DOLORES PROPIOS Y AJENOS

A veces muerde, pinza, arde, aprieta, hormiguea, retuerce, tira … (Está en los huesos, los órganos, los músculos.)
A veces angustia, deprime, enoja, estresa, fatiga, molesta, desvitaliza, fastidia, mata toda alegría, apaga cualquier deseo… (Está en el pensamiento, la emoción, los sentimientos.)
A veces irrumpe violentamente, con toda su fuerza desplegada. Otras se va metiendo poquito a poco, insidiosamente, haciéndose cada día más ancho, o más hondo. A veces se sostiene idéntico a sí mismo, en un grado de intensidad constante, pareja. O sube y baja punzando en picos agudos y cediendo en alivios pasajeros.
A veces se aferra a un punto preciso del que no hay modo de espantarlo. O prefiere un estilo itinerante que viaja de abajo a arriba (del cóccix a las cervicales), de afuera a adentro (de la piel al hueso), de lo desconocido a lo conocido (de una pesadilla nocturna a la angustia matinal).
Siempre interfiere en nuestros proyectos de trabajo, estudio, ocio, amor. Siempre se interpone entre nosotros y los demás, alterando nuestros vínculos. Puede hacernos sentir y/o actuar como víctimas que reclaman consuelo, atención, trato especial. O como victimarios con derecho a rechazar de mal modo, recluirse con desagradecimiento, desentenderse del mal ajeno: ¿No ves que me duele?
O nos convierte en héroes y heroínas de la tolerancia, el esfuerzo pese a todo, titanes capaces de no doblegarse, de seguir adelante “sin una queja” .
La sabiduría popular ha dicho muchas veces: el dolor envilece y, en grados extremos, es probable que así sea.
Pero ¿qué sería de nuestra existencia sin la existencia del dolor? Podríamos andar por el mundo quemándonos con todos los cigarrillos encendidos. Tragándonos cualquier salsa y cualquier bronca hasta tener tres úlceras sin previo aviso. Abandonándonos los unos a los otros sin duelos ni abrazos de despedida. Forzando músculos y huesos hasta el desgarro y la fractura. Dejando crecer el hambre hasta la inanición, o la gula hasta la náusea.
Podemos interpretar el dolor como un castigo. Y puede que en algunas ocasiones lo sea. Pero también podemos interpretarlo como un mensaje y en eso no hay “a veces”. Siempre es un mensaje aunque no siempre sepamos o podamos interpretarlo. Un mensaje ¿de quién, de qué? ¿A quién, para qué? ¿Obvio, indescifrable? ¿Unico, múltiple?
El dolor abre un abanico de interrogantes que no sería útil cerrar apresuradamente con la primera respuesta tranquilizadora o la aspirina mas próxima. Ni ignorar su presencia enterrando la cabeza como el avestruz. Ni echar a correr en busca de otro mundo donde no se sienta el dolor, mientras lo acarreamos en la valija, en los bolsillos, entre las vértebras.
El dolor es una propuesta de cambio. ¿nos atrevemos a interrogarlo e interrogarnos?

