De ayer a hoy en el tema divorcio

Para la lectura correcta de un texto es necesario tomar en cuenta la realidad socio-cultural en la cual se produjo, y que el lector esté consciente de sus propios condicionamientos socio-culturales e ideas filosófico-teológicas, entre otros aspectos. Así, si antaño en Oriente un principio de convivencia era el honor, hoy en Occidente lo es la dignidad; si antaño se pensaba en términos relacionales, hoy es en términos personales; si el ideal de vida antaño era la paz y la armonía, hoy es la realización personal y el éxito. Estos principios no fueron pensados en abstracto, aunque la intención fuera universalista. Surge pues la pregunta por la validez, el alcance y las limitaciones de los principios y normas que provienen de la cultura del autor, para la cultura actual de Occidente, con todos los conocimientos que entre tanto ha adquirido y las sensibilidades humanas que ha desarrollado. Se impone así una suerte de círculo hermenéutico entre la cultura de antaño y la moderna, entre Oriente y Occidente. Y por eso los diálogos interculturales, que incluyen los interreligiosos, han ido cobrando importancia y han relativizado no pocas de nuestras certezas.

Sin embargo, la mayoría de las personas que leen la perícopa sobre el divorcio lo hacen desde la perspectiva individualista de nuestro mundo, sin considerar la perspectiva sociocultural de antaño[25] -eso, si no desde una visión netamente doctrinaria-. La entienden como un problema individual que hay que resolver, no como una problemática comunitaria (familiar). Más, la leen en clave jurídica y no de lazos familiares. De hecho, como nos recuerda Bruce Malina, hablar de “persona” en relación a la Biblia es un anacronismo, pues ni siquiera tenían ese vocablo[26]. Y la exégesis ha puesto en claro que no se trata de una legislación jesuánica[27]. Se ponen así en evidencia los alcances y valores, y también las limitaciones tanto del texto en razón de sus condicionamientos históricos, como las nuestras al descubrir valores que hemos perdido o riquezas que ignorábamos. Con estas observaciones, veamos sucintamente el sentido del texto referido al divorcio leído desde sus orígenes y desde nuestra modernidad.

1. A Jesús le piden su opinión sobre el divorcio, y responde que hay que remitirse a la voluntad e intención primigenia de Dios en la creación del hombre expuesta en Genesis, que contrasta con la opinión común que se remite a Deuteronomio. ¡No actuó como legislador, como se le ha imputado tantas veces! Como hacía con las parábolas, invitaba a reflexionar, discernir y decidir. Su reflexión a partir de Genesis la asumió la comunidad y está en Mc 10,10-12 par. Importante por tanto es la intención de Jesús, que no responde con un sí o un no, ni entra en un debate: plantea un punto de partida para la reflexión y aplicaciones concretas.

La posición de Jesús frente al divorcio es coherente con la que le conocemos de otras situaciones: la defensa de la parte marginada, asumiendo una postura principista (Gen), no legalista (Dt). De él aprendemos a tomar distancia de una visión predominantemente jurídica en relación a la vida, la sociedad y la convivencia, y asumir más bien una actitud compasiva y solidaria con “el pobre”. El tomaba en serio a las personas y su valía, especialmente a los relegados. Por eso Jesús veía a la divorciada como persona, no como objeto, cuya dignidad debe ser defendida. Implícitamente, al remitir a Gen 1, recusaba la tradicional concepción de la mujer como subordinada a la voluntad del varón, y el divorcio fácil que establece Dt 24. Estos, así como su clara defensa del matrimonio, son valores que debemos resaltar del texto que nos concierne, y concuerdan con nuestra cultura.

2. Por otro lado, hoy no admitimos teológicamente la concepción determinista del matrimonio como “lo que Dios unió”. Esa concepción determinista es la negación de ese valor fundamental nuestro que es la libertad de los seres humanos. Condición indispensable para la validez del matrimonio hoy es la libertad de ambas partes[28].

Tenemos una concepción más igualitaria de las personas que la que tenía Jesús, y que la se lee en el NT en general. Rechazamos aquella idea de que la mujer es parte de las propiedades del varón, y por tanto disponible. Era una relación asimétrica, en la cual el marido era amo y señor. Paulatinamente hemos llegado a reconocer la igualdad de derechos de todos, incluidas las mujeres y los niños. Nos regimos, en general, por los Derechos Humanos, que contrastan notoriamente con la cultura social antigua. La mujer hoy es libre y se impone igualitariamente con el varón; no acepta ser súbdita –no aceptaría que sólo el hombre pueda tener la potestad de entablar divorcio, cosa que ya había superado el mundo grecorromano, y que fue incorporado por Marcos (10,12)-.

