Detrás de los acentos

Hablar más de un idioma se ha transformado en un mandato social. Además de la lengua materna, cualquier ciudadano del planeta hoy tiene que maniobrar en inglés para treparse a los consumos culturales. Pero ser bilingüe es más una cuestión de exposición temprana a dos lenguas que una decisión consciente. Si bien incorporar una pronunciación extraña no es imposible, cuesta mucho más en la adultez que en la infancia.

Al nacer, los seres humanos pueden pronunciar cualquier sonido de los 20 a 40 fonemas que posee cada lengua del mundo. Sin embargo, al ir madurando el sistema nervioso, los sonidos de la lengua materna se usan más que el resto y terminan siendo más fáciles de pronunciar. “Hay un período crítico para aprender una lengua, desde el nacimiento hasta los 5 años”, informa el especialista en dicción inglesa Francisco Zabala. “Hasta los 12 años hay permeabilidad en la pronunciación, pero después es casi imposible adquirir un acento nativo”, señala el profesor de Fonología en el Traductorado de Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”.

Según Ezequiel Gleichgerrcht, investigador del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO), incluso los niños de un año de edad pueden distinguir acentos dentro de un mismo idioma. “Pero los distintos idiomas se procesan de maneras diferentes en nuestro cerebro”, advierte el neurobiólogo.   Fomentar la diversidad de lenguas es lo mejor para un chico. “Cuanto antes se expone a un niño a otras lenguas, más entrenamiento neurológico se genera y más superposición cerebral se produce entre los circuitos que alimentan a cada idioma”, explica Gleichgerrcht, quien estudia si la capacidad de ponerse en el lugar del otro –la empatía– interviene en la facilidad para imitar sonidos de un acento extranjero.

“A diferencia de lo que se cree, la mayor parte de la población mundial ya es bilingüe –apunta Alejandro Raiter, profesor de Sociolingüística de la UBA–. Pero hay muchos grados de bilingüismo”. Hay niños que se crían con dos lenguas maternas, porque en su casa el papá habla una y la mamá, otra. “Ellos pueden pasar de una lengua a otra sin darse cuenta y son perfectamente bilingües, pero tienen circuitos cerebrales distintos para cada lengua”, dice Raiter.

Varios estudios revelan que los niños bilingües desarrollan cerebros más flexibles y son capaces de involucrarse en múltiples tareas al mismo tiempo. Además, quienes manejan más de un idioma suelen padecer menos problemas de memoria al envejecer. De ahí que muchos neurólogos recomienden zambullirse en un nuevo idioma después de los 40.

Hay que tomar en cuenta, sin embargo, que no todo el mundo tiene la misma capacidad para captar las pronunciaciones de una lengua que no es la recibida de la madre. Los profesionales que distinguen los acentos, ritmos y tonadas de cada idioma –los fonetistas– parecen nacer con un cerebro especializado para su disciplina. Un estudio científico publicado el año pasado por Sophie Scott y sus colegas del University College London mostró que los expertos que pueden identificar pronunciaciones diversas en los barrios de una ciudad tienen una corteza auditiva izquierda más desarrollada.

Aun sin contar con esta ventaja genética, se puede incorporar una segunda rodeándose el mayor tiempo posible de personas, películas, programas de radio y situaciones pronunciadas con el acento que se busca adquirir. De todos modos, advierten los lingüistas, no existe el aprendizaje de inglés internacional o español “correcto”. Aunque parezcan fijados en el tiempo de las tradiciones primeras, los acentos cambian frecuentemente, dando lugar a dialectos aquí, allá y en todas partes.

“No hay tal cosa como un idioma neutro o una pronunciación correcta”, enfatiza Agustín Trombetta, profesor de Gramática en la UBA. “Las palabras entran y salen de los idiomas, los acentos cambian rápido, el galés que se habla en Gaiman, en la Patagonia, difiere del que se habla en Cardiff, en Gales, porque evolucionaron de distinta forma en los últimos cien años”, ejemplifica el licenciado en Letras, quien subraya que las pronunciaciones están más vinculadas al ejercicio de los músculos faciales y al habla materna que al entorno cultural.

El acento que aquí se considera “muy british ” es, en verdad, una entonación de la clase alta inglesa llamada “received pronunciation” (RP), que se hizo popular en el mundo a través de la BBC y el negocio de las academias de inglés. Pero apenas el 2% de los habitantes de Londres habla hoy de esa manera. “La lengua de Shakespeare, del 1600, es en realidad más parecida al inglés estadounidense que al británico actual”, revela Zabala, quien pasa del inglés RP al italiano y a diversos acentos argentinos como si apenas cambiara de sombrero.

Aunque todas las lenguas tengan dialectos, unos son revestidos con más prestigio que otros. “La lengua nos permite no sólo recibir información sino también identificar quién habla, su edad, a qué grupo pertenece, todas marcas muy fuertes de identidad”, reflexiona la lingüista Leonor Acuña, profesora de Dialectología Hispanoamericana. “Pero el acento muestra no sólo quién soy sino, también, quién quiero ser”, agrega la actual vicedecana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

En cuanto al español, lo cierto es que nunca se habló en América. “El español comenzó a cambiar desde el mismo momento en que los colonizadores se subieron a los barcos”, revela Acuña. “Al llegar a América, se produjo una acomodación de la lengua y fueron desapareciendo ciertos rasgos, como la ‘z’ castellana y la ‘d’ final de las palabras. A esa nivelación se agrega el contacto con las lenguas aborígenes. Sesenta años después del arribo de los españoles, se estableció una lengua común americana que es una mezcla del español con las lenguas indígenas, que luego fue modificada por la vida urbana”, resume la especialista en los dialectos que se hablan en lugares de contacto.

Quizá como espejo sociopolítico de la preeminencia del puerto sobre el resto del país, es la forma de hablar de los porteños la que se considera esencialmente argentina fuera de las fronteras. El yeísmo que se deleita en el “yo”; el voseo que se arropa en el “decime vos” y no en el “dime tú”; la aspiración de la “s” antes de la consonante (como al pronunciar “Oscar”) y la entonación circunfleja (en subida constante y descenso al final) son los rasgos lingüísticos del español rioplatense que se confunden con la argentinidad al palo.

Sin embargo, señala Acuña, hay seis regiones de la Argentina que tienen un acento distintivo, desarrollado en contacto con la comunidad aborigen del lugar. El español recibió una influencia tan fuerte del huarpe en Mendoza que hoy existe un dialecto propio de Cuyo. Algo similar ocurrió con los comechingones y el cantito cordobés, con los mapuches y el acento patagónico.

En Buenos Aires, el impacto de la inmigración italiana actuó como una bomba neutrónica: la marca napolitana es reconocible aún en el habla porteña, aunque los habitantes del Río de la Plata usualmente no adviertan el tuco que escurre por su español.

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