Del dolor a la esperanza

CLARIN . SUPLEMENTO VALORES RELIGIOSOS . MIERCOLES 10 DE AGOSTO DE 2011
OPINION

Del dolor a
la esperanza
Ayer se recordó la destrucción del Templo de
Jerusalén, presagio de hecatombe y diáspora.
Daniel Goldman
Rabino de la
Comunidad Bet El

Durante todo el día de
ayer, martes, el mundo
judío conmemoró el
“Tishá beav”, el 9 del
mes de Av del calendario hebreo,
fecha en la que se recuerda la destrucción
del Primero y Segundo
Templo de Jerusalén. Como dato
gráfico, el conocido Muro de los
Lamentos, representa la pared que
bordeaba el lado occidental de este
lugar, considerado sagrado en la
vida y la dinámica del pueblo hebreo.
Desde la dimensión histórica,
la pérdida del Templo marca
un antes y un después en el relato
social y religioso del colectivo judío.
Es el comienzo de la devastación
de la antaño tierra de Israel,
la génesis de la diáspora y el inicio
del deambular de nuestros antepasados
por el mundo, dispersión
que se extiende hasta nuestros
días. Durante las últimas tres semanas,
el rezo y el ritual de los
días sábados se vieron conmovidos
por la lectura de nuestros profetas,
presagiando la hecatombe que haría
sucumbir a la Ciudad Sagrada.
Hasta que finalmente,
como hacemos año tras año
con el correr de siglos, leímos
durante la jornada de ayer el
bíblico libro de Lamentaciones,
que se le atribuye a Jeremías.
El drama y el llanto del profeta
se manifiesta desde el inicio
del texto cuando dice con impactante
fuerza: ¡Cómo puede
ser que haya quedado solitaria
cual viuda, la ciudad real! La
ley judía establece que durante
este día nos abstenemos, entre
otras cosas, de beber, comer,
lavarnos, bañarnos, usar calzado
de cuero y estudiar Torá.
Pero concluido este día de dolor,
automáticamente y como
símbolo de esperanza, comienzan
las “siete semanas de consuelo”.
Se trata de jornadas en
las que vamos reponiéndonos
del golpe y elevándonos hacia
el nuevo año hebreo que se iniciará
en tan sólo 45 días. Este
signo de confianza hacia el futuro
es sinónimo de que todo
devenir es promisorio, determinando
una época en donde
el hombre tiene que cifrar sus
expectativas en la reparación
de uno mismo y del vínculo
vital con sus semejantes.


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