Del fuego de los orígenes al arte de renacer

PLANTEAMIENTO
En principio a nadie debiera extrañar que hablemos del ciclo vital de los institutos de vida religiosa o consagrada. Toda realidad viviente tiene sus ciclos que comienzan con el nacimiento y concluyen con la muerte. También los grupos, las comunidades, los institutos nacen, se desarrollan, se debilitan y mueren. Toda realidad viviente está sometida a un inexorable ciclo vital.
A pesar de esto, sin embargo, creemos que a la Iglesia le ha sido concedido por Jesús el don de la perennidad: “Estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos”, “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella”. No así a cada una de sus instituciones o de sus grupos carismáticos. Y esto es bueno. La Iglesia necesita renovación, procesos de vida y muerte, como ocurre en la naturaleza. No debería, pues, extrañarnos, que hablemos con normalidad de los ciclos vitales de las congregaciones u órdenes religiosas.
Al contemplar el panorama que ofrece en la actualidad, a comienzos del siglo XXI, los institutos de vida consagrada o religiosa descubrimos que:
-Algunos institutos mantienen una sorprendente vitalidad. Saben adaptar o recrear su visión carismática a cada uno los ciclos históricos de nuestras sociedades, a cada una de las culturas con las que entran en simbiosis. Ejercen también un atractivo sobre las nuevas gene-raciones que, se sienten interpeladas y llamadas por Dios a adherirse a ellos. Llama la atención cómo entre estas órdenes o congregaciones hay algunas que se originaron incluso en el primero milenio (orden benedictina) y otras son más que centenarias –instituidas o fundadas a lo largo de todo el segundo milenio–.

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