Día de la entrega del Decálogo

 

Parashá Jetró / Sección Jetró
 
 
Éxodo 18-20
 
 
18 Jetró, el sacerdote de Madián y suegro de Moisés, supo todo lo que Dios había hecho por Moisés y por su pueblo Israel, y supo también que el Señor los había sacado de Egipto. Moisés había despedido a su esposa Séfora, y Jetró la había recibido a ella y a sus dos hijos. Uno de éstos se llamaba Guersón, porque Moisés había dicho: «He sido un extranjero en tierra extraña», y el otro se llamaba Eliézer, porque había dicho: «El Dios de mi padre vino en mi ayuda, y me salvó de la espada del faraón.»
 
Moisés había acampado en el desierto, junto al monte de Dios, y allá fue Jetró, acompañado por la esposa y los hijos de Moisés. Y le dijo a Moisés:
 
—Yo, tu suegro Jetró, he venido a verte, junto con tu esposa y sus dos hijos.
 
Moisés salió a recibir a su suegro. Se inclinó delante de él y lo besó; y después de saludarse entraron en la tienda de campaña. Allí Moisés le contó a su suegro todo lo que el Señor les había hecho al faraón y a los egipcios en favor de Israel, todas las dificultades que habían tenido en el camino, y la forma en que el Señor los había salvado.
 
Jetró se alegró por la mucha bondad que Dios había mostrado a los israelitas al salvarlos del poder de los egipcios, 10 y dijo:
 
—Bendito sea el Señor, que los ha librado a ustedes, pueblo de Israel, del poder del faraón y de los egipcios; que los ha librado del poder opresor11 y de la insolencia con que ellos los trataron. Ahora estoy convencido de que el Señor es más grande que todos los dioses.
 
12 Jetró tomó un animal para quemarlo en honor de Dios, y también otras ofrendas. Luego Aarón y todos los ancianos de Israel fueron a comer con el suegro de Moisés, en presencia de Dios.
 
Moisés nombra otros jueces
 
13 Al día siguiente Moisés se sentó para resolver los pleitos de los israelitas, los cuales acudían a él desde la mañana hasta la tarde. 14 Al ver el trabajo que Moisés se tomaba, su suegro le dijo:
 
—¿Por qué te tomas todo ese trabajo? La gente acude a ti desde la mañana hasta la tarde. ¿Por qué te dedicas a atenderlos tú solo?
 
15 Y Moisés le contestó:
 
—Es que el pueblo viene a verme para consultar a Dios. 16 Cuando tienen dificultades entre ellos, vienen a verme para que yo decida quién es el que tiene la razón; entonces yo les hago saber las leyes y enseñanzas de Dios.
 
17 Pero su suegro Jetró le advirtió:
 
—No está bien lo que haces, 18 pues te cansas tú y se cansa la gente que está contigo. La tarea sobrepasa tus fuerzas, y tú solo no vas a poder realizarla. 19 Escucha bien el consejo que te voy a dar, y que Dios te ayude. Tú debes presentarte ante Dios en lugar del pueblo, y presentarle esos problemas. 20 A ellos, instrúyelos en las leyes y enseñanzas, y hazles saber cómo deben vivir y qué deben hacer. 21 Por lo que a ti toca, escoge entre el pueblo hombres capaces, que tengan temor de Dios y que sean sinceros, hombres que no busquen ganancias mal habidas, y a unos dales autoridad sobre grupos de mil personas, a otros sobre grupos de cien, a otros sobre grupos de cincuenta y a otros sobre grupos de diez.22 Ellos dictarán sentencia entre el pueblo en todo momento; los problemas grandes te los traerán a ti, y los problemas pequeños los atenderán ellos. Así te quitarás ese peso de encima, y ellos te ayudarán a llevarlo. 23 Si pones esto en práctica, y si Dios así te lo ordena, podrás resistir; la gente, por su parte, se irá feliz a su casa.
 
24 Moisés le hizo caso a su suegro y puso en práctica todo lo que le había dicho: 25 escogió a los hombres más capaces de Israel, y les dio autoridad sobre grupos de mil personas, de cien, de cincuenta y de diez. 26 Ellos dictaban sentencia entre el pueblo en todo momento; los problemas difíciles se los llevaban a Moisés, pero todos los problemas de menor importancia los resolvían ellos mismos. 27 Después Moisés y su suegro se despidieron, y su suegro regresó a su país.
 
 
19 Los israelitas llegaron al desierto del Sinaí al tercer mes de haber salido de Egipto. Después de salir de Refidim, llegaron al desierto del Sinaí y acamparon allí mismo, frente al monte. Allí Moisés subió a encontrarse con Dios, pues el Señor lo llamó desde el monte y le dijo:
 
—Anúnciales estas mismas palabras a los descendientes de Jacob, a los israelitas: “Ustedes han visto lo que yo hice con los egipcios, y cómo los he traído a ustedes a donde yo estoy, como si vinieran sobre las alas de un águila. Así que, si ustedes me obedecen en todo y cumplen mi alianza, serán mi pueblo preferido entre todos los pueblos, pues toda la tierra me pertenece. Ustedes me serán un reino de sacerdotes, un pueblo consagrado a mí.” Diles todo esto a los israelitas.
 
