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Si existe una palabra que a la hora de pensar lo contemporáneo haya puesto al resto definitivamente en órbita a su alrededor, esa palabra es información. Y la energía de su fuerza gravitacional no parece marchar, al menos en un futuro próximo, hacia ningún debilitamiento. Aunque la edad contemporánea de la información, sin embargo, no debe confundirse con el único tramo relevante de su historia.

La información, en calidad de concepto y construcción cultural (pero también como construcción científica, filosófica y como hábito cotidiano –¿quién no considera aún que informarse antes de salir sea tan vital como recordar llevarse las llaves?–), ha hecho su propio recorrido desde los orígenes mismos de Occidente, mucho antes de convertirse en la moneda de cambio de la llamada era digital. Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, docente de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Pablo Rodríguez postula en su nuevo libro una historia de la información que oscila entre la historiografía, la divulgación y el anecdotario para sostener una hipótesis clave: aquello que hoy pueda decirse o pensarse “ante la avalancha tecnológica” es insuficiente frente al infinito potencial de transformación que la información tiene hoy sobre el mundo y nuestras vidas.

Si al principio la información consistió de un cúmulo de datos de utilidad difusa (con la clásica disputa filosófica iniciada por Platón en su Fedro, a partir de las ventajas y desventajas de la escritura), el siglo XVIII aportaría dos elementos clave en la construcción de su valor: la opinión pública y la estadística, ambas cruzadas por la emergencia de los estados modernos. “A partir de Thomas Malthus –y la identificación en 1798 de una de las primeras leyes estadísticas: la población crece en proporción geométrica y los alimentos en progresión aritmética– se puede continuar una historia de singulares cruces entre las ciencias naturales y las sociales que modeló el rostro de la estadística”, ordena Rodríguez las primeras coordenadas de la información tal como la conocemos.

El paso siguiente fue iniciar la colonización –desconocida hoy para muchos– de buena parte del espíritu fundacional de las ciencias sociales. Si el padre de la sociología, Auguste Comte, propondría para su nueva disciplina abandonar la experiencia de una metafísica de la Revolución (francesa) para concentrarse en la física de la sociedad, el siglo XX encontraría en la lingüística primero y en la carrera armamentista después el motor definitivo para su progreso. “A fines de los años 30, en la Universidad de Iowa, Estados Unidos, dos físicos, John Atanasoff y Clifford Berry, estaban buscando la manera de mecanizar el cálculo matemático siguiendo el modelo de la calculadora”, narra Rodríguez, antes de poner en escena otro salto fundamental: el pasaje, inspirado en el trabajo del matemático y criptógrafo inglés Alan Turing, entre un modelo matemático y un artefacto (que luego se haría popular bajo el término “computadoras”) capaz de postular que el cerebro, “algo vivo y particularmente desarrollado en los seres humanos”, era un tipo especial de tal artefacto. “Si hasta ese momento se puede decir que la experimentación cibernética estaba dirigida a replicar en una máquina la actividad mental del hombre, de allí en más resultó que sería la máquina la que brindaría mejores performances que el propio hombre y se transformaría en el modelo, y ya no imitación, de lo humano”.

A la sombra del desarrollo bélico impulsado durante la Guerra Fría, la información comenzaría a sintetizarse en dispositivos cada vez más sofisticados, fundando en simultáneo las bases sobre las cuales hoy –entre muchas otras aplicaciones– puede codificarse y decodificarse el contenido audiovisual de los modernos dispositivos digitales. ¿Pero cómo el desarrollo de la información influiría también en la historia de la biología?

Capítulo aparte, la información en su modalidad genética –con la decodificación del ADN y el Proyecto Genoma Humano– comparte el mérito de ser el punto de partida de buena parte de la literatura de ciencia ficción del siglo XX y XXI, además de uno de los polos de investigación actuales que concentra más expectativas.

¿Puede la biología, pregunta Rodríguez, haciendo eco de uno de las grandes interrogantes de la investigación contemporánea, comprender los modos en que las conductas humanas se encuentran condicionadas como información y determinan las decisiones de los sujetos? La pregunta arrastra a la historia de la información otra vez hacia el puro presente.

“La información es, junto con el espacio y el tiempo, otra forma fundamental de la existencia de la materia: es la cualidad de la evolución, la capacidad de alcanzar cualidades superiores”, dijo en 1965 el científico checo Jirí Zeman, miembro de la Academia de Ciencias de Praga, desnudando la lógica actual de la cibernética o “segunda Revolución Industrial”, como la bautizarían las ciencias sociales.

Con Internet como gran eje de la discusión alrededor del almirantazgo del presente –con nombres como Bill Gates, Steve Jobs o Tim Berners-Lee, padre de la World Wide Web, en disputa–, para Rodríguez la historia de la información se transforma en un relato con múltiples aristas nunca ajenas a la política. ¿Esla información un bien público? ¿Pueden los intentos de intervención estatal sobre su circulación conservar un contenido neutro? El final de la historia queda abierto.

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