Dios no vuelva a permitir otro Auschwitz

Benedicto XVI dejó esta tarde el Palacio Arzobispal de Cracovia para trasladarse al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, la última etapa de su viaje apostólico.

El Papa atravesó a pie la puerta de Auschwitz donde campean las palabras que acogían a los deportados «Arbeit macht frei» (El trabajo hace libres) y fue recibido por el director del museo de Auschwitz y otras autoridades civiles y religiosas. Después se dirigió al Patio de la Muerte, donde le esperaban algunos ex-prisioneros y más tarde a la celda donde murió san Maximilian Kolbe, en el sótano del bloque 11.

A continuación se desplazó en automóvil al Centro de Diálogo y Oración, una institución católica creada cerca del campo de concentración, donde bendijo las instalaciones. Finalizada la visita recorrió en coche los tres kilómetros que llevan al campo de Birkenau. Una vez llegado allí, el Papa se detuvo en primer lugar ante el monumento con las 22 lápidas, símbolo del Holocausto, que recuerdan a todas las víctimas de los campos de Auschwitz-Birkenau, y departió unos momentos con los representantes de otras religiones y un grupo de supervivientes al exterminio de diversas nacionalidades.

El Papa rezó por las víctimas y escuchó el kaddish de duelo, antes de pronunciar su discurso.

«Tomar la palabra en este lugar de horror, de crímenes acumulados contra Dios y contra el hombre sin parangón en la historia, es casi imposible, y es particularmente difícil y angustioso para un cristiano, para un Papa que procede de Alemania», dijo Benedicto XVI.

«En un lugar como éste faltan las palabras; en el fondo sólo hay espacio para un silencio desamparado, un silencio que es un grito interior hacia Dios: Señor ¿por qué callaste? ¿Por qué has podido tolerar todo esto? En esta actitud de silencio, nos inclinamos profundamente (…) ante la inmensa multitud de cuantos aquí sufrieron y fueron sentenciados a muerte; sin embargo, este silencio se transforma en una petición en voz alta de perdón y de reconciliación, un grito al Dios vivo para que no permita jamás algo similar».

El Papa recordó la visita de Juan Pablo II, «como hijo de aquel pueblo que junto al pueblo judío sufrió tanto en estos lugares y en el curso de la guerra». «Seis millones de polacos perdieron la vida durante la segunda guerra mundial, la quinta parte de la población», recordó entonces Juan Pablo II, y desde aquí «lanzó el solemne llamamiento al respeto de los derechos del ser humano y de las naciones».

«Juan Pablo II estuvo aquí como hijo del pueblo polaco», dijo Benedicto XVI. «Yo estoy hoy aquí como hijo del pueblo alemán, y precisamente por este motivo debo decir y puedo decir como él: No podía dejar de venir aquí. Tenía que venir. Era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de quienes sufrieron, un deber ante Dios, el venir aquí como sucesor de Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán, hijo de ese pueblo sobre el que tomó el poder un grupo de criminales con promesas engañosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación y su importancia, con expectativas de bienestar e incluso con la fuerza del terror y la intimidación, de forma que de nuestro pueblo se pudiera usar y abusar como instrumento de su delirio de destrucción y dominio».

«¡Cuántas preguntas surgen en estos lugares!», exclamó el Papa. «De nuevo nos preguntamos: ¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Cómo pudo tolerar (…) este triunfo del mal? (…) Vienen a nuestra mente las palabras del Salmo 44; (…) ese grito de angustia que el Israel que sufre eleva a Dios en los períodos de angustia extrema, y que es al mismo tiempo el grito de ayuda de todos aquellos que en el curso de la historia (…) sufren por amor de Dios, por amor de la verdad y del bien».

«No podemos escrutar el secreto de Dios, sólo vemos fragmentos y nos equivocamos cuando nos queremos convertir en jueces de Dios y de la historia. (…) No, en definitiva debemos seguir con nuestro humilde e insistente grito hacia El: ¡Despierta! ¡No te olvides de tu criatura, el ser humano! ».

«Gritemos a Dios en este momento cuando parecen surgir nuevamente en los corazones de los hombres todas las fuerzas oscuras: por una parte, el abuso del nombre de Dios para justificar una violencia ciega contra personas inocentes; y por otra, el cinismo que no reconoce a Dios y que escarnece la fe en Él».

«El lugar donde nos encontramos es un lugar de la memoria, es el lugar de la Shoah. El pasado no es nunca pasado. Nos indica los caminos que debemos y los que no debemos tomar. (…) Algunas lápidas nos invitan a una conmemoración particular. (…) Hay una en lengua judía. Los potentes del Tercer Reich querían aplastar al pueblo judío en su totalidad, eliminarlo del número de los pueblos de la tierra. (…) Si este pueblo con su existencia constituye un testimonio del Dios que habla al ser humano y se hace cargo de él, entonces ese Dios debía finalmente morir y su dominio pertenecer sólo al ser humano, a aquellos que creían ser fuertes y que habían sabido hacerse dueños del mundo».

«También está la lápida en lengua polaca: en una primera fase se quería eliminar la élite cultural y cancelar así al pueblo como sujeto histórico autónomo para rebajarlo en la medida en que seguía existiendo, a un pueblo de esclavos. Otra lápida es (…) la escrita en la lengua de los sinti y rom. Aquí se quería hacer desaparecer a todo un pueblo, (…) incluido entre los elementos inútiles de la historia universal, mediante una ideología en la que contaba solamente la utilidad que se puede medir. (…) La lápida en ruso, que evoca el inmenso número de vidas sacrificadas entre los soldados rusos durante el enfrentamiento con el régimen del terror nacionalsocialista, nos hace reflexionar también sobre el doble significado trágico de su misión: liberar a los pueblos de una dictadura, debía servir para someter a aquellos pueblos a otra dictadura, la de (..) la ideología comunista. (…) Las lápidas en alemán (…) nos recuerdan que los alemanes que venían a Auschwitz-Birkenau eran considerados las heces de la nación».

«Sí -concluyó el Papa-, tras estas lápidas se esconde el destino de innumerables seres humanos que sacuden nuestra memoria y nuestro corazón. No quieren provocar nuestro odio: al contrario nos demuestran lo terrible que es la acción del odio. Quieren llevar a la razón a reconocer el mal como mal y a rechazarlo; quieren suscitar en nosotros el valor del bien, de la resistencia contra el mal. Quieren llevarnos a los sentimientos que se manifiestan en las palabras que Sófocles pone en los labios de Antígona frente al horror que la circunda: «Estoy aquí no para odiar junto a ti sino para amar junto a ti».

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