De fábrica de caramelos a multinacional

En estas páginas reconstruiremos aspectos de la historia de Arcor, con el fin de comprender cómo, a lo largo de cincuenta años, una pequeña empresa del interior que fabricaba caramelos se fue transformando en una de las mayores productoras y exportadoras
Distintas publicaciones de los últimos años han destacado el dinamismo de las empresas multinacionales nacidas en países emergentes de Asia y América Latina, que van ganando espacio dentro de los mercados internacionales y desplazando a firmas con sede en las naciones más desarrolladas. Dentro de las multinacionales latinoamericanas -las “multilatinas”-, Arcor se destaca como una de las firmas emblemáticas de la Argentina, con 30 plantas de producción en el país, 5 en Brasil, 4 en Chile, 1 en Perú y 1 en México y exportaciones a 120 naciones en todo el mundo. El hilo conductor de este relato es la estrategia de crecimiento desplegada por Arcor en un contexto turbulento como fue el de la Argentina de la segunda mitad del siglo XX, en el que pocas firmas pudieron aprovechar satisfactoriamente las oportunidades y superar con éxito los obstáculos, preparándose para operar en un mercado internacional cada vez más competitivo y globalizado. Los primeros veinticinco años de la empresa transcurrieron durante la etapa que suele denominarse de industrialización por sustitución de importaciones, con una economía muy cerrada a la competencia extranjera y con políticas de Estado que apoyaban el desarrollo de la industria a través de medidas arancelarias, crédito barato, regímenes especiales de promoción y otras medidas complementarias. En general las empresas industriales se vieron beneficiadas por estas políticas, pero al mismo tiempo debieron hacer frente a un entorno de gran inestabilidad, con permanentes cambios en las políticas económicas, devaluaciones, planes de estabilización, niveles elevados de inflación y otras circunstancias que crearon incertidumbre y dificultaron la toma de decisiones. Frecuentemente, la inestabilidad y el alto grado de protección y subsidios desincentivaban la eficiencia de las empresas, pero aún en ese marco Arcor fue construyendo ventajas competitivas que le permitieron ir expandiéndose dentro del país y en el exterior. Desde 1976 la Argentina ingresó en una nueva fase, en la que paulatinamente se fueron incorporando reformas destinadas a abrir y desregular la economía, y en la que la industrialización dejó de ser política de Estado. El saldo del período 1976-1991 (que ha sido denominado “la gran depresión”) fue de crecimiento cero del producto, de fuerte endeudamiento externo, de altísimos niveles de inflación (que desembocaron en las hiperinflaciones de 1989 y 1990) y de grave deterioro institucional. El nuevo escenario afectó seriamente a la industria, en la que los comportamientos de las empresas fueron heterogéneos: muchas firmas quebraron, la mayoría de las que sobrevivieron adoptaron estrategias defensivas (trataron de hacer frente a la situación incorporando algunos cambios) y sólo un número limitado desplegó estrategias ofensivas, que implicaron reestructuraciones profundas para adaptarse a las nuevas circunstancias. Las que lo lograron, como fue el caso de Arcor, estuvieron en condiciones de competir y de continuar creciendo en la década de 1990, en la cual se completaron las reformas liberalizadoras. La historia de una empresa de las dimensiones de Arcor es muy difícil de sintetizar en pocas páginas. Por ello nos limitaremos a señalar los principales hitos de su trayectoria y los lineamientos básicos de sus estrategias, tratando de explicar las razones de sus logros. El momento fundacional Arcor fue creada en julio de 1951 en Arroyito, una localidad del interior de la provincia de Córdoba que contaba para entonces con una población de tres mil habitantes. Ubicada en una región agrícolo-ganadera, había atravesado una etapa de gran prosperidad entre las décadas de 1880 y 1920, basada en la explotación forestal y la industria de la madera. Si bien en los años ‘50 se encontraba en una situación crítica, tenía algunas ventajas que