Crisis de Dios, conversión y credibilidad

Un reciente memorandum de teólogos alemanes, austríacos y suizos pone en discusión el futuro de la misión de la iglesia a partir del replanteo de varios aspectos como las estructuras de participación y la libertad de conciencia.Con el título “Iglesia 2011: Un resurgimiento necesario”, hace poco más de un año un grupo de teólogas y teólogos de diversas universidades alemanas, austríacas y suizas llamaron la atención pública con un Memorandum en el que, a raíz de los graves escándalos de abusos sexuales, instaban a plantearse otros problemas de fondo que en apariencia no tienen una relación inmediata con esa terrible tragedia que azotó a la comunidad eclesial. Desde entonces, la iniciativa ha cosechado el aval de otros colegas de diversas nacionalidades, incluidos varios países latinoamericanos. La iniciativa transparenta una genuina preocupación por la Iglesia y por el futuro de su misión en la sociedad. A diferencia de la “Iniciativa de los párrocos”, nacida en Austria, el Memorandum no convoca a la “desobediencia” sino que se autocomprende como expresión de la responsabilidad que les cabe.
El breve texto enumera seis ámbitos que requerirían un replanteo impostergable. Cada uno incluye diversas cuestiones concretas que deberían estar en la agenda de la discusión. Sintetizo sus puntualizaciones:
-Estructuras de participación: según el principio antiguo de derecho, “lo que concierne a todos, debe ser decidido por todos”, se necesitan más estructuras sinodales en todos los niveles. Los fieles deben participar en el nombramiento de ministros ordenados importantes (párrocos, obispos).
-Comunidad: por la escasez de sacerdotes se construyen cada vez unidades administrativas más grandes, “parroquias XXL”, en las cuales ya no puede experimentarse cercanía y sentimiento de pertenencia. Los fieles se distancian si no se les confía corresponsabilidad en estructuras democráticas de la dirección de su comunidad. La Iglesia necesita también sacerdotes casados y mujeres en el ministerio eclesial.
-Cultura de derecho: el derecho canónico solamente merece este nombre si los fieles realmente pueden hacer valer sus derechos. Urge una cultura jurídica, primer paso para avanzar es la creación de una jurisdicción administrativa eclesial.
-Libertad de conciencia: el respeto a la conciencia personal significa tener confianza en la capacidad de decisión y responsabilidad de las personas. Esto concierne sobre todo al área de las decisiones personales y de los estilos de vida individuales. La elevada valoración eclesial del matrimonio y del celibato está fuera de discusión, pero no implica excluir a personas que viven responsablemente el amor, la fidelidad y el cuidado mutuo en una relación con otras personas del mismo sexo o a aquellos divorciados y vueltos a casar.
-Reconciliación: la solidaridad con los “pecadores” supone tomar en serio el pecado en las propias filas. La Iglesia no puede predicar la reconciliación con Dios sin crear en su propio obrar las condiciones de reconciliación con aquellos frente a los que ella misma se ha hecho culpable: por violencia, por privación de justicia, por perversión del mensaje liberador de la Biblia en una moral rigorista sin misericordia.
-Celebración: la liturgia vive de la participación activa de todos los fieles. Experiencias y expresiones actuales tienen que tener su lugar. La pluralidad cultural enriquece la vida litúrgica y no centralista. Solamente si la celebración de la fe incorpora situaciones concretas de la vida, el mensaje eclesial llegará a las personas.
Crisis de Dios y crisis eclesial
La publicación del escrito suscitó innumerables reacciones, tanto a favor como en contra. Una de esas respuestas fue un importante artículo del cardenal Walter Kasper en el que sale al encuentro de sus colegas teólogos. En un tono prevalentemente defensivo, el antiguo obispo de Rottenburg-Stuttgart, entre otros interesantes argumentos, menciona un olvido que, a su juicio, es altamente llamativo en el Memorandum: en el diagnóstico de la situación los teólogos habrían olvidado hablar de la “crisis de Dios” que caracteriza nuestro tiempo.
Si bien afirma que nadie puede desconocer que nos encontramos ante una verdadera crisis de la Iglesia, Kasper prefiere poner el acento en otro punto: la crisis de la Iglesia es en realidad una consecuencia de la crisis de Dios. En esto se apoya en la obra de Johann Baptist Metz: “Yo me pregunto cómo, siendo teólogo, se puede hablar de la situación presente y de sus necesidades, sin mencionar lo que J.B. Metz ya hace años ha llamado la crisis de Dios” 1.
El padre de la teología política ha tematizado la “crisis de Dios” y le ha atribuido un lugar fundamental en su lectura del cristianismo actual.2 No obstante, el mismo teólogo se distancia de la objeción de Kasper y no se reconoce plenamente en la interpretación de éste. Para Metz, el Memorandum toca la causa de la crisis (“pone la mano en la herida”) y lamenta que la Iglesia no se plantee el problema de su propia contribución a la “crisis de Dios”.3
Todo intercambio de opiniones es estimulante para la reflexión. La fugaz carta de Metz parece traslucir una manera de leer la “crisis de Dios” que no evade la pregunta por la responsabilidad que le cabe a la Iglesia. Pareceríaser coherente con su propuesta de una
“mística de los ojos abiertos”. De sus últimas expresiones se puede deducir que el discípulo de Rahner entiende que la relación entre ambas –crisis de Dios y crisis eclesial– es más compleja que la de causa-efecto. Ambas concurren simultáneamente y se retroalimentan. En la respuesta de Kasper, en cambio, parece percibirse un peligro sutil: la mono direccionalidad esgrimida (la crisis eclesial, fruto de la crisis de Dios) podría llevar fácilmente a subestimar un dato evidente de la dirección contraria: el vínculo existente entre la vida de la Iglesia y la disponibilidad –por parte del hombre– a acoger al Dios que anuncia.
