Cuerpos desnudos e indefensos

A ciertos sectores de la izquierda parece reconfortarles mucho atribuir a sus adversarios electorales de la derecha las actitudes más cerriles e hipócritas en cualesquiera ámbitos de la vida social, como si esa sola atribución bastara para liberarles a ellos de la necesidad de especificar y justificar su posición ante los mismos asuntos. Parecería como si el argumento de fondo, nunca del todo explicitado, que les proporcionara tan pasmosa tranquilidad fuera de un orden análogo a éste: cualquier cosa que podamos proponer siempre será –casi por definición– mejor que lo que propongan esos otros.

Quizás uno de los problemas ante los que semejante actitud se hace más evidente es ante el problema de la prostitución. No basta con decir que lo que hacen los conservadores es tapar el problema, intentar esconderlo sin ir a las raíces.

Ni siquiera es suficiente con señalar la necesidad de tomar en consideración las condiciones sociales que se encuentran en el origen de un fenómeno como el del comercio sexual, por más que esta indicación resulte del todo inexcusable para un adecuado tratamiento de la cuestión. Es necesario también explicitar los supuestos teóricos, el punto de vista y los valores desde los que se está hablando.

Por supuesto que al decir esto último no se está haciendo referencia al hecho de que, en una enorme (según algunas estadísticas, casi abrumadora) cantidad de casos, las condiciones en las que se lleva a cabo la prostitución son de auténtica explotación, pudiendo ésta llegar a alcanzar unos niveles que merecerían la calificación de esclavitud. No creo que a nadie se le plantee alrededor de este asunto el menor problema de orden doctrinal.

Cuando éste si parece plantearse es cuando se examina el mismo fenómeno desde otro ángulo, tal y como ha hecho en alguna ocasión el filósofo y todavía eurodiputado por la Italia de los valores, Gianni Vattimo.

A juicio del pensador italiano lo que está expresando el generalizado y espontáneo rechazo de la prostitución es el hecho de que en nuestras sociedades, a pesar de las apariencias, el sexo no está todavía desacralizado, desecularizado, siendo la tendencia dominante la de verlo como algo que pertenece a la órbita de lo religioso.

Una cosa parece ser cierta: si realmente de lo que se tratara fuera únicamente de una cuestión de explotación abusiva, el problema quedaría resuelto a base de regular y organizar la actividad, homologándola a cualquier otra prestación de servicios. Desde esta perspectiva, incluso cabría avanzar en propuestas –según quienes las plantean, inequívocamente progresistas– como la de, una vez convertida la prestación en tan libre como cualquier otra, promover la organización de cooperativas de prostitutas.

Probablemente lo más útil de la propuesta sea que permite afrontar el problema ideológico de fondo que aquí parece encontrarse en juego. La hipótesis de una relación de intercambio de sexo por dinero no mediada por la explotación (o, al menos, no por más explotación que la existente en el resto de las actividades sociales) acaba por convertir en ineludible la pregunta: ¿se puede considerar la prostitución bajo el mismo modelo que cualquier otra “relación entre adultos” o, por el contrario, debemos entender más bien que el vínculo que en ella se establece es en sí mismo degradante y, en consecuencia, la figura bajo la que esa transacción debe ser analizada es bajo la figura de situaciones como las de los malos tratos, que la sociedad considera condenables en sí mismas, por más que los involucrados las admitan?

Regresemos al principio. Sin duda, a más de uno (y, sobre todo, una) le parecerá que, en las actuales circunstancias, reparar en esta dimensión, casi especulativa, del problema no constituye en absoluto una prioridad. Pero tal vez que sea o no una prioridad depende en gran medida de la situación de cada cual.

El propio Vattimo lo planteaba en unos términos francamente descarnados, pero no por ello menos dignos de atención: “Cuando tienes una cierta edad, no es fácil hallar sexo. ¿Hay que condenar sin sexo a millones de personas sólo porque sigue divinizado, secuestrado por lo sagrado?”.

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