Doble juego de culpa

Hay un género literario que consiste por lo esencial en informes de lectura. Desde las anotaciones talmúdicas que se resignaban a comentar el texto sagrado sabiendo que nunca alcanzarían a entender plenamente siquiera la primera página hasta las ufanas confesiones de hoy en día en las que novicios lectores de Proust y Montaigne cuentan al mundo sus epifanías, los practicantes de este género intentan exponer, en carne propia por así decirlo, qué cosa es el hecho literario. Cada lector es, in potentia, autor de una de estas crónicas; algunos (Chesterton leyendo a Dickens, Octavio Paz a Sor Juana, Ismaíl Kadaré a Dante) acaban componiendo obras que a su vez permitirían concebir nuevos textos. Adolfo Bioy Casares imaginó alguna vez una monstruosa cadena en la cual todas las artes participarían, comentándose las unas a las otras, y propuso erigir una estatua al compositor de una sinfonía basada en la pieza de teatro sugerida por las Coplas a la muerte de su padre.

‘El pensador’,’de Franz Kafka (ilustración del libro ‘Dibujos.Franz Kafka’. Sexto Piso)
Kafka se presta idealmente a tales ejercicios. “Leemos para hacer preguntas”, escribió alguna vez a un amigo. Al leerlo, tenemos la impresión de que esas preguntas están siempre más allá de nuestro entendimiento, prometiéndonos una respuesta no ahora sino quizás la próxima vez. Algo en su obra —algo inacabado, precisamente construido, abierto— nos permite aproximaciones, intuiciones, entresueños, nunca la comprensión cabal. En una escritura precisa y severa, en páginas obtenidas “con rabia”, dice, “a puñetazos”, Kafka nos plantea absolutas incertidumbres. Su estilo puede resumirse en su descripción de unos troncos en la nieve: “En apariencia yacen allí, lustrosos, y un pequeño empujón bastaría para echarlos a rodar. No, no podemos hacerlo, porque están firmemente arraigados al suelo. Pero ved, esto también es sólo apariencia”.

Pietro Citati, conocido por sus lecturas de Goethe y de Tolstói, ha decidido librarse a la exploración de tales apariencias. Tiene a su favor un íntimo conocimiento de la obra de Kafka y de su vida, un ojo de relojero para investigar la sutil mecánica de sus argumentos, una poco común habilidad para descubrir enlaces y correspondencias entre textos aparentemente muy distintos. Todo esto le permite discernir en la obra de Kafka una suerte de intuición teológica, un progresivo ascenso hacia un terrible dios que nos ofrece a la vez la dicha y la imposibilidad de gozarla. Para Kafka, dice con certeza Citati, en la fluida traducción de José Ramón Monreal, el Jardín del Edén “todavía existe, si bien vacío de nuestra presencia, y aún hoy está hecho para nosotros y destinado a servirnos”. Como la Ley ante cuyas puertas espera el protagonista de la fábula contada en El proceso, el Edén permanece abierto para nosotros hasta el momento de nuestra muerte. “Vivimos ahora, ya”, dice Citati parafraseando a Kafka, “en la eternidad. La eternidad no es algo que vaya a venir después, como afirman persas y cristianos. El mundo de la gracia, de lo que nos es dado, está ya presente. La gracia ya está aquí, como un apacible lago de luz. Por consiguiente, estamos salvados”.

Para Kafka, dice Citati, el Jardín del Edén “todavía existe, si bien vacío de nuestra presencia»
Esta feliz noción puede parecer exactamente opuesta a la del Kafka que conocemos, salvo que, agrega Citati, al mismo tiempo, esa salvación no nos salva. Según Kafka (cuenta Citati) Dios quería que comiésemos del fruto del árbol de la ciencia para poder expulsarnos del Edén y para impedirnos comer del fruto de la vida; por otra parte, Dios quería que comiésemos de ese fruto, puesto que sólo así nos volveríamos perfectos. Somos entonces culpables por haber comido un fruto y por no haber comido el otro. Para Kafka, dice Citati, “somos pecadores por parte doble”.

A través de este doble juego de culpa se desarrolla toda la obra de Kafka. Sus protagonistas humanos y animales, y quienes, como Gregor Samsa, pasan de la condición de uno a la del otro, son culpables sin serlo, por la sola razón de existir. Nadie sabe por qué crimen Josef K. en El proceso es condenado, ni por qué falta K. no podrá acceder nunca al Castillo. La culpa del prisionero en La colonia penitenciaria no puede ser conocida, ni siquiera por él mismo, salvo a través de la aguja que graba, con infinitos arrequives, el nombre de su innombrable pecado en la carne viva. Culpables sin conocimiento de causa, salvados sin acceso a la salvación, los seres humanos somos, para Kafka, encarnaciones modernas de Odiseo, cuyo obligatorio retorno es constantemente impedido por un caprichoso y persistente dios. Es famosa la respuesta que Kafka dio a su amigo Max Brod cuando éste, harto de tanta pesadumbre, lo increpó: “¡Pero si dices eso, entonces no hay esperanza!”. “Ah no”, le respondió Kafka con una sonrisa. “Esperanza hay, pero no para nosotros”. Bajo esa esperanza siempre ajena transcurren nuestros sufridos días y agónicas noches.

Con este libro, Citati agrega su nombre a los de otros ilustres lectores de Kafka
Cuenta Citati que, un año antes de su muerte, Kafka se encontró en Müritz con su hermana Elli y sus tres hijos pequeños. Uno de ellos tropezó y cayó al suelo. Los otros estuvieron a punto de reír cuando Kafka, para evitar que el niño se sintiera humillado por su torpeza, le dijo con un tono de gran admiración: “¡Qué bien te has caído, y qué maravillosamente te has levantado!”. Podemos imaginar que, toda su vida, caída tras caída, y sabiendo que la espera era en vano, Kafka esperó que Alguien le dijese esas palabras.

La vida de Kafka fue contada ya muchas veces; sus diarios y su correspondencia (aún vergonzosamente incompletos en traducción castellana) revelan a sus lectores innumerables facetas del imprescindible autor. Y sin embargo, a pesar de tales socorros, su obra sigue pareciéndonos inacabable, insondable. Con este libro, Citati agrega su nombre a los de otros ilustres lectores de Kafka (Brod, Borges, Marthe Robert, Ernst Pawel, Roberto Calasso) quienes intentaron aclarar y profundizar la lectura de sus libros. Afortunadamente, a pesar de la clara originalidad de estas exploraciones, tal como los comentadores talmúdicos a quienes Kafka tanto debe, nunca avanzamos más allá de su inconmensurable primera página.

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