El dolor del otro
“Cuando tu dolor es mayor que mi dolor, me siento un poco cruel“, decía Antonio Porchia en su libro Voces. Y decía también: “más llanto que llorar es ver llorar”. Y en un punto máximo de esta idea, podemos recordar las llamadas “torturas psicológicas” que se basan a veces en hacer presenciar a un torturado el sufrimiento de otra persona: padre, madre, hijo, compañero, o un desconocido. Hay quienes han testimoniado que esta situación podía experimentarse como más dolorosa que el propio dolor.
Pero el mismo ejemplo —doloroso ejemplo, valga la redun­dancia­­— nos habla al mismo tiempo de las dos caras de la moneda: nos habla de la presencia del torturador. La especie humana ha dado muestras de su infinita capacidad para transitar los extremos. Mujeres y hombres que han dedicado su vida –o su muerte– a la defensa de los otros. Médicos, enfermeras, pacifistas, misioneros… que se han ocupado exclusivamente de calmar el dolor ajeno. Bioquímicos, farmacéuticos, labora­toristas… que han investigado día y noche en busca de una anestesia, una vacuna, un antídoto. Gente que se arriesga generosamente en las guerras, en las epidemias, en los hospitales, en la lucha contra el SIDA, el hambre, la miseria.
Y, por otro lado, están los inventores y propaladores del dolor. Los que desatan las guerras, inventan armas mortíferas cada vez mas sofisticadas. Los que torturan. Los sádicos. Los que comercian y se enriquecen con el dolor ajeno cotizando más allá de toda lógica determinado saber médico, cirugías de alta complejidad, ciertas drogas “salvadoras”, aparatos sedantes o rehabilitadores, curaciones fingidamente sobrenaturales.
Están los violentos, los esposos golpeadores, las madres abandonantes. Están los voraces dispuestos a alimentarse mordiendo la salud, la sensibilidad, la vida de los demás.
Y están los masoquistas dispuestos a hacerles “el caldo gordo”.
Angeles y demonios, riquezas y miserias, virtudes y defectos, profundamente enraizados en la condición humana que nunca nos son completamente ajenos.
Al interesarnos en estos fenómenos, comenzamos a ver nuestra propia complejidad, nos dice Thomas Moore, psicoterapeuta especializado en psicología junguiana, mitología y arte. Generalmente registramos esa complejidad cuando nos sorprende inesperadamnte desde afuera, bajo la forma de una multitud de problemas y confusión. Con frecuencia, cuando una persona me habla con angustia acerca de algún problema en el que se encuentra, tengo la sensación de que lo que considera una situación inaguantable y dolorosa, es simplemente la complejidad de la vida humana que se manifiesta. Con frecuencia cuidarnos, significa no «tomar partido» cuando tenemos un conflicto en un nivel profundo. Puede que sea necesario ensanchar el corazón en la medida suficiente para abrazar la contradicción y la paradoja.
La historia del arte está llena de imágenes dolorosas, crucifixiones sangrientas, cuerpos retorcidos y deformados, escenas de muerte y destrucción, paisajes tenebrosos…
«A veces la desviación de lo habitual es una especial revelación de la verdad —continúa Moore—. Cuando la normalidad estalla o se disgrega en la locura o en la sombra, antes de correr para tratar de reestablecer el orden, bien podríamos observar de cerca cuál es el significado potencial de lo que está sucediendo.”
Una idea que vuelve a sugerir la opción de tomar la enfermedad, el dolor, como mensaje, es acercar nuestra atención a lo que expresa el trastorno. Observar, escuchar, percibir, reflexionar. A veces pasamos por alto, incluso los pedidos más simples y obvios de ese malestar. Por ejemplo ese cotidiano dolor de espalda que reclama apenas un poco más de descanso, o de rebeldía, de expresión de los conflictos, protesta…
Cuántas veces pedimos masajes, analgésicos, sedantes musculares, sesiones de relajación, yoga… para silenciar ese dolor que no expresa mas que un gigantesco cansancio, un constante estrés.
Cuantas veces recibimos integrantes de grupos de trabajo corporal, pacientes, alumnos, que traen ese mismo reclamo: ¡Que alguien me saque este dolor! Pero la frase está inconclusa. Falta admitir ¡este dolor que yo me provoco! Este dolor que no quiero aceptar como límite de mi omnipotencia.
¡Que otro me saque el dolor! porque yo no quiero parar, ni perder el tiempo descansando, ni reconocer y expresar mis emociones, ni hacerme cargo de que en mi vida se está haciendo indispensable un cambio. Y aquí mismo interrumpo este texto porque tengo un terrible dolor de hombro, y hace horas que estoy frente a la computadora, y me asalta otra frase de la «sabiduría popular”: consejos vendo, y para mí no tengo…

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