DESPUÈS DE MIS SETENTA

Cada mañana, hablando con mi cuerpo, siento su necesidad de expresarse. Vivo su cambios y sus posibilidades. Y por eso quise hacer un espectáculo donde pudiera contar, a través de palabras que se hicieran movimiento, lo que pasa dentro y fuera de mi cuerpo con estos setenta años. Así comenzó.
¿Por qué la gente siempre me pregunta «todavía danzás»? ¿Qué querrá decir «todavía»? Si yo fuera una escultora, o una pintora o pianista, con mis setenta vividos, nadie me diría «¿todavía creás?» Así surge mi espectáculo, hablando con el público, expresándome y tomando con humor los todavía, puedo danzar.
¿Qué es el tiempo? Ese fue el otro encuentro: ¿el tiempo de afuera o el de adentro? yo siento que, cuando me muevo, muchas veces se separan y en algún momento misterioso se encuentran; y es ese ritmo interno el que me nutre y me mueve. Con este fragmento se inició en el espectáculo mi relación con la música.
¿Y mi piel? Cambia, miro sus tiempos diferentes y así siento que me mira, la hago mía en todo su recorrido de mi cuerpo; cuando veo mis manos, miro mi rostro y siento que amo mi piel y acepto sus cambios.
¿Y mis miedos? Son enormes cuando siento y veo tanta sangre derramada injustamente, y me siento parte y no quisiera que ocurriera más. Me siento parte de ese todo… A través de una tela roja, larga, inmensa en el escenario vacío, fui danzando mis miedos, mientras el rojo impregnaba mi cuerpo de horror… Y siempre con el sonido del mar, con ese fluir que no se detiene pero que ha cambiado a través de mi madurez, que me mira desde «Otros espejos» cuando con mis miedos, mi piel y los tiempos, pude lograr en el escenario formas de participación en la creatividad con mi danza.
¿Y el silencio existe? Profundo, dentro de mí, siento sus ritmos internos que apoyan una creación donde el oído, que tiene memoria musical, no participa. Puedo desprenderme como si pelara una manzana y llegar justo al centro del núcleo de mi corazón, donde siento sus ritmos internos y donde puedo danzar, silenciosamente sin que pese, y se hace danza. También siento los nudos dentro de mi cabeza, quiero desatarlos y únicamente moviéndome puedo hacerlo, en silencio.
¿Y la continuidad? La música existe, es como un hilo permanente que jamás se ha roto desde aquel primer momento en que hice mi encuentro con la danza. Se fue revelando como un hilo que fluye y en el que hoy me uno a la niña de 15 años que está en mí y sigue danzando.
Y el mar es como el amor, siempre en movimiento, fluyendo; lo siento vivo en cada cosa que miro.
La alegría de estar viva, sembrando mi experiencia para los otros, sintiendo que la pregunta que me hacen «¿Todavía danzás?» tiene un sentido profundo, fuerte, lleno de movimiento, con muchas preguntas y algunas respuestas.
Es o fue el espectáculo danzado donde la repercusión del público y de la crítica ayuda a pensar en una continuidad de vida en la espera de los ochenta. Sí, porque continúo sembrando.•

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