Diario de un hombre pusilánime

Con una prosa limpia y contundente, Martín Kohan construye en “Bahía Blanca” una trama calculada y un personaje misterioso que necesita escapar hacia una ciudad “yeta”.

POR MAXIMILIANO CRESPI

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Diario de un hombre pusilánime
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En los albores del siglo pasado, el díscolo escritor socialista Manuel Baldomero Ugarte escribió con acierto que sólo hay tres modos genuinos de conocer una ciudad: perdiéndose en sus calles, emborrachándose en sus bares o besando a sus mujeres. La ocurrencia de Ugarte señalaba la condición de un acercamiento franco a un territorio a través del encuentro con el cuerpo, el lenguaje y la mirada de sus habitantes.

Mario Novoa, el personaje central de Bahía Blanc a, la última novela de Martín Kohan, no hace nada de eso. No necesita hacerlo. No quiere conocerla. No está llegando a ella por curiosidad: está huyendo de otra, como si abandonara su propia vida. La toma sólo en sus lugares comunes, corrobora con detalles lo que ha oído y no los pone nunca en discusión. Es por eso que a lo largo de un centenar de páginas de una lentitud casi soporífera, casi exentas de trama y –en apariencia– carentes de sentido, el narrador avanza sobre un entramado de clichés y lugares comunes que hacen al mito cristalizado de una ciudad signada por su negatividad (y cuyos estigmas que siempre “terminan por verificarse”): Bahía Blanca, ciudad yeta, militarista, clericalista, retrógrada, ingrata, resignada, desértica.

No hay nada de malo en eso: finalmente, es literatura. El problema no es que esa ciudad exista o no, sino que no es verosímil. En una ficción como la de Kohan, que aspira a resolverse en un registro realista, una ciudad construida sin la mella de lo contingente hace un ruido extraño, puesto que (lógicamente) en ella todo se vuelve necesario o imposible. Esta Bahía Blanca no es pues una ciudad concreta; es una ciudad imposible y, por ello mismo, necesaria: un espacio en blanco y, a la vez, un señuelo.

Perdido en un imaginario hipotecado por la estereotipia, su personaje principal traza su propia consistencia sobre la figuración trillada del “investigador universitario” que aprovecha la escapada para hacer lo que mejor le sale: perder el tiempo. El diario de este personaje patético y pusilánime no sólo insiste en la canallada de mostrarlo negando su deseo, sino que además lo expone una y otra vez al ridículo de la tontería. No sólo porque lo hace confesar, por ejemplo, que desearía que el calefón del lugar que habita se prenda fuego para ver fluir sus pensamientos en otra dirección; sino por el hecho de obligarlo a dejar constancia escrita o mental de su propia tontería en ese diario.

Sin embargo, al final de esa estancia en una ciudad tan inverosímil y tan necesaria como los sueños y el sinsentido que lo asedian en ella, un encuentro casual (que Novoa juzga como el principio del desastre) quiebra el tiempo del relato y presenta los pormenores de la historia de amor que cuya negación sistemática fueron las páginas precedentes. La trama se desencadena en función de una confesión. El personaje deja ver, como revés de trama de su letargo impasible y transparente, un secreto oscuro y borrado durante todas esas páginas.

En función de ello, muchos de los detalles narrados cobran significación. Los apuntes sueltos sobre el Paganini de Martínez Estrada, los diálogos con los catequistas, la teorización improvisada sobre el abandono en el boxeo y la lectura a contrapelo de Crimen y castigo vienen a añadir capas de sentido, ya sobre la configuración psicológica del personaje, ya sobre el modo en que se representa su propia historia. Pero el final no se precipita ni se vuelve predecible. Nace de otro encuentro: una ficción calculada por el propio Novoa y sobre la que sólo imagina augurios positivos. Como alguna vez Charles Darwin y Florentino Ameghino, el personaje de Kohan lleva su historia a un grado cero donde el comienzo se encuentra con su propia ficción.

Escrita en una prosa limpia y contundente, la novela de Kohan es también una ficción calculada. En primer lugar, porque sus momentos más intensos coinciden con el pulso mismo de la trama: son aquellos en que un contrapunto vertiginoso de imágenes y relato se suceden vertiginosamente o aquellos donde la trama avanza en un relato indirecto de un diálogo eventual. En segundo lugar, porque desde la elección misma del título de la novela, Kohan aprovecha para cifrar una serie de saberes, afinidades electivas y rechazos. Su personaje (pese a su aparente desaire) no sólo da cuenta de un conocimiento cabal de la obra de Martínez Estrada, también encuentra los libros que busca en la imaginaria Librería Sagasti, y aún confiesa que a su juicio es bahiense tanto “el mejor escritor argentino” (Héctor Libertella) como también lo es “el peor”, a quien deliberadamente se cuida de no mencionar.

Bahía Blanca no es –muy a pesar de los deseos de su contratapa– la mejor novela de Kohan. No tiene ni el brillo ni la ironía corrosiva de El museo de la revolución . Tampoco tiene la capacidad de impacto de Dos veces junio y claramente carece de la cohesión estilística de Ciencias morales . Sin embargo, aun así supone de la apuesta importante en el proyecto literario de Kohan. La ficción no aparece aquí ya ligada a la indagación moral y la pedagogía progresista que suele teñir a algunos de sus textos anteriores. En este sentido es, sin dudas, una apuesta importante: en favor del deseo y en desencuentro con algo que empieza a tomar la fuerza de una demanda en el mercado de la literatura contemporánea. Es pues, de algún modo, también una suerte de grado cero que puede dar lugar al principio de un final o ser el motivo de un nuevo comienzo.

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