Decálogo de la buena psicoanalizada

1) Nunca uses la palabra «culpa». Decí «responsabilidad», pero utilizala con todas las connotaciones que normalmente se le atribuyen a «culpa». A continuación, martirizate pensando que todas las calamidades que te ocurrieron son «responsabilidad» exclusivamente tuya y de nadie más, desde haberte quedado en el corralito en 2002 hasta el pisotón que te dieron en el subte esta mañana. ¡Pero no te sientas culpable, que la culpa paraliza!

2) Nada que te haya pasado es realmente importante si sucedió después de que cumplieras 8 años.

3) Tus padres son culpables, perdón, responsables de todas las desdichas que padecés al momento presente. No importa que hayas sido huérfana de ambos (siempre existen figuras parentales alternativas) ni que esos dos sean unos santos: no hay desgracia que hayas padecido que no se explique por el condicionamiento que te creó ese par de desgraciados. Esto tampoco te exime de culpa, perdón, de responsabilidad; pero en cambio es muy útil para volverte loca de impotencia por el pasado que ya no se puede cambiar y que te convirtió en -como mínimo- una neurótica de atar.

4) Cada vez que digas una palabra por otra, habrá que interpretar que la que tu subconsciente pugnaba por decir es la que no tenía ningún sentido en el contexto de lo que intentabas expresar. Es decir que absolutamente todo tropiezo verbal será tratado como un acto fallido. No importa que te hayas confundido con dos palabras que eran parecidas (sería muy raro que uno dijera «carpeta» en vez de «tomar un té»): en la «cura por la palabra» no existen ni los enunciados intrascendentes ni las semejanzas idiomáticas, ni menos aun la gente que simplemente se equivoca en el torrente de la oralidad.

5) El psicoanalista es un ser muy sagaz que también ha recibido, junto con el diploma, la llave del cielo. Vos, no. Por lo tanto, cualquier disidencia entre las partes será imputada a la consabida «resistencia» por parte de la paciente, que se niega a seguir la senda del bien que el analista le ilumina a cambio de una suma irrisoria por cada 50 minutos de sesión. Otros conceptos que se sacarán a relucir alternativamente cuando te atrevas a sugerir que el tratamiento no está yendo para ningún lado son «transferencia» y «frustración terapéutica», para variar. Pero es todo más o menos lo mismo.

6) El psicoanálisis es, en el mejor de los casos, un monólogo dirigido. Asumí que estarás monologando durante años de años, mientras tu analista se pone en autos sobre sus traumas infantiles y evalúa si sos merecedora de que se te conteste algo. Si caíste en manos de un psicoanalista ortodoxo es posible que su tratamiento ENTERO consista en que hables sola mientras tu «interlocutor» se limita a emitir algún «ajá» de vez en cuando: es que te está señalando un punto significativo en su soliloquio. ¿Cuál? Bueno, eso tenés que descubrirlo por vos misma. ¿O vas a terapia para que te digan lo que tenés que hacer?

7) Sé puntual, ante todo, a la hora de pagar; pero también con el horario de llegada, porque lo contrario indicaría falta de compromiso con el tratamiento. Tu psicoanalista te lo retribuirá siendo puntual para indicarte la hora a la que debas retirarse, sin importar que justo en el minuto 49 hayas sacado un revólver y te lo hayas apoyado en la sien. Si en cambio consideraste la posibilidad de beber cianuro en algún momento fuera de sesión, no está mal que intentes obtener de tu analista un encuentro fuera de programa, pero ningún psicoanalista que se precie te lo concederá, porque estará demasiado ocupado esquilmando a otros incautos. Mejor llamá al Centro de Asistencia al Suicida, que además es gratis.

8) Así como todo lo malo que a te sucede es tu propia culpa (perdón, responsabilidad) y subliminalmente la de tus padres, todo lo bueno que te suceda a partir del momento en que inicies el psicoanálisis será mérito de tu analista (perdón: de la labor conjunta realizada en el tratamiento). Por ejemplo, te ganás el Loto: pero es porque fuiste a jugar. Antes, estabas tan mal que ni siquiera jugabas; y si lo hacías, ibas con una actitud tan negativa que a propósito elegías los números que no iban a salir. Recordalo antes de quejarte por lo que en tu mente impía considerás que es la falta de resultados de la terapia.

9) Relajate. Desestructurate. Abrite. Dejate fluir. No seas tan racional. Toda la sabiduría psicoanalítica está contenida en este grupo de preceptos, por la sencilla razón de que en la época de Freud todavía no habían nacido Louise Hay, Paulo Coelho ni ninguno de ésos que lo único que quieren es sacarte tu dinero. Los psicoanalistas terminan diciéndote lo mismo, con la ventaja de que tanto vos como -sobre todo- el profesional se sienten mucho más elevados. Los impíos podrán preguntarse por qué a los psicólogos les es necesario tanto exprimirse el cerebro con Lacan y otras personas que escriben difícil mientras están estudiando la carrera, si al final la suma teológica de la disciplina podría sintetizarse en el enunciado «dormí sin frazada», que ya lo había descubierto Carlitos Balá. Vos mejor no lo preguntes, porque te sancionarán por ser siemprela misma esquemático. Metete en la cabeza que el psicoanálisis es una práctica discursiva sumamente exquisita en la cual se trata de no preguntar, no razonar, no argumentar, no sacar conclusiones y, sobre todo, no cuestionar.

10) Tu analista jamás te dará el alta. Jamás. Serás vos quien demande la «interrupción del vínculo», y esto invariablemente sucederá justo en el momento en que tu psicoanalista y vos «están llegando a un punto importante» (sí, los dos, aunque el terapeuta se haya pasado una década sin decir «esta boca es mía»). En otras palabras, sos una cobarde que quiere huir de la verdad revelada. Tu psicoanalista no te impedirá ejercer esa cobardía, pero tampoco te despachará sin propinarte antes una andanada de vaticinios ominosos acerca de las catástrofes que te sobrevendrán por dejar de ser su cliente, perdón, su paciente.

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