DADORES DE ALAS

A lo largo de nuestra vida encontramos personas que nos “dan alas”, nos incitan a desplegar lo mejor de nosotros mismos y nos sentimos mejores en su presencia. Es como si ante sus ojos pudiéramos reestrenar nuestra vida y nos muestran horizontes propios que no podíamos ni imaginar. Es un inmenso regalo recibir esto y poder provocarlo en otros.
También sabemos que puede ocurrir lo contrario. Nos acostumbramos a hacernos una imagen de los otros, los clasificamos: inteligentes o torpes, profundos o superficiales, simpáticos o aburridos… y los encasillamos bajo una apariencia que nos cuesta mucho modificar, se nos velan los ojos para la novedad con la rutina. Algo de eso debió experimentar Jesús con la gente de su pueblo. Me gusta pensar que las preguntas que le hacen: “¿De dónde le viene a éste todo eso?… ¿No es hijo de José el carpintero? ¿No están sus hermanos aquí? (Mc 6, 1-6)”, ponen de manifiesto la sencillez y la veracidad del proceso de maduración de Jesús. Su camino humano, tan humano que cuesta creerlo. Uno de tantos, como la gente corriente entre la que vivía, sin señalarse por nada especial, creciendo poco a poco.

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