DOCENTES REALES PARA TIEMPOS REALES

De cuántos temas podríamos hablar!. Hoy, viernes 3 de junio festejamos la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, (viernes posterior al segundo domingo después de Pentecostés). Todo el mes, tan del agrado de la Iglesia, lo dedicamos a esta difundida devoción en nuestro país. Beneficiarios de ella han sido cada una de nuestras familias, nuestros hogares; nosotros mismos.
El mes de junio también nos remite a la Patria. Es el mes en que celebramos el nacimiento y la muerte del Gral. Manuel Belgrano y por supuesto, la creación de la insignia nacional, la que recordamos gozosamente el día en que Belgrano pasó a la casa del Padre.
Por ese motivo en este editorial vamos a dedicarnos a esta figura de nuestra tierra, concientes de no poder agotar en apenas un par de páginas, las que él escribió de forma admirable en la historia nacional.
En el libro parroquial de bautismos de la Iglesia Catedral de Buenos Aires, iniciado en el año de 1769 y concluido en 1775, se lee al final de la página 43: «En 4 de junio de 1770, el señor doctor don Juan Baltasar Maciel, canónigo magistral de esta santa iglesia Catedral, provisor y vicario general de este obispado, y abogado de las reales audiencias del Perú y Chile, bautizó, puso óleo y crisma a Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús, que nació ayer 3 del corriente: es hijo legítimo de don Domingo Belgrano Pérez y de doña Josefa González: fue padrino D. Julián Gregorio de Espinosa».
“Nació nuestro héroe, cuarenta años antes de la gran revolución que lo inmortalizó y a la que sirviera con abnegación ejemplar”.
”Manuel Belgrano fue el cuarto hijo de un matrimonio que tuvo ocho varones y tres mujeres. El padre, Domingo Belgrano y Peri, había llegado al Plata en 1751. Era genovés. En Buenos Aires prosperó; obtuvo la naturalización; se casó en 1757 con doña María Josefa González Casero -de antiguo arraigo en la ciudad-, y dio a su numerosa familia, una educación y una vida cómoda. Los hijos sirvieron al país en la milicia, en la administración o el sacerdocio, con dedicación y brillo”.
Es interesante recurrir a algunas crónicas históricas para que nos ubiquen más o menos en el cuadro en el que se desempeñaba la familia argentina en los albores de la independencia y en los pormenores que hicieron que muchos de estos hijos nativos, hijos de españoles o italianos (el papá de Belgrano era genovés), optaran por inclinarse hacia una tierra que desde allí en adelante trataría de arreglarse políticamente por sí misma.
La historia nos ha demostrado hasta en los días actuales, que aun nos cuesta arreglarnos solos. Y no sólo eso no hemos aprendido: tampoco sabemos proceder como el país federal que queremos constituir.
Tal vez el fruto fue cortado demasiado verde o tal vez sea un rasgo distintivo de nuestra manera de ser. Es probable que el aferrarse a la propia voluntad constituya un vicio de ricos, dado que el nuestro es un país que lo tiene todo…
Nos reconforta mucho leer desde esta clave -lo que somos simple y honestamente- la vida de algunos de nuestros padres, los próceres, que sobrellevaron en su propio cuerpo los sufrimientos de esta incipiente nación.
No lograron terminar lo que soñaron; más aun ni siquiera lograron terminar bien ellos mismos; quiero decir que no fueron bien reconocidos por sus compatriotas ni por su tiempo, muriendo en paz en el lugar conquistado con su sangre y abnegación, amados por los suyos, sus familias, amigos y conciudadanos. ¡Y así y todo no bajaron los brazos!
¿Tal vez será un estigma de nuestra Patria, el no terminar bien? ¿Serán todavía demasiado volátiles nuestros sentimientos de lealtad hacia personas e instituciones que queremos? ¿Nos faltará la fragua de la historia que hace que los hombres y las mujeres de una misma patria, se traten y se quieran como hermanos y no como enemigos?.
Puestos a leer o releer algo de historia no dejan de sorprender algunas coincidencias que surgen en la consideración de la historia de nuestros días, la que estamos viviendo en la actualidad.
La sucesión de enredos y deslealtades. Las luchas intestinas en el mismo seno de la patria naciente. La recriminación constante y subjetiva por actitudes de los otros, en la que en realidad subyace un deseo de propio protagonismo de quien se cree o piensa distinto y por supuesto genial. La dificultad para realizar acuerdos y mantenerlos dignamente.
En el caso de Belgrano, como en el de San Martín unos años después, tener que enfrentar los enemigos de afuera y de adentro. Desde afuera los enemigos de todos en varios frentes abiertos.
Desde adentro, aquellos que en lugar de ayudar contra los que trataban (tratan) de invadir el país, se encargaban (encargan) de molestar al que hacía (hace) algo, criticar sistemáticamente y hostigar y dividir ánimos y voluntades, alentados, claro está, con el fugaz triunfo de su lengua.
¡Qué difícil resultó para estos próceres, conseguir una cierta unidad interior en la patria! No digamos por justicia o caridad. Ni siquiera por intereses y beneficios claramente convenientes y distinguibles en ese tiempo.
Los opinólogos, verdaderamente, han sido una clase especial desde los primeros tiempos. Han constituido (y constituyen) una pesada carga, que la historia argentina aun no pudo resolver.
Las decisiones compulsivas han sido actitud nuestra desde los primeros tiempos, con el agravante de que en esos primeros tiempos se decidían vidas. O mejor, muertes. Y eran aprobadas por las Juntas o por los Triunviros o por la legislación imperante actual.
No hay nada que pueda extrañarnos a lo largo de nuestra historia porque los acontecimientos se han ido repitiendo uno a uno sistemáticamente y los que conocemos ahora no son más que los que vivieron hace un par de siglos los patriotas que con su vida iniciaron los cimientos de un lugar que lo querían libre y dispuesto a recibir toda persona que quisiera vivir en este suelo.
Y en esto sí encontramos continuidad. Prácticamente a nadie se ha negado la posibilidad de vivir en nuestra tierra si así lo deseaba. El mismo Belgrano, como hijo de esta patria, luego de sus estudios en Europa, regresó y fue recibido con los brazos abiertos. La patria lo amó y él se dejó llevar por esos afectos.
Y le tocó hacer cosas para las cuales no estaba preparado y lo hizo. Y lo hizo con fidelidad y abnegación, porque la Patria se lo demandaba. Hombre de fe heredada y asumida, dejó la vida en algo distinto para lo que se había preparado.
Desde Consudec y al amparo de esta significativa y fundante figura argentina los invitamos a dar otra vez estos pasos. Ayer fueron los próceres los mediadores de la unidad. Hoy tenemos los docentes. Ayer el Gral. Manuel Belgrano: un hombre real para un tiempo real. Hoy nos animamos y decimos: docentes reales para tiempos reales.
Hemos comenzado este editorial con la partida de nacimiento tomada de los libros de la Catedral. Para el próximo tendremos el gusto y el honor de compartir con ustedes su testamento.

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