Delphine De Vigan: “Esta es una búsqueda personal de la verdad”

Nada se opone a la noche se abre con una escena que precisa el tono de lo que va a leerse: una hija encuentra a su madre muerta después de varios días, luego de haberse suicidado. Al shock inicial, que paraliza a la escritora, le sigue un largo duelo, parte del cual es atravesado, primero por la imposibilidad de escribir la historia que quiere escribir y en un segundo momento, la escritura del libro en sí, que ciertamente suele enroscarse como un “thriller psicológico”. Lucile misma es el enigma, es lo no dicho en una familia donde las mujeres se han sabido imponer pero en la que ella arrastra un relente melancólico del que jamás se librará y que será el misterio que anima a su hija a escribir. En esta novela aparecen las afinidades electivas, la indiferencia y los secretos que se esconden en las tramas familiares, y cómo esos afectos pueden influir en la obra de un escritor. En este caso, olvídese de las sensiblerías y los dramas saturados de incienso. Delphine De Vigan recurre a sus parientes, las amigas de su madre, los recuerdos de vecinos y los objetos, los que encuentra por casualidad y otros que consigue en un rastreo casi obsesivo –que muchas veces la encuentra desarmada o inerme– frente a las pequeñas o grandes revelaciones que comienzan a componer ese mosaico que es Lucile. Su hija, sin piedad, se hará cargo de contar la violencia (muchas veces soterrada) que atraviesa a las familias burguesas, y cómo cada cual procesa las herencias, que se heredan sin quererlo, incluso bajo la forma del rechazo. Es notable la perspicacia de ciertas escenas y la decisión de contar el proceso de escritura de un libro difícil, conmovedor y verdadero.

¿Autobiografía o ficción?
El texto está situado entre la novela, la biografía y la autobiografía. Y refiere el itinerario de mi madre, de su infancia hasta su suicidio en 2008. Es una investigación familiar, una búsqueda personal por la verdad.

¿Hubiera sido posible narrar esta historia de otra manera?
Existen mil maneras de contar esta historia. Elegí las formas que me han permitido estar cerca del relato, intentar ser objetiva e introducir la menor cantidad de ficción posible. Contar cómo se escribió el libro: con las dudas, con el reencuentro de tal o tal obstáculo, eso es parte del enfoque que pretende buscar la verdad (en vano).

¿Qué piensa de la relación entre las madres y las hijas con respecto a la herencia intelectual, simbólica, material que inevitablemente afecta a los descendientes?
Como he escrito en la novela, Lucile es un personaje frágil y misterioso que abriga una forma de violencia subterránea y grandes heridas. La relación entre Lucile y su hija (¡yo misma!) está forzosamente impregnada por esa mortificación, pero también del gusto que mi madre tenía por la pintura, la literatura, la poesía, el psicoanálisis. Ella me transmitió una enormidad de cosas que yo comencé a admitir cuando cumplí 20 años. Me transmitió una forma de libertad y ahora, aún hoy, admiro su inconformismo.

Llama la atención la aparición de Jacques Lacan en la novela. ¿Conoció a Lacan, conoció su obra y su técnica? ¿Cuál es su opinión sobre el personaje?
Mi madre me ha comentado un encuentro breve con Jacques Lacan después de su primera crisis de delirio. Ella había leído sus escritos y se había mostrado muy interesada en su trabajo. Por mi parte, lo hice mucho más tarde, cuando fui estudiante. No he tenido la certeza pero sí la intuición de que esa historia fue así como la cuento. Cuando el libro salió, muchas personas que habían conocido a Lacan o que se encontraban interesadas en su vida me confesaron que sin duda todo lo que pasó fue de esa manera. El (por Lacan) ya estaba enfermo.

En el título de la novela puede leerse –entrelíneas– con cierto escepticismo, cierta idea de destino, de profecía autocumplida. ¿Qué piensa al respecto?
El título del libro está basado en una canción contemporánea francesa que amo enormemente. Es polisémico: dice algo acerca de la noche y también que nada ni nadie puede oponerse al deseo de morir. Pero después de la noche viene siempre el día.

¿Algo de la catástrofe socioeconómica europea se está filtrando en la narrativa europea de los últimos años? ¿Está presente Marguerite Duras en su estilo, en la mirada, en el uso de las voces?
Creo que parte de los autores contemporáneos (al menos en Francia) se alimentan de la realidad económica que los rodea y en todos los casos buscan una integración. Haber contado la historia de mi madre ha sido contar además la historia de una generación de mujeres de una época particular, que provocaron importantes cambios para la condición femenina. En cambio, mis novelas anteriores trataban acerca de la precariedad social y de la violencia en los vínculos del trabajo, por ejemplo. Amo la idea de que la literatura sea un espejo donde se reflejan las sombras del mundo en que vivimos, pero también sus puntos de luz. Y en términos de estilo, en efecto, adoro a Marguerite Duras… ¡pero espero no imitarla en absoluto! Me importa la música de sus frases, su ritmo, su vibración y la búsqueda de la palabra justa. Además, también soy una admiradora de (Patrick) Modiano.

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