y la historia germánica se palpaba en el aire: tras la Unión Aduanera, Prusia iba por la reunificación de Alemania y la “cuestión nacional” era el tema del momento. Cada voz pública debía opinar al respecto, y Hebbel se expresó como mejor sabía hacerlo: poetizando. Pero a la vez, un sombrío alemán del norte como él había encontrado solaz en la festiva Viena, y quizás por un breve tiempo vio atenuado su pesimismo esencial, que sin embargo nunca le impidió proseguir con una obra tensa y tenaz.

Wilhelm Richard Wagner (1813–1883) no necesita presentaciones. Polémico como pocos e inspirado como ninguno, empezó su carrera como un revolucionario pobre y anarquista, al lado de Bakunin (¡nada menos!), y acabó como un magnate rodeado de aristócratas, cual supremo sacerdote de un nuevo culto en el que se mezclaban sagas vikingas y ritos cristianos dentro de una sala de conciertos construida a pedido: el Teatro de Bayreuth. Contra toda posible intoxicación coyuntural, Wagner prescribió el mito intemporal, “verdadero en todo momento e inagotable en todas las épocas”, pero sólo tras haber conocido penurias y humillaciones que nutrieron en él un pesimismo heroico y altivo. Megalómano consecuente (a diferencia de tantos otros con delirios de grandeza y evidentes limitaciones productivas), se propuso renovar la ópera con formas líricas sorprendentes, y no contento con eso, al final de sus días se propuso renovar a la humanidad toda con su Parsifal… Pero sabiendo que le llegaba el fin, eligió perecer en el lugar más apropiado para su pompa: Venecia.

Karl Georg Büchner (1813- 1837) tuvo una vida tan corta como intensa. Si el mayor premio literario alemán hoy lleva su nombre, es más como simbólico homenaje a su compromiso avant la lettre que a su diezmada producción, que no obstante ha generado –y aún genera– más repercusión que la de cualquiera de sus colegas. Pues sucesivas generaciones se han identificado con su obra Woyzeck –que el tifus dejó inconclusa– interpretándola a veces en forma diametralmente opuesta. De la militancia y la acción directa, en una atolondrada rebelión que lo forzó al exilio, el joven Büchner pasó a la literatura como laboratorio de ideas. “La revolución es como Saturno: se come a sus propios hijos” es el dictum más célebre de su precoz y forzada maduración como hombre y como artista.

La consagración de estos tres maestros provino mayormente de los escenarios, esa cabeza de playa del arte burgués por sobre la vieja sociedad cortesana. Pero sus trayectorias revelan otro elemento que unió sus destinos: diversas circunstancias, más o menos voluntarias, los llevaron a morir fuera de su tierra natal. La coincidencia no deja de ser llamativa, aunque en verdad es un dato característico de los grandes genios del siglo XIX. Con la intuición de estar llamada a ser la madre de las potencias europeas, y con la dura realidad de un retraso económico y político que la rezagaba frente a los británicos y los franceses, Alemania no podía ofrecer entonces el suelo propicio para la consagración profesional de sus poetas más innovadores. Y hasta el día de hoy, ningún otro país ha atravesado los procesos demenciales y destructivos que Alemania recorrió en pos de su “identidad”, arrastrando en sus remolinos a sucesivas cosechas de genios. En 2013, finalmente, obligada por las exigencias del mercado cultural, tendrá que preguntarse si las comodidades burguesas que proporciona a los jóvenes talentos no los están asfixiando mortalmente. Y es que en cuestiones delicadas como el arte, para una nación siempre será difícil mantener un balance entre el rol de madre abandónica, madre castradora y madre sobreprotectora. “¿Pero dónde queda Alemania?”, se preguntó famosamente Schiller antes del 1800. A ciertas vocaciones quizá les convenga seguir tratando de resolver ese enigma

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