Desde el lenguaje de la gente común

Cuando muere un tipo más joven que uno, la tristeza se mezcla con la bronca, con una amarga sensación de desconcierto. Por eso, cuando ayer por la mañana me enteré en España de la muerte del Negro, lo viví como algo devastador. Es que él tenía todavía tantas cosas para dar, tantas cosas que contar .

Con Caloi nos conocimos en Clarín en 1973, dos años antes de que, junto con Trillo, empezáramos a publicar El Loco Chávez . Lo recuerdo como un pibe muy joven (él era 7 años más chico que yo) y lleno de talento. Tuvimos la suerte de que nuestras historietas ganaran mucha repercusión, por lo que con el resto de la “banda de Clarín” –Fontanarrosa, Crist, Tabaré y otros más– recibíamos constantes invitaciones para presentarnos en infinidad de ciudades del país. Fueron tiempos muy divertidos, de viajes y sueños compartidos. En ese contexto, el Negro era un excelente socio para la joda, pero también para la lucha . Eran tiempos políticamente difíciles y con él hacíamos siempre tándem para pelear por los derechos de nuestros colegas, para defender el trabajo digno . Y, en ese sentido, Caloi fue siempre un gran compañero, en todos los significados que encierra esa palabra.

Yo creo que la tradición de la historieta argentina va a estar marcada por los “dos Negros”: Caloi y Fontanarrosa. Su humor era distinto, de diferentes tonos, pero ambos calaron muy profundo en el cariño popular, porque eran capaces de hablar de cosas muy importantes, pero siempre desde el lenguaje de la gente común . Caloi era muy de barrio y tenía un humor con un punto de atorrante muy importante. Un tono muy porteño, una manera de ver y reírse de las cosas que es típica de Buenos Aires. Siempre me encantó esa cosa de filosofía de pueblo. El suyo fue siempre un tipo de humor muy difícil de imitar, porque tiene que ver con la intuición, con algo que se parece mucho a un don y que muchas veces se suele definir como “sabiduría de la calle”.

Y, precisamente por eso, el vacío que deja el Negro al marcharse es enorme.

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