Discutían…

En una blancura hermosa, especial, se produjo lo que para muchos es una simple anécdota o algo secundario: el anticipo de lo que va a ser y ya está siendo, de la resurrección.
Y los discípulos, como siempre, como nosotros hoy, sin enterarse de mucho. Estaban a gusto y querían quedarse, sin entender que había que bajar de la montaña.
Toda la historia de la salvación desplegada ante sus ojos atónitos y sus pupilas estremecidas, ante sus oídos incrédulos y acomodaticios. Palabras importantes que se fueron perdiendo, diálogo olvidado entre la Ley y los Profetas con la Ley del amor y el Gran Profeta. Palabras del Padre que caen en saco roto o en odres viejos que se rompen porque no pueden contener ese vino de novedad absoluta.
Y el triste resumen de esos amigos, con el corazón todavía lleno de disfrute: discutían que querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.
Otra discusión más como la de quién se sentaría a derecha o a izquierda, o como el empeño en negar la negación que ya se estaba fraguando, o el pensar (como Pedro) que el Mesías no podía acabar así cuando lo había escuchado de la boca del mismo Jesús (Tú no piensas como Dios)
Y lo vivido anticipadamente en ese diálogo blanco queda relegado a la mera anécdota, olvidado por las preocupaciones del bajar de la montaña, anhelado siempre lo que podía haber sido y no fue.
Y no se dieron cuenta, no nos damos cuenta, que ya estamos resucitados en cierto modo. Que lo que va a ser no es una ruptura absoluta con lo que estamos siendo. Que no se trata de instantes finales decisivos sino de vida que se va desarrollando y germinando en el ya de esta historia claro-oscura que transitamos. Que no hay pruebas irrefutables, pero que sí hay testimonios existenciales que nos recuerdan que es cierto que cada día, como dice el himno, estamos recién resucitados y plenos en Su plenitud.
No discutamos (con los otros, con nosotros mismos, con Dios), vivamos lo que ya nos va siendo entregado: en ese diálogo blanco del que ya formamos parte para siempre

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