Su testimonio de coherencia, el espíritu genuinamente evangélico de sus prácticas y de sus estructuras contribuirán siempre a la aceptación de su mensaje. Por el contrario, sus falencias, sus estructuras insuficientemente evangelizadas, sus lentitudes o sus descuidos pueden convertirse en un instrumento al servicio de la crisis de Dios. No se puede separar lo que Dios ha unido. En este sentido, algunos años atrás, la filósofa española Adela Cortina, en unas jornadas de reflexión en la facultad de teología de San Miguel, hacía referencia sugestivamente a esta realidad: “¿Qué Dios habremos predicado si cuando se declaró su muerte, en lugar de llorar, muchos aplaudieron de alegría?”. Es una pregunta incisiva que quizás debamos plantearnos más a menudo. ¿Qué Dios dejamos traslucir no sólo desde el ambón sino también desde la manera de pararnos en la sociedad y de comunicarnos? ¿Qué Dios se manifiesta en nuestras estructuras, en nuestras opciones, en nuestros acentos? Puedo comprender que el Dios que se “revela” en algunas formas de “pastoral beligerante” no sólo no suscite la mínima atracción en muchos de nuestros contemporáneos sino que también los condicionen de manera significativa para una vida de fe. Plantearnos el rol que nos cabe en la crisis de Dios es un ejercicio y una actitud que quizás hoy tenga una urgencia particular. Lo que no se asume no se redime.
Conversión y credibilidad
El Memorandum pone sobre el tapete una consideración imprescindible que va más allá de la problemática vivida en el país que lo vio nacer: la Iglesia tiene la inmensa responsabilidad de hablar del Padre de Jesucristo a los hombres. Nada de lo que haga o deje de hacer será irrelevante en relación al fruto de esta misión; ninguna de las formas que asuma, de las actitudes que tome o de las estructuras que implemente serán indiferentes o inofensivas para su credibilidad. Ésta tiene siempre una relación directa con el espíritu evangélico de toda su praxis.
Por ello es vital una discusión real en su seno, incluso sobre temas incómodos. Es poco creíble una Iglesia que sólo proponga el diálogo ad gentes pero que no logre encarnarlo con decisión y madurez ad intra. En este sentido, se puede estar en desacuerdo con algunos o varios puntos del Memorandum, pero no se puede evadir la obligación de afrontarlos y de escuchar. Cuando Salomón le pide a Dios la sabiduría para poder regir a su pueblo, lo hace con una expresión elocuente: “Concede a tu siervo un corazón que escuche” (1 R 3, 9). Ninguna de las propuestas concretas está desprovista de argumentos o razones importantes que haga imposible su discusión. Los avances de la exégesis y de la teología de los últimos tiempos como así también el aporte valioso de la ciencia nos brindan importantes herramientas y nuevas luces para un discernimiento más aquilatado en innumerables campos.
Pretender que el diálogo sobre algunos puntos esté ya definitivamente cerrado es condenarnos al aislamiento y a la pobreza del pensamiento único. Ello tiene que ver con el cambio de mente queimplica la conversión a la que todos estamos llamados, requisito sine qua non para acoger el Reino (Mc 1, 15). A la luz de la historia remota y reciente no me animaría a repetir que la Iglesia es “experta en humanidad” 4. No porque ponga en duda que le ha sido confiado el don de la Palabra (DV 10) sino más bien porque no querría inducir a una falta de vigilancia. La asunción ingenua y acrítica de ser en dad” (1 Tm 3, 15), desconociendo que “nuestra comprensión del Evangelio es siempre histórica” que “debe por lo tanto dejarse interpelar por los procesos culturales y las nuevas situaciones que ellos generan”5, no rara vez nos ha llevado a cometer errores que han dejado secuelas graves para la credibilidad. Con ello no creo conceder ventaja a la “dictadura del relativismo”. Simplemente quisiera poner de relieve que también la “dictadura del absolutismo” le hace daño a la Iglesia y a la sociedad.
Una negación más o menos sistemática al diálogo sobre temas que, al menos, tienen suficientes fundamentos como para ser discutidos y tratados de manera responsable, no estaría muy lejos de esta actitud.
En estos días ha tenido lugar en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma un simposio internacional sobre prevención de abusos: “Hacia la curación y la renovación” reza su lema6. Con una claridad histórica, altas personalidades de la Iglesia se han pronunciado de manera ejemplar y han buscado caminos concretos de crecimiento. Se ha escuchado el testimonio conmovedor de una de las víctimas. Algunos medios calificaron el hecho como
“una revolución copernicana querida por Benedicto”7. Nadie dudará en reconocerlo como un signo fuerte y un paso fundamental en la ardua tarea de reparar las heridas y de reconstruir credibilidad. Pero es una semilla que dará sus frutos si se convierte en un hábito constante.

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