Disputa por la recompensa del lenguaje

El neurólogo Paul Broca descubrió en el siglo xix una región cerebral cuyas lesiones conducen a la pérdida de la capacidad del habla. Su trabajo sirve de piedra angular para la localizació de funciones mentales del cerebro.

«Ofrezco 500 francos a aquel que me aporte un ejemplo de una lesión profunda en el lóbulo frontal del cerebro que no implique ninguna afectación en la capacidad del habla.» El médico Jean-Baptiste Bouillaud (1796-1881) propuso tal inusual desafío en 1848, después de un intenso debate en la Academia Real de Medicina de París. El desencadenante del desencuentro lo originó la suposición por parte de otro científico de que una lesión en el lóbulo frontal no tenía necesariamente que ir acompañada de una afasia. Ello pone de manifiesto la gran confusión que existía entre los neurólogos a mediados del siglo xix en torno una pregunta clave: ¿el lenguaje se localiza en zonas concretas del cerebro o concierne al encéfalo en su conjunto? Fruto de ese debate aparecieron «localizacionistas» y «globalistas» irreconciliables. Aunque parece que el médico francés Paul Broca (1824-1880) cerró la disputa alrededor de 1860, hoy sabemos que solo fue un punto y aparte.
No puede apreciarse el carácter ferviente de la discusión de por aquel entonces sin una mínima retrospectiva en la historia de la neurolingüística. En la Antigüedad, el médico griego Hipócrates (460-370 a.C.) hacía referencia a pacientes que habían perdido el habla. Galeno de Pérgamo (129-216 d.C., abreviado Galeno) incluso intentó, con un objetivo muy concreto, manipular la producción del lenguaje: para ello se sirvió de pacientes a los que seccionó los nervios que conectan con la laringe. La intervención paralizó la musculatura; a los afectados les falló la voz. Puesto que esos nervios procedían del cerebro, Galeno estimó que la capacidad de producir sonidos provenía de allí.

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