Diarios de bicisenda

Las soluciones simples son las más efectivas. La bicicleta es un buen ejemplo de esto: mientras urbanistas y políticos ensayaban durante años megaproyectos revolucionarios para resolver el problema del transporte y polución en las grandes ciudades (autos voladores como los de Los Supersónicos e infinitas autopistas) la respuesta pasaba diariamente frente a sus ojos. Ecológica, económica y práctica, la bicicleta se transformó en una de las principales alternativas de transporte urbano en el mundo. La ciudad de Buenos Aires se sumó a esta tendencia, y hoy en día cuenta con una red de ciclovías y bicisendas en pleno desarrollo, y un sistema de bicicletas públicas. Sin embargo, como suele suceder, lo más interesante no es lo que señala el discurso oficial, sino los efectos sutiles que estos cambios tienen en los usos y costumbres de los habitantes.

1. El flâneur rodante 
Sin quererlo, David Byrne, el líder de los míticos Talking Heads, revitalizó la imagen del flâneur con Diarios de bicicleta , un libro que recoge sus experiencias cicilísticas en diversas ciudades del globo, incluida Buenos Aires. La capital es una ciudad amena para aquellos que se dejan cautivar por la belleza de un paseo incierto, observar el entorno e interrogarse por la naturaleza cambiante de la urbe. La bicicleta es una buena opción para el flâneur porteño, ya que puede sin mucho esfuerzo unir puntos disímiles como Caminito y El Rosedal, detenerse en el Museo de Ciencias Naturales de Parque Centenario, o atravesar el Centro por la calle Suipacha y después sumergirse en multiculturalismo de Once.

2.Desestresándonos 
Es cierto que andar en bicicleta ayuda a prevenir problemas cardíacos y físicos en general, pero sin dudas su mayor beneficio es en el plano de la salud mental. Al ciclista no le importa llegar sudado al trabajo ni que se le engrasen los pantalones nuevos con la cadena, cualquier cosa es mejor que volver a sufrir el transporte público o quedar atascado en un embotellamiento. La clave está en la autonomía que brinda movilizarse en bicicleta, una buena cura para la neurosis cotidiana que acompaña la ida y la vuelta al trabajo. Los traumatólogos podrán quejarse porque cada vez tienen más trabajo, pero peor la pasan los psiquiatras, a los que el ciclismo les saca pacientes.

3. Un paseo no tan idílico 
A pesar de este gran avance, recorrer la ciudad en bicicleta todavía entraña sus riesgos y desafíos. Los bloques amarillos delimitan el carril preferencial físicamente, pero culturalmente no representan ninguna barrera. Profundos baches, peatones irresponsables, autos mal estacionados, motociclistas que invaden impávidos los carriles y vecinos que llevan a sus perros a hacer sus necesidades, son algunos de los obstáculos que deben sortear cotidianamente los ciclistas porteños. Hay quienes recomiendan vivir el ciclismo de forma zen; malas noticias para ellos, Buenos Aires no es Amsterdam ni Copenhague, sino prueben atravesar el barrio de Once un miércoles a las cinco de la tarde por la ciclovía de Perón. Bajar la guardia sólo está permitido en las bicisendas recreativas de los bosques de Palermo, para transitar por el resto de la ciudad es necesario tener los reflejos de Bruce Lee y la paciencia de un monje budista.

4. Redescubrir el espacio urbano 
A diferencia del usuario de transporte público o del automovilista, el ciclista urbano no puede abstraerse ni un poco de su entorno ya que para llegar a su destino en tiempo y forma está obligado a interpretar las señales que emite la calle. Es este mayor nivel de interacción con la ciudad, lo que a su vez lo vuelve un testigo privilegiado de los contrastes y particularidades de Buenos Aires. El andar en bicicleta diariamente lleva a redescubrir la metrópoli y, muchas veces, a reflexionar, porque una misma ciclovía puede significar tanto esquivar los carros de los recuperadores urbanos, como recibir el impacto de la estela del perfume importado de una chica vestida a la moda. Además, conlleva nuevas formas de relacionarse y percibir al otro: quien anda en bicicleta asiduamente va aprendiendo los códigos implícitos de la bicisenda, y hasta toma más conciencia de la necesidad de respetar las normas de convivencia.

5. Una cuestión de actitud 
La comunidad ciclística de la ciudad alberga a una fauna variopinta e interesante. Están los “modernos” que montan elegantes fixed bikes (un modelo con piñón fijo que es furor en todo el mundo). Las chicas “hippies” que van relajadas en sus viejas bicicletas de paseo o en diminutas Auroritas restauradas, a las que les agregan –fijándolo al portaequipajes– el típico cajón de plástico del reparto de la leche. También vale mencionar a los vanguardistas, aquellos que conciben a la bicicleta como un verdadero objeto de arte, y son capaces de andar semirecostados al ras del piso en una incómoda playera modificada o pedalear a un metro y medio del suelo desde lo alto de una estructura de fierros. Por último, están los “bicimilitantes”, fundamentalistas de la bicicleta y defensores acérrimos de los derechos del ciclista siempre dispuestos a discutir con automovilistas y peatones imprudentes.

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