De linces y hongos

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Las políticas de conservación de la biodiversidad no se centran en las especies más importantes, sino en las más carismáticas.

INVESTIGACIÓN Y CIENCIA

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En otoño del año 2010 tuvo lugar en Nagoya la X Conferencia de las Partes del Convenio de Diversidad Biológica. Se esperaba que los 193 países firmantes del acuerdo informasen de haber alcanzado el objetivo de parar las tasas de extinción de la biodiversidad. Sin embargo, dicho encuentro se convirtió en la crónica anunciada del incumplimiento de ese compromiso. Tras dicha reunión, las Naciones Unidas declararon el actual Decenio de la Diversidad Biológica (2011-2020), con el propósito de que la sociedad y los gobiernos se comprometan a luchar por la conservación de la biodiversidad. El hecho de embarcarnos en esta iniciativa debería hacernos reflexionar sobre cuán acertadas han sido las políticas de conservación aplicadas hasta la fecha y hacia dónde deberían orientarse las futuras.
Desde los años setenta del siglo pasado, la biodiversidad y, más concretamente, determinados grupos taxonómicos (mamíferos y aves) se han alzado como iconos de los programas de conservación. En España, entre 2003 y 2007 se destinaron a estos grupos de especies más del 75 por ciento de los presupuestos de conservación, de los cuales, más del 50 por ciento se dedicó a unos pocos mamíferos y aves rapaces. De hecho, la decisión de conservar este número reducido de especies parece estar legitimada por la sociedad, cuyo interés por proteger la biodiversidad recae exclusivamente en las especies carismáticas.

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