explican que haya sido elegida como lugar de radicación de la nueva empresa. Por una parte, los fundadores contaban con una red de amigos, parientes y vecinos en el pueblo y las áreas circundantes, así como con experiencias de trabajo previas en la zona. Por otra, Arroyito ofrecía mano de obra y materia prima, contaba con oferta de vivienda y se encontraba situada sobre los ejes de comunicación entre la ciudad de Córdoba y la provincia de Santa Fe, integrada a una región con fuerte desarrollo agrícola e industrial. Sus principales déficit eran la escasa disponibilidad de mano de obra calificada (que fue reclutada en otros centros urbanos) y la escasez de energía, que debió ser provista por la misma empresa. En los primeros años de la década de 1950 la economía argentina atravesaba un momento crítico, debido a la caída del valor de las exportaciones y a la consiguiente penuria de divisas, pero al mismo tiempo ofrecía una serie de incentivos para el desarrollo de empresas industriales, tanto por las políticas públicas de apoyo al sector manufacturero como por el crecimiento de la demanda de bienes de consumo masivo, favorecida por el alza de los salarios reales tras el ascenso de Perón a la presidencia en 1946. Como gran parte de las nuevas empresas, Arcor nació de la iniciativa de un conjunto de individuos unidos por lazos de amistad, con una trayectoria previa en la actividad industrial, que habían participado en emprendimientos comunes, y que a partir de dichas experiencias decidieron fundar una nueva sociedad. El capital inicial fue provisto por un grupo de socios integrado por los hermanos Pagani -Renzo, Fulvio y Elio-, los hermanos Maranzana -Tito, Pablo y Vicente-, Mario Seveso y Enrique Brizio. Además de ellos participaban otros socios menores, con los que se completaba un total de 23 accionistas. Todos eran de Arroyito o de localidades cercanas, y eran parientes, amigos o vecinos de los socios principales. Arcor sigue siendo todavía hoy una empresa familiar, si bien dos de las cuatro familias fundadoras vendieron su participación accionaria a los Pagani. Dentro del grupo se destacaba la figura de Fulvio Salvador Pagani, que fue el principal impulsor de la creación de la empresa y que la presidió hasta su muerte, en diciembre de 1990. Pagani combinaba una serie de rasgos emprendedores -capacidad de innovación, de liderazgo y de gestión-, con una historia familiar que le sirvió de estímulo y de modelo. Su padre, que participó de la fundación de Arcor, era un inmigrante italiano que al poco tiempo de arribar a la Argentina había fundado su propia empresa, en la que sus hijos fueron adquiriendo habilidades y experiencia. Amos Pagani participó en la fundación de Arcor, aportando capital y conocimientos. En la historia de los Pagani se condensan la mayor parte de los rasgos de las familias inmigrantes que lograron una inserción exitosa en la economía local. Pero en el nacimiento y la expansión de Arcor fueron también determinantes la presencia de los otros socios y la interacción con el medio local. Todos los miembros del grupo fundador habían participado previamente en otros emprendimientos en la industria de las golosinas y disponían de experiencia laboral y de conocimientos, complementándose entre sí gracias a que poseían distintas capacidades. Fulvio Pagani era el estratega; Mario Seveso tenía una gran habilidad mecánica; los otros socios tenían experiencia en las actividades productivas o en distribución y ventas. La constitución del grupo y las relaciones de sus integrantes en el ámbito local otorgó factibilidad económica al proyecto, que combinó aportes personales, familiares y de la comunidad. El hecho de que todos fueran inmigrantes o hijos de inmigrantes de origen italiano reforzó los lazos de solidaridad, ya que compartían una identidad étnico-cultural. La interacción con el medio local no sólo facilitó la obtención de recursos materiales, sino que hizo posible que la puesta en marcha de la empresa y su funcionamiento en los primeros años fueran producto de un esfuerzo colectivo.

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