Moisés fue y llamó a los ancianos del pueblo, y les expuso todo lo que el Señor le había ordenado. Entonces los israelitas contestaron a una voz:
 
—Haremos todo lo que el Señor ha ordenado.
 
Moisés llevó entonces al Señor la respuesta del pueblo, y el Señor le dijo:
 
—Mira, voy a presentarme ante ti en medio de una nube espesa, para que la gente me oiga hablar contigo y así tengan siempre confianza en ti.
 
Moisés le repitió al Señor la respuesta del pueblo, 10 y el Señor le dijo:
 
—Ve y prepara al pueblo hoy y mañana para que me rinda culto. Deben lavarse la ropa 11 y prepararse para pasado mañana, porque pasado mañana bajaré yo, el Señor, al monte Sinaí, a la vista de todo el pueblo. 12 Pon límites alrededor del monte para que la gente no pase, y diles que respeten el monte y que no suban a él ni se acerquen a sus alrededores, porque todo el que se acerque será condenado a muerte. 13 Pero nadie debe ponerle la mano encima, sino que tendrán que matarlo a pedradas o a flechazos. No importa si es un hombre o un animal, no se le deberá dejar con vida. La gente podrá subir al monte sólo cuando se oiga el toque del cuerno de carnero.
 
14 Moisés bajó del monte a preparar al pueblo para que rindiera culto a Dios. La gente se lavó la ropa, 15 y Moisés les dijo:
 
—Prepárense para pasado mañana, y mientras tanto no tengan relaciones sexuales.
 
16 Al amanecer del tercer día hubo relámpagos y truenos, y una espesa nube se posó sobre el monte. Un fuerte sonido de trompetas hizo que todos en el campamento temblaran de miedo. 17 Entonces Moisés llevó al pueblo fuera del campamento para encontrarse con Dios, y se detuvieron al pie del monte. 18 Todo el monte Sinaí echaba humo debido a que el Señor había bajado a él en medio de fuego. El humo subía como de un horno, y todo el monte temblaba violentamente. 19 El sonido de trompetas fue haciéndose cada vez más fuerte; Moisés hablaba, y Dios le contestaba con voz de trueno.
 
20 El Señor bajó a la parte más alta del monte Sinaí, y le pidió a Moisés que subiera a ese mismo lugar. Moisés subió, 21 y el Señor le dijo:
 
—Baja y adviértele a la gente que no pase del límite ni trate de verme, no sea que muchos de ellos caigan muertos. 22 Aun los sacerdotes, que pueden acercarse a mí, deberán purificarse, no sea que yo haga destrozos entre ellos.
 
23 Moisés le contestó al Señor:
 
—El pueblo no se atreverá a subir a este monte Sinaí, pues tú nos ordenaste ponerle un límite y declararlo sagrado.
 
24 Pero el Señor le dijo:
 
—Anda, baja; después subirás con Aarón. Pero los sacerdotes y el pueblo no deben pasar del límite para subir a donde yo estoy, no sea que yo haga destrozos entre ellos.
 
25 Moisés bajó y repitió esto a los israelitas.
 
 
20 Dios habló, y dijo todas estas palabras:
 
 
  • Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, donde eras esclavo. No tendrás otros dioses aparte de mí.
  • No te harás imágenes talladas ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en el mar debajo de la tierra. No te inclinaras delante de ellos ni les rindieras culto, porque yo soy el Señor tu Dios, Dios celoso que castiga la maldad de los padres que me odian, en sus hijos, nietos y bisnietos;pero que trato con amor por mil generaciones a los que me aman y cumplen mis mandamientos.
  • No harás mal uso del nombre del Señor tu Dios, pues él no dejará sin castigo al que use mal su nombre.
  • Recordarás el sábado, para consagrarlo al Señor. Trabajaras seis días y haz en ellos todo lo que tengas que hacer,pero el séptimo día es de reposo consagrado al Señor tu Dios. No harás ningún trabajo en ese día, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni el extranjero que viva contigo. Porque el Señor hizo en seis días el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y descansó el día séptimo. Por eso el Señor bendijo el sábado y lo declaró día sagrado.
  • Honrarás a tu padre y a tu madre, para que vivas una larga vida en la tierra que te da el Señor tu Dios.
  • No asesinarás.
  • No cometerás adulterio.
  • No robarás.
  • No dirás mentiras en perjuicio de tu prójimo.
  • No codiciarás la casa de tu prójimo: no codiciarás su mujer, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que le pertenezca.
    18 Todos los israelitas fueron testigos de los truenos y relámpagos, del sonido de trompetas y del monte envuelto en humo; pero tenían miedo y se mantenían alejados. 19 Así que le dijeron a Moisés:
    —Háblanos tú, y obedeceremos; pero que no nos hable Dios, no sea que muramos.
    20 Y Moisés les contestó:
    —No tengan miedo. Dios ha venido para ponerlos a prueba y para que siempre sientan temor de él, a fin de que no pequen.
    21 Y mientras el pueblo se mantenía alejado, Moisés se acercó a la nube oscura en la que estaba Dios.
    22 El Señor le dijo a Moisés:
    «Di lo siguiente a los israelitas: “Ya ustedes han visto que he hablado desde el cielo con ustedes. 23 No hagan ídolos de oro o plata para adorarlos como a mí. 24 Háganme un altar de tierra, y ofrézcanme en él los animales de sus rebaños y ganados como holocaustos y sacrificios de reconciliación. Yo vendré y los bendeciré en cada lugar en el que yo quiera que se recuerde mi nombre. 25 Y si me hacen un altar de piedras, que no sea de piedras labradas, porque al labrar la piedra con herramientas se la hace indigna de un altar. 26 Y mi altar no debe tener escalones, para que al subir ustedes no muestren la parte desnuda del cuerpo.”
     
