Cromagnon, Estado sin república.

En el Estado Cromagnon se lincha a los victimarios. En una república esto no es así si todos son ciudadanos. Pero los jóvenes padecen exclusiones, y el rock, con una estética Cromagnon, expresa el anhelo de inclusión.

El diccionario de María Moliner define así al oxímoron: «figura retórica que consiste en la unión de dos palabras de significado opuesto». El empresario de la noche Omar Chabán eligió un oxímoron para bautizar a su última criatura: República Cromañón. La República alude a los ideales libertarios de la Revolución Francesa, al contrato social que hace de todo habitante un ciudadano, a los derechos universales. Cromagnon, en cambio, alude a un eslabón en la cadena evolutiva, un ser pretotémico que no es capaz de formular ni de atenerse a normas que limiten de algún modo sus impulsos, y no concibe todavía las ventajas de vivir en sociedad.

Los jóvenes que concurrieron la fatídica noche del 30 de diciembre a República Cromañón, también eligieron actuar un oxímoron: ser todos Callejeros en un lugar cerrado, ser libres en una trampa mortal. La banda de rock prometía transpirar libertad en un ritual colectivo, pero previamente sus seguidores debían pagar la entrada a un sitio sin salida que, como el infierno del Dante, merecía advertir «abandonad toda esperanza vosotros que entráis». El horror en el que voluntariamente se inscribieron, permite medir la magnitud del horror del que huyen cotidianamente. Como de contrabando en tal infierno, si algo llevaban consigo esos chicos era esperanza. Esperanza de un tiempo para ellos, sin controles, comunicándose entre sí y formando parte de algo grande, donde la garganta se abre y el cuerpo vibra, y donde alguien canta poniéndole palabras a sentimientos que no saben expresar pero que actúan. Claro que también llevaron bengalas, y las arrojaron aunque estaba prohibido. Es que transgredir es parte del código.

Podríamos preguntarnos si ese código, el código rockero, pertenece a la República o a Cromagnon. Yo creo que para que haya transgresión, lógicamente tiene que haber norma. Si esa norma (ejemplificada en la Constitución, nuestro contrato jurídico básico) es representativa de los intereses que ha consensuado toda la sociedad, la transgresión es un delito. Si en cambio la ley es la astucia de los poderosos para controlar y explotar segmentos sociales enteros, la transgresión es resistencia civil, rebeldía ante la opresión. ¿Les permitimos a los jóvenes sentir que las leyes, la Policía, los funcionarios y los políticos están velando sus derechos, tomando en cuenta sus intereses, garantizándoles el futuro?

Para fundar una sociedad hace falta, en primer lugar, delimitar quiénes serán considerados ciudadanos. Es un pacto moral previo al contrato, que dice quiénes cuentan en la convivencia. Si ese pacto moral no es inclusivo, la república es una mentira. La Revolución Francesa no fue inclusiva, nuestra República fundada en mayo de 1810 tampoco lo fue, y estamos en deuda ciudadana con un explícito pacto moral incluyente. El contrato es no sólo un pacto fraterno, en el que nos comprometemos a respetar ciertos derechos básicos, sino también un pacto de poder que le reconoce a la autoridad elegida para ello, la facultad y obligación de controlar el cumplimiento del contrato. Si los ciudadanos no respetan las normas y no se comportan solidariamente entre sí, el pacto está roto. Si las autoridades dejan impunes las violaciones, también se rompe el pacto. Y entonces regresamos al Estado Cromagnon. En el Estado Cromagnon no se juzga a los victimarios, sencillamente (si la relación de fuerzas las ayuda) las víctimas los linchan; porque no hay autoridad que haga de árbitro en el respeto a los derechos de cada uno. No hay reglas, es todos contra todos.

Idealmente, el Estado Republicano no permite llegar a esos extremos. Pero para que así ocurra, todos los habitantes tienen que ser ciudadanos; y los jóvenes que concurren a ése y a otros recitales están lejos de serlo. Padres adolescentes, primeras víctimas de violencia y accidentes, expulsados de la escuela y del trabajo pero incluidos en el consumo de tabaco, de drogas y de alcohol, e incluso de aquellas mercancías que les prometen protestar contra una sociedad consumista, reclaman a los gritos lo que les corresponde por derecho. Con una estética Cromagnon, piden su inclusión en la República.

A la inversa, los irrespetuosos empresarios, políticos y funcionarios habituados a sacar partido de la anomia, regidos por el más crudo y cínico autointerés o en el mejor de los casos la burda defensa tribal corporativa, pedirán (como los genocidas de la dictadura) ser tratados con todas las garantías de la República.

Comparto con mis hijos (y cualquiera de estos jóvenes pudo serlo) la pasión y la filosofía del rock. Que es una pasión ciertamente republicana, pero no de una república careta. Como resumía tan bien el legendario Peter Townshend, de The Who: «si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal, pero no pide sangre para redimirlo, entonces es rock and roll».

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