Cromañon redefine el «aguante» del rock

Los hijos del rock se asumieron como jóvenes fiscales que interpelan a los funcionarios y a los gerentes de los boliches involucrados en el desatino.

Cromañón se inscribe en las amarguras que el rock ha enhebrado a lo largo de décadas mediante sus muertos y sus perseguidos por la represión policial y por la incomprensión de tantos adultos. Nómadas tras sus bandas, los adolescentes rockeros siguen el camino de los recitales allí donde ellas se trasladen, con la certeza de que esa fidelidad es el soporte de sus íconos.

La cultura rock sostuvo a todos y a cada uno de sus acólitos; también por eso es preciso comprender el aguante que no se limita a un grito en clave, sino que instituye la resistencia imprescindible, diferente del capricho coyuntural o de la embestida fanática. El aguante —que sobrepasa el «bancar» popular— se originó en el guante de hierro que usaban los guerreros medievales y se extendió en la idea de detener una cuerda que se escurre y de resistir una tempestad. El verbo aguantar se encuentra en textos venecianos del año 1300 aludiendo a mantener algo firmemente en el puño, sin soltarlo; el aguante promovido por el lenguaje juvenil constituye un ejemplo de responsabilidad: no soltar lo que debe ser sostenido, no dejar escapar aquello que arriesga escurrirse, soportar los temporales. Aguantar quiere decir permanecer allí, en el lugar exacto de lo que debe hacerse y reclamarse.

Reclamar por responsabilidades incumplidas al mismo tiempo arriesga la ilusión de creer que la irresponsabilidad reside en lo que tenemos a la vista; sin embargo, hace tiempo que estamos inmersos en una ciénaga de argumentos inadecuados e insuficientes —algunos domésticos y otros técnicos— que buscan justificar por qué vivimos en permanente estado de resignación ante desidias y abusos del orden de lo privado y de lo público. Afirmación que excluye a las personas que sistemáticamente denuncian y alertan buscando corregir este estilo de vida.

Responsabilidad implica respuesta, de allí su origen latino «respondere». Se responde cuando alguien ha sido interrogado pero ése es un segundo momento, puesto que la responsabilidad comienza con la pregunta que cada quien se hace —o no se hace— a sí mismo evaluando su capacidad para aportar respuestas válidas referidas a su trabajo o a su apuesta empresarial.

Prever que algún cliente solicite respuestas depende de la calificación que elijan funcionarios y empresarios para caracterizar a los beneficiarios de sus actividades. Si el público que asiste a los recitales está evaluado como «los que me producen ingresos económicos» o como «los pibes rockeros» o como «la gente que no es como yo», también las responsabilidades que convoquen corresponderán a tales perspectivas descalificantes. Se referirá a gente que no tendría por qué disponer de agua en los baños, salidas de emergencia, decorados no inflamables y espacio para moverse. Una vez definido y descripto el sujeto por el cual se deberá ser responsable se construirá la índole de responsabilidad que le corresponda.

Un accidente semejante también podría ocurrir en establecimientos que convocan a otros públicos. Pero yo hablo de Cromañón, así como en décadas anteriores hablaba de otros jóvenes en una sociedad diferente. La que conocieron las primeras bandas y el primer público del rock que entonaban canciones que se oponían a un sistema que incluía una concepción de los ordenamientos sociales que ha colapsado. Hoy la poesía de las bandas remite a la incertidumbre y al desencanto ante un mundo que desdeñan.

En el rock inaugural el espectáculo se focalizaba en el escenario donde luces, humos y estallidos estaban regidos por la producción del show; hoy el espectáculo se comparte con el público que, enamorado de sí mismo, se ensalza y se consagra en el amontonamiento, en el cuerpo a cuerpo que mantiene su eficacia desde la fundación del rock y que es necesario recrear para cantar acompañando a la banda.

Es el aire que se inspira y se emite, es la música y las letras que circulan por los cuerpos e identifican a este público que enhebra sus alientos respirando compromiso y alegría. Traicionado hoy por el tóxico que invadió los mismos circuitos.

Mientras los jóvenes se mantuvieran en ese nivel, el maltrato empresarial estaba garantizado, ya que los rockeros están acostumbrados a soportar todo. Ahora ese «todo» adquirió otro significado porque incluye las carpas que instalaron los sobrevivientes, los familiares y amigos marchando entre banderas y llantos silenciosos, la Justicia desbordada por las denuncias y los turistas tomando fotos del santuario; ahora las víctimas de Cromañón no pueden ser pensadas sólo en clave de dolor ni de juicio y castigo, sino como eficacia del aguante en tanto hecho sociopolítico: aguantar es lo que define la resistencia cuyos protagonistas son adolescentes y jóvenes, los vivos y los muertos.

La masacre (que es la palabra que los chicos eligieron para hablar del tema) adquirió dimensión desordenante en tanto y en cuanto la circunstancia política tuvo que reconocerla como inquietante, capaz de conmover las garantías de la gobernabilidad.

Las víctimas se posicionaron como protagonistas políticos al sacudir las seguridades con las que se contaba en tanto sociedad organizada e instalaron una nueva agenda que incluye el aguante. El aguante de los jóvenes sólo podrá ser el que ellos elijan y no el que se les imponga.

El guante brutal de los guerreros medievales es ajeno a los chicos de Cromañón, pero es el que cotidianamente se calzan quienes ofenden a las víctimas acusándolos como padres irresponsables por llevar consigo a sus hijos pequeños. Ignorando —más allá de su pretensión pedagógica— que los adolescentes hijos del rock son también padres del rock y comparten con sus niños la cultura rockera que los involucra en el deseo de compartir aquello que esos recitales significan.

La conclusión que obtienen —»son responsables por las muertes de esas criaturas»— consagra la sanción impiadosa de quienes utilizan la misma lógica de aquellos que calificaron al público pensando «no es gente como uno».

Como siempre, soportando malevolencias e incomprensiones, se trata de aguantar permaneciendo allí, los ausentes y los presentes, en el lugar exacto de lo que debe exigirse: esa es la agenda moral que estos hijos del rock han incorporado a la vida.

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