Del polen al poliéster


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Los colétidos o «abejas del poliéster», presentes en todo el mundo, construyen túneles bajo tierra, de una anchura similar a la de un dedo meñique, en los que ponen sus huevos. Para proteger a sus larvas del calor, el frío, los hongos, las bacterias y otros peligros, las abejas cubren estos túneles con una sustancia transparente, parecida al celofán. Las larvas viven bajo tierra la mayor parte del tiempo, en estas celdas reforzadas.
Debbie Chachra, profesora de ciencia de los materiales en la Escuela de Ingeniería Franklin W. Olin, en Massachusetts, se enteró por casualidad de su existencia en Internet. Más adelante, solicitó muestras de sus nidos al Museo de Historia Natural de Nueva York. Su grupo ha estado investigando las celdas e intentando averiguar de qué están hechas, aunque todavía no han publicado los resultados.
El estudio de las celdas plantea enormes obstáculos, precisamente porque se hallan preparadas para que resulte difícil destruirlas. Chachra se halló ante el dilema de que cualquier producto suficientemente potente como para degradarlas era demasiado agresivo para usarlo con sus equipos, o bien, que cualquier sustancia que pudiera usar en sus equipos no podía degradar las celdas.
A pesar de todo, demostraron que no estaban formadas únicamente por plástico. Las abejas colocan primero fibras de seda y sobre ellas depositan el plástico (como en la fibra de vidrio), lo que confiere una gran resistencia al material. En la actualidad Chachra está trabajando con bacteriólogos para hallar una bacteria que posea la capacidad de degradar el plástico.
La razón principal de su interés por este fascinante material se debe a su carácter no biodegradable, si bien presenta un origen biológico. Podría tratarse de un material robusto en condiciones normales, pero susceptible de ser triturado y reutilizado.

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