Cultura e identidad

HONGOS

Por qué las ciudades fueron tan importantes en la historia de la humanidad? Porque fueron nodos de intercambio, capaces de generar el encuentro de personas, el intercambio de bienes y saberes, lo que propició su crecimiento y el despegue del ámbito rural. Las ciudades siempre han sido nodos de intercambio; cuando ese nodo supera lo meramente fáctico –el vínculo comercial– se está en condiciones de incorporar la cultura del otro, articular lo diverso y sumar nuevo conocimiento.” Desde la perspectiva de la arquitecta Silvia Fajre, es la cultura, “la articulación de la diversidad”, la que da su estatuto privilegiado a la ciudad y no viceversa. Esa convicción no deja de ser una aspiración más vasta: “En un mundo de grandes diferencias, el mundo de la cultura podría ser un idioma común”.

Arquitecta, especializada en planificación urbana, Fajre se desempeñó por décadas en el ámbito estatal: fue subsecretaria de Planeamiento y la primera subsecretaria de Patrimonio Cultural antes de asumir como ministra de Cultura (entre 2006 y 2008). Hoy, además de dedicarse a la docencia en diversas universidades, dirige una consultora “cuyo campo de actuación es la interfase de Cultura y Territorio”.

¿De qué manera el territorio pasa a ser una variable a considerar por la gestión cultural?
La idea es que determinados tesoros que existen en un territorio puestos a hacer sinergia revelan una fortaleza increíble. Hay áreas que tienen una enorme densidad patrimonial y dinamica creativa, que cargan valor simbólico, arquitectónico, histórico; todo esto combinado se vuelve un fuerte imán. Actividades como Estudio Abierto –en la que los artistas de una zona, como San Telmo, abrían las puertas de sus casas, talleres y galerías de arte– dan visibilidad a un territorio, muestran y potencian su caudal cultural.

En Buenos Aires, ciudad de gran afluencia turística, ¿cómo planificar cultura que conforme al mercado local y al visitante?
En Buenos Aires, la cultura es un rasgo distintivo. No muchas ciudades del mundo pueden mostrar esta enorme diversidad de oferta cultural. El urbanista Toni Puig dice que Berlín, París, Nueva York y Buenos Aires son las ciudades con mayor oferta cultural, por su variedad y calidad. Nosotros estamos tan inmersos en esta oferta que muchas veces no nos damos cuenta, o no nos parece extraordinaria; pero lo es. Buenos Aires tiene una combinación de equipamientos culturales muy visible, una capacidad creativa enorme y un público ávido de consumir cultura. A veces pienso que la sucesión de crisis que hemos vivido revelaron la fortaleza de la cultura. En el 2001, la cultura fue un refugio, un baluarte de identidad para una sociedad que sentía que su país se rompia en pedazos. Lamentablemente, creo que hoy no se reconoce ese motor.

En las últimas décadas hubo una manifiesta fragmentación de la ciudad. ¿Cómo afecta esto a un proyecto de cultura?
Hubo un crecimiento geométrico de los asentamientos urbanos y hoy cerca de un tercio de la población del país habita en el área metropolitana. Aun así, al movimiento de suburbanización se le opone hoy una tendencia a la recuperación de las áreas centrales, que es todavía tibia en la Argentina, pero muy fuerte en otros países. Se la considera una opción más sostenible, porque la expansión suburbana consume territorios, energía y tiempo. Recuperando las áreas centrales no sólo se vuelven las ciudades más sostenibles, sino que se retoma la esencia de la ciudad, que es el intercambio, la relación con el otro. Si esto no se da no tenemos ciudad, sino un mero conjunto de edificios. Por ser capaz de reunir colectivos muy distintos en edad, actividad, origen social e intereses, la cultura debe ponerse como objetivo propiciar el encuentro de los distintos grupos sociales, ser espacio de articulación y cohesión.

Las políticas tendientes a volver más cohesionados a los diversos fragmentos de la ciudad no parecen muy activas.
Me animaría a decir que sí hay muchas cosas que se han hecho, pero son insuficientes, en la medida en que deba pensarse otro modelo de desarrollo. No es cuestión de buscar respuestas cada vez más sofisticadas desde el punto de vista tecnológico. Tal vez haya que repensar lo urbano en relación al territorio y a las inequidades sociales y culturales que en él se dan. Creo que la cultura y la educación son las mejores cartas que tenemos para favorecer la cohesión social. La educación, a largo plazo; la cultura, a corto plazo. Es cierto que puede darse inclusión a través del empleo, pero la inclusión no genera necesariamente cohesión social.

¿Cómo se piensan políticas desde el eje cultura-territorio?
Las actividades culturales tienen una localización territorial. Muchas veces, aisladas no tienen tanta relevancia, pero si uno las vincula por proximidad territorial obtiene un circuito patrimonial y cultural. En San Telmo hay un circuito de valor patrimonial, más 18 museos, más varias galerías de arte. Enfocar el territorio puede llegar a dar mucho más atractivo a las políticas culturales que si se trabajan en forma independiente. Uno puede trabajar puntos aislados, como el Museo Nacional de Bellas Artes, que tiene gran peso gravitacional, pero si se coordinan acciones del MNBA, el Palais de Glace y el Centro Cultural Recoleta, todo junto tiene mayor fortaleza que cada uno en forma independiente. Al armar una red territorial, se produce una atracción por acumulación y es el territorio el que convoca. Así se desarrollan los polos gastronómicos, por ejemplo, donde el territorio mismo se convierte en atractivo. La cultura funciona de la misma manera.

La planificación articulada en red se opone a la idea de cultura ministerial. ¿Cuánto pesa la burocratización de la cultura en Buenos Aires?
El potencial cultural de una ciudad no está en las oficinas de su gestión sino en el talento y la creatividad de su gente. Una gestión cultural debe movilizar sus recursos y capacidades técnicas para apuntalar el desarrollo y facilitar la fuerza creativa que la sociedad tiene, pero no creo en la cultura oficial que baja del ministerio hacia la población. Esa es una visión superada. No creo en los procesos de democratización de la cultura, porque implica suponer que alguien tiene la cultura y se la entrega a la gente. La gente, los artistas, ya son la parte más importante de la construccion cultural. El Estado debe actuar estratégicamente en ese sentido: fortaleciendo la calidad artística, con infraestructura que cobije ese talento, movilizando la red cultural, facilitando la creatividad.

¿Piensa que el espacio público es hoy lugar de disputas –pienso en las batallas en pro y en contra del enrejado de los parques—más que de cohesión?
Es cierto que hoy parece ser un lugar de disputa, pero cuando logremos revertirlo y recuperar el espacio público, vamos a tener una ciudad habitable, amigable, vinculante. La ciudadanía debe recuperar activamente el espacio público, con propuestas inclusivas, articuladoras. En cuanto al caso de los parques, voy a confesar que he sido la más acérrima detractora de las rejas en espacios públicos; sin embargo, tengo que aceptar mi derrota. El uso vandálico del espacio público volvió en muchos casos necesarias a las rejas, cosa que no me gusta admitir. Pero así como hay vandalismo, hay afecto y reconocimiento por la ciudad. Por ejemplo, mi experiencia me dice que en cada barrio la gente identifica su patrimonio, sabe qué es lo que la representa y lo defiende. Muchas veces, los vecinos señalaban cosas que los mismos técnicos que trabajaban en patrimonio desconocían. La gente elige su patrimonio y elige protegerlo.

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