Cumbia y funk en clave política

HONGOS

Se trata de internarse en el campo barroso de un mundo que descansa en los márgenes, allí donde la ciudad se enmaraña en su paisaje favelado. Los jóvenes cantan como en cualquier otro lugar, como lo han hecho siempre, para divertirse pero también para tomar la palabra, para plantarse en un mundo que los mira con apasionada hostilidad.

Estudiar la cumbia villera y el funk carioca desde una cátedra libre de Estudios brasileños, supone no dejarse llevar por los temas que se escuchan en una fiesta de clase media, que sorprenden en la televisión o en la radio con su lenguaje descarnado, con su modo de contar sin filtro aquello que también se muestra sin pudores en el cotidiano de una villa o una favela, sino tratar de entender estas expresiones musicales dentro de un territorio que las envuelve y las hace posibles, que las descubre como manifestaciones sociales.

“Me interesan por tratarse de cuestiones que no son objeto de un reconocimiento académico”, explica Eduardo Corbo Zabatel, director del proyecto que se desarrolla en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. “Me parece que vale la pena pensar, reivindicar porque tienen algo de una verdad, de una subjetividad colectiva que exceden lo fenoménico de lo que podemos ver cuando escuchamos a alguien cantando un tema de cumbia villera o de música funk. Cuando uno escucha con la cabeza abierta y contextualiza en términos históricos, se encuentra con que ahí hay una racionalidad y una lógica, bastante más compleja, que se articulan con otras cuestiones de menor densidad cultural como la explotación económica de esta música”, agrega.

Esta música se filtra en los salones de otros sectores sociales a partir de diversos mecanismos de consumo que despiertan cierta curiosidad morbosa pero también un encantamiento por su ritmo fiestero y desvergonzado. En la Argentina nace con la crisis de 2001 donde la pobreza y la marginalidad se habían convertido en un modo de nombrar lo nacional y se amoldan a ciertas producciones estéticas que buscan en los chicos que toman cerveza en la calle y cantan cumbia a los protagonistas de sus historias. “Cuando se llega a los medios ahí hay que retocar” –interviene Corbo Zabatel– “tanto en el funk como en la cumbia hay un retoque de las letras. Eso que se potabiliza en los medios masivos se mantiene en el espacio privado de la bailanta suburbana o de la favela, hay una adaptación que da cuenta de cierta inteligencia”.

Surge el conflicto porque en esas voces desentonadas brotan palabras que son intolerables, prohibidas, representaciones de una identidad que a veces parece jugar escandalosamente con el estereotipo, con la construcción ingrata e insultante que la ideología del sentido común construye sobre los letristas de cumbia.

“Sí, pero un estereotipo en el que el villero se reconoce y del que no reniega” y Corbo Zabatel recuerda uno de sus papers donde resuenan las palabras subalterna, marginal y periférica “Es la apropiación del adjetivo descalificador como elemento de identidad. La reivindicación de la condición de favelado o de villero son fuertes, con todo lo que ello conlleva. La reivindicación del delito como una forma de vida, incluso un trabajo, de una confrontación con la autoridad que representa la policía, en el caso de las villas argentinas y el ejército en el caso carioca, son un conjunto de cuestiones que le dan cierta comunidad a la cuestión y marcan una territorialidad. El calificativo villero que usan los sectores medios, incluso los sectores bajos no villeros, es empleado por los propios pibes en la escuela para descalificar al otro como villero, viviendo también en la villa. Son esos significantes cuyos sentidos se van deslizando y no sabemos dónde terminan y dónde se resignifican y se cargan de contenido. Yo lo pensaría como una categoría vacía que se puede llenar con lo que se quiera”.

En esa actitud performática que tienen el funk y la cumbia se rastrea una lectura de lo político que muchas veces desilusiona al espacio académico. Los jóvenes realizan una celebración de sí mismos que no siempre admite la crítica, una voluntad de transformación o una aspiración a imitar las conductas de otras clases.

¿Qué ocurre entonces cuando ese investigador es llevado a un límite frente a palabras que destilan machismo, que inquietan su ideología de universitario progresista? “Se aborda desde el punto de vista analítico descriptivo”, argumenta el profesor de historia y licenciado en psicología. “Son construcciones de significado que se producen en un contexto determinado, tienen sentido y valor en ese contexto, extrapoladas pierden sentido, me parece que todas las miradas contextualistas en el campo de la psicología son bien interesantes para entender estas cuestiones. Cómo los significados están negociados en una comunidad”.

Este trabajo comparativo, que se nutre de la experiencia de la Universidad Federal de Río de Janeiro, se enfrenta a la disparidad de una forma dispersa, casi agonizante, como es el caso de la cumbia villera, mientras que el funk carioca “está vivo y coleando”, afirma Corbo Zabatel ante ese ritmo que nace en 1985 –con el fin de la dictadura–, “en un momento donde la sociedad brasileña vive una de sus mayores fisuras sociales. Tiene una vida que no tiene la cumbia villera. En los territorios favelados ocupados por el narcotráfico, el funk tiene un peso muy grande y en las canciones se explicita. Los modos de circulación de la cumbia villera y del funk son parecidos, cualquier grupo sube su material a Internet, además de la circulación en el mercado pirata. El funk está en un momento importante, fuerte, quizá porque no han cambiado las condiciones de vida en las favelas”.

Del mismo modo, las universidades cariocas y bahianas se interesan por este fenómeno como material de estudio “Ellos tienen el tema de la afro descendencia como un componente fuerte que hoy es una cuestión central, no se avergüenzan: basta escuchar buena parte de la música popular brasileña. No es el caso nuestro, nosotros somos más vergonzantes.”

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