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Haftará Jetró
 
 
Isaías 6:1-13
 
 
El año en que murió el rey Ozías, vi al Señor sentado en un trono muy alto; el borde de su manto llenaba el templo. Unos seres como de fuego estaban por encima de él. Cada uno tenía seis alas. Con dos alas se cubrían la cara, con otras dos se cubrían la parte inferior del cuerpo y con las otras dos volaban. Y se decían el uno al otro:
 
Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria.
 
Al resonar esta voz, las puertas del templo temblaron, y el templo mismo se llenó de humo. Y pensé: ¡Ay de mí, voy a morir! He visto con mis ojos al Rey, al Señor todopoderoso; yo, que soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros.
 
En ese momento uno de aquellos seres como de fuego voló hacia mí. Con unas tenazas sostenía una brasa que había tomado de encima del altar, y tocándome con ella la boca, me dijo:
 
Mira, esta brasa ha tocado tus labios. Tu maldad te ha sido quitada, tus culpas te han sido perdonadas.
 
Entonces oí la voz del Señor, que decía:
 
¿A quién voy a enviar? ¿Quién será nuestro mensajero?
 
Yo respondí:
 
Aquí estoy yo, envíame a mí.
 
Y él me dijo:
 
Anda y dile a este pueblo lo siguiente:
 
“Por más que escuchen, no entenderán; por más que miren, no comprenderán.”
 
Entorpece la mente de este pueblo; tápales los oídos y cúbreles los ojos para que no puedan ver ni oír, ni puedan entender, para que no se vuelvan a mí y yo no los sane.
 
Yo le pregunté:
 
¿Cuánto tiempo durará esto, Señor?
 
Y él me contestó:
 
Hasta que las ciudades queden destruidas y sin ningún habitante; hasta que las casas queden sin gente, y los campos desiertos, y el Señor haga salir desterrada a la gente, y el país quede completamente vacío. Y si aún queda una décima parte del pueblo, también será destruida, como cuando se corta un roble o una encina y sólo queda el tronco. Pero de ese tronco saldrá un retoño sagrado.
 
 
Sefaradim y Jabad, concluyen aquí – Askenashim continúan
 
 
Isaías 7:1-6; 9:5-6
 
 
El rey de Siria, Resín, y el rey de Israel, Pécah, hijo de Remalías, atacaron a Jerusalén y quisieron conquistarla, pero no pudieron. Esto sucedió cuando Ahaz, hijo de Jotam y nieto de Ozías, era rey de Judá. En esa ocasión llevaron esta noticia al rey Ahaz y a su familia: Los sirios se han aliado con Efraín. El rey y el pueblo empezaron a temblar como tiemblan los árboles del bosque cuando sopla el viento.
 
Entonces el Señor dijo a Isaías: Toma a tu hijo Sear-iasub y ve a encontrarte con el rey Ahaz en el extremo del canal del estanque superior, en el camino que va al campo del Lavador de Paños, y dile:
 
“Ten cuidado, pero no te asustes; no tengas miedo ni te acobardes por esos dos tizones humeantes, Resín con sus sirios, y el hijo de Remalías, que están ardiendo en furor. Los sirios, con el pueblo de Efraín y el hijo de Remalías, han tramado hacerte mal.
 
Han dicho: Invadamos Judá y metámosle miedo; apoderémonos de ella y pongamos por rey al hijo de Tabeel.
 
Porque nos ha nacido un niño, Dios nos ha dado un hijo, al cual se le ha concedido el poder de gobernar. Y le darán estos nombres: Admirable en sus planes, Dios invencible, Padre eterno, Príncipe de la paz. Se sentará en el trono de David; extenderá su poder real a todas partes y la paz no se acabará; su reinado quedará bien establecido, y sus bases serán la justicia y el derecho desde ahora y para siempre. Esto lo hará el ardiente amor del Señor todopoderoso.

 

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