Distintas formas de vivir en la calle

El conjunto de los denominados habitantes de la calle no remite sólo al estereotipo del varón solo y errante que vive en calles y plazas. Se ha vuelto una población más heterogénea y diversificada.

En los 90 y principios del siglo XXI, por las transformaciones que derivaron en una crisis estructural, aumentó la cantidad de personas que habitan el espacio público y cambió su composición: encontramos familias enteras, mujeres solas, desempleados de sectores medios, niños y jóvenes. Allí se identifican subgrupos. Uno de ellos proviene del encuentro de personas que atraviesan la misma situación y comparten su vida cotidiana creando “ranchadas”. Cada una se ubica en un lugar específico y comparte ciertos hábitos. Aquí se da un proceso de resocialización a partir de la internalización de ciertos códigos y reglas de la vida en la calle. Los miembros de este grupo consideran que el “habitar en la calle” forma parte de una elección personal.

Otro subgrupo es el de los que desarrollan una vida solitaria por la continua pérdida de apoyos sociales; llegan a vivir aislados y con un gran deterioro físico y mental.

El tercer tipo es el de los denominados “asistidos potenciados”, personas que, habitando en la calle, entablan un vínculo con los servicios sociales, públicos y privados, destinados a su atención. Concurren para recibir alguna prestación (alimentos, ropa, higiene o alojamiento) y en busca de “contención”. Procuran establecer vínculos cotidianos, ser escuchados, compartir tiempo con un otro, ser esperados y reconocidos por su nombre.

Este subgrupo rompe el estereotipo del solitario: fomenta vínculos sociales, intentando correrse del aislamiento y mantener vínculos con familiares y amigos. Trabajan y se relacionan con otros. Este sujeto “asistido” no quiere ser confundido con el “subgrupo de la calle”. Hay una resocialización vinculada al circuito asistencial y estos sujetos se tornan dependientes del servicio para lograr un lugar de interacción y pertenencia. Los servicios sociales pueden llegar a ser un “suplemento” de ligazón social, pero las sociabilidades que allí se generan son demasiado inconsistentes como para sostener un proyecto de integración. Los miembros de este subgrupo tienen una vida de relación, pero desde un rol degradado y frágil que los vuelve vulnerables.

En sus diversas realidades y tipologías, los habitantes de la calle cristalizan las deficiencias de las políticas en pos de la integración plena y el incumplimiento de sus derechos sociales.

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