Contrariamente a la opinión expresada por no pocos, Jesús no proponía un igualitarismo, según el cual hombre y mujer son idénticos en todo[29]. Tampoco lo propuso Pablo. Eran hijos de sus tiempos. La idea de igualdad como se propone hoy en el Occidente les era ajena. Lo que sí es notorio es que insistieron en la equidad, es decir en el trato correcto a cada cual según el estatus que tiene en el espíritu del amor fraterno tal como lo vivió y mostró el Maestro (Ef 5,25). Eso significa que la posición de la mujer no fue elevada al mismo nivel que la del varón: ella le está sujeta –el principio en el judaísmo es la creación misma según Gen 2, asumido por el cristianismo (cf. 1Tim 2,12-14: Adán fue creado primero). Es lo que Pablo afirma en 1Cor 11,3: “Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios es la cabeza de Cristo” (cf. 14,34; Ef 5,23); “no fue creado el varón por razón de la mujer, sino la mujer por razón del varón” (1Cor 11,9; 1Tim 2,11). Por eso, el mandato, “mujeres, sométanse a sus maridos!” (Ef 5,22; Col 3,18; 1Pdr 3,1). Esto no podemos alegremente trasladarlo e imponerlo hoy.

3. La idea –y vivencia- del matrimonio hoy es diferente, como lo es la idea de familia, y la constitución de la sociedad misma. No somos Orientales… El matrimonio se determinaba en Palestina fundamentalmente en base a conveniencias sociales y prácticas, pactado entre los padres; hoy lo es por el amor mutuo libre, previa etapa de enamoramiento. Por eso, tanto la unión como la separación, no se basaban en los mismos valores que los nuestros. Para nosotros (como ya entre los griegos), que priorizamos la individualidad, es primordial en una relación interpersonal la atracción, el afecto, independientemente de las expectativas de la otra parte. Hoy no se casan para cumplir con el mandato “creced y multiplicaos”, sino por el amor mutuo. Los hijos encarnan ese amor mutuo. Notemos que en el evangelio no se habla de los hijos; sin embargo, hoy son tan importantes que pueden justificar el divorcio

Hoy se casan las personas en edad más avanzada que antaño, además con profesión, y autonomía -lo cual acarrea más problemas para la adaptación a la convivencia. Añadamos a eso la diferencia enorme entre la vida social y laboral en las grandes urbes modernas, con sus efectos sobre la familia, y la vida estrechamente entrelazada en los pueblos palestinos. La sociedad de hoy es profundamente diferente. Esto crea un sistema diferente de valores que el que conocemos en las sociedades Occidentales modernas.

No podemos cerrar los ojos al simple hecho de que en el curso de dos mil años hemos aprendido mucho sobre el hombre en sus varias dimensiones que se desconocía antaño, que se ha progresado técnica y tecnológicamente, pero también que la estructuración de la sociedad y la vida familiar, con su ritmo de vida y las exigencias de la misma son notoriamente diferentes de antaño. Obviamente, no es lo mismo vivir en una aldea campesina que en una gran urbe moderna.

4. La mayoría de casos en los que se plantea el divorcio resultan de alguna situación de imposibilidad práctica de lograr una convivencia armónica. Antes de que “la muerte los separe” efectivamente, ya murió afectivamente. Con nuestros conocimientos del ser humano gracias a la sicología, la sociología, la antropología, y afines, y en sintonía con nuestra valoración de los derechos humanos, apreciación de la autoestima, y cuidado del equilibrio sicológico, consideramos causales de divorcio situaciones antes desconocidas, para salvaguardar la integridad y la dignidad de la persona, como son los maltratos sicológicos y hasta físicos. No sólo cuidamos la salud física, sino también la síquica.

¿Qué sucede en una sociedad como la nuestra, donde el divorciar a la mujer no atenta contra el honor de su familia? El sentido de independencia y autoafirmación era desconocido en el mundo bíblico. No es un ideal en nuestro mundo que la mujer esté sujeta al marido, sino que se desenvuelva y surja –hoy estudian, son profesionales, incluso ejecutivas-. De allí el alcance y las limitaciones de lo que dice el texto bíblico, texto que corresponde a los condicionamientos socio-culturales del momento en que se produjo.

Frecuentemente las familias vivían cercanas las unas a las otras, si no contiguas, lo que contrasta con nuestro mundo, donde viven distantes[30]. La esposa se mudaba a la casa del marido, que solía estar en o cerca de la casa de sus padres (cf Mt 10,35; 25,5s), cosa que hoy se da cada vez menos. Basta recordar lo sagrado que eran los lazos de los hijos con sus padres. La familia era además una unidad productiva, donde la economía era compartida totalmente –hoy cada parte maneja su economía, hasta individualmente-. Esos eran lazos que unían y favorecían la estabilidad matrimonial y familiar.

5. Permítaseme añadir algunas preguntas y reflexiones cándidas. Al hablar del matrimonio, ¿es lícito aplicar los patrones culturales de la sociedad palestina del primer siglo a los patrones culturales ancestrales del mundo Andino, por ejemplo? El honor tal como lo entendemos no es un valor en el Ande, la fidelidad es relativa, la convivencia a prueba antes del matrimonio (servinakuy) es parte del proceso, la mujer se deja golpear (“cuanto más te quiero más te pego”), y la lealtad es en primer lugar con el pueblo, no con los padres. Conocemos las interminables discusiones al pretender que una cultura es superior a otra.

El amor afectivo y la realización personal son parte de nuestra cultura, por eso son vitales para nosotros. Estas son las fuerzas motoras para el matrimonio hoy. ¿Podemos trasladar e imponer la prioridad de las conveniencias de los padres y decidir sobre la legalidad del matrimonio de los hijos en esos términos? Más, ¿es lícito imponer la “concordia” grecorromana o la “armonía” hebrea como ideal de matrimonio a nuestra cultura, para decidir sobre su validez? ¿Qué decir de la sumisión dócil de la mujer a la voluntad del marido? Sería un imperialismo cultural pretender imponer los ideales y valores sociales de una cultura a otra. No hay una cultura superior a otra. K.C. Hanson acuciosamente nos advierte que “si miramos a la familia etnocéntricamente es fácil confundir un modelo cultural con uno biológico”[31].

¿Por qué no se dice nada de la necesidad del divorcio cuando la convivencia es un infierno y los que sufren son los hijos? Es notorio que no se mencione a los hijos en relación al divorcio. ¿Debemos mantener la valoración de los niños que se tenía antaño? Su situación en la familia era diferente que en las nuestras: no contaban. Pero en nuestro mundo, precisamente por la importancia de los niños, el divorcio se impone como necesidad si el clima familiar es infernal o disfuncional, y también las nuevas nupcias si van a dar estabilidad y seguridad a los hijos.

¿Por qué se olvida, a la hora de considerar la sentencia de Jesús que apuntaba a principios generales basados en la idea que tenía de Dios: un padre (abba) dispuesto al perdón y movido por la compasión, pero también defensor de “la viuda, el huérfano y el extranjero” (¡la divorciada está en la misma situación que la viuda!)?

Jesús mismo no dijo nada en caso de nuevas nupcias –lo dicen Marcos (10,11s) y Mt/Lc-. Pablo deja abierto el que la parte que fue abandonada por la pagana se vuelva a casar, pero con un cristiano (1Cor 7,15). Cierto, él prefiere que no se casen, pero su razonamiento está marcado por su convicción de la pronta parusía. Él mismo indicó que hay que vivir el carisma (v. 7): “es preferible casarse que quemarse” (v. 8s).

6. El mensaje es lo que estrictamente constituye la Palabra de Dios, la cual debe hablar al auditorio que lo escucha, y que vive en una matriz sociocultural particular, no idéntica a aquella de otras latitudes o tiempos, ni de los tiempos bíblicos[32]..Palabra de Dios no es la cultura, sino los valores profundos que se transmiten En relación al divorcio, es la defensa de la integridad y la dignidad de la persona víctima del capricho de alguien. Al remitir al origen como respuesta a la pregunta por la licitud del divorcio, Jesús exhortaba a restituir la dignidad de la mujer como persona creada por Dios (notar que se trata de Dios creador) y a tomar en su seriedad como voluntad divina “la vocación” al compañerismo (independientemente de lo que condujo al matrimonio[33]).

La sentencia de Jesús sobre el divorcio no es un mandato (Genero), y lo que se dice hay que entenderlo en el contexto de la visión sociocultural de antaño sobre el matrimonio: la importancia del honor, la vida en estrecha comunidad, el trabajo complementario familiar, etc. El enfoque sociocultural lo ha puesto de relieve. Por eso, los evangelistas adaptaron la visión de Jesús sobre el matrimonio a las realidades socio-culturales de sus comunidades, y Pablo la adaptó a la situación de Corinto. Nosotros debemos hacer lo mismo, para que esa palabra de Dios siga hablando hoy.

Los juicios emitidos en base a valores Orientales, como el código de honor, deben ser reconsiderados en culturas donde los valores son diferentes, donde la primacía no es el honor sino la dignidad, que incluye el derecho a la autorrealización. Por eso, como excepción que legitime el divorcio no puede valer solamente el adulterio (Mt 19,9), sino también la incompatibilidad insuperable de caracteres que coartan esos valores, la reiterada violencia física, la negación de la libertad, y otras causales que nos han enseñado a valorar las ciencias sociales y humanas. Y no sólo se trata del divorcio como tal, sino también de la posibilidad de nuevas nupcias, como ya antaño se contemplaba cuando se hablaba de divorcio. Quien no tiene vocación de célibe debe casarse, sentenció Pablo (1Cor 7,9). Mucho antes, en Gen 2, se destacó que “no es bueno que el hombre esté solo”… y Dios le creó una compañera. Y en Gen 1 se subrayó que, creado “a imagen de Dios”, el ser humano (ha’adam) fue hecho “varón y mujer” (v. 27). Fue al Genesis a donde Jesús remitió como principio hermenéutico, y fue su profunda compasión la que le movía a defender la dignidad de las personas, especialmente las personas marginadas y maltratadas[34].

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