CONTROLAR PARA ESTAR MEJOR

Inteligencia emocional
Controlar para estar mejor
El coeficiente intelectual elevado de alguna persona no es garantía de nada. La inteligencia conoce otras vertientes que no pasan por la capacidad de memoria, comprensión, atención, etc., sino que implica también el manejo de algo que es inherente al hombre: las emociones. Su adecuado manejo puede poner a alguien en un mejor lugar en la vida.

Binet (1857-1911) fue uno de los primeros en realizar un test para medir la inteligencia a través de la psicometría. Lo que él pretendía era establecer una guía que permitiera identificar entre los alumnos franceses a aquellos que tendrían dificultades en seguir el ritmo y los contenidos educativos propuestos como deseables por el sistema. Su temor (bastante fundado, por cierto) y aquello que quería evitar era que su instrumento derivara en una forma de etiquetar y frustrar, así, las posibilidades de muchos niños. Consultado sobre qué es la inteligencia, se despachó con una frase que perdura: “La inteligencia es lo que mide mi test”.
Con ello quería significar que la inteligencia, lejos de tratarse de un concepto unívoco, posee aristas y pliegues muy difíciles de asir, lo que da como resultado que, pese a que todos tenemos un concepto acerca de lo que ella significa y utilizamos el adjetivo “inteligente” para referirnos a alguien capaz de relacionar conceptos o situaciones, o de afrontarlas exitosamente con base en la experiencia o de resolver problemáticas con visos de novedad, etc., la definición está lejos de ser unánime. Hay diferencias según las distintas ciencias y disciplinas y hasta dentro de cada una de ellas en cuanto a qué implica.
A su vez, en el habla cotidiana y en la científica, usualmente “inteligencia” va seguida de un adjetivo o de una construcción gramatical que especifica a qué nos referimos. De este modo, se suele decir que alguien tiene inteligencia para las matemáticas, para lengua, que la inteligencia artificial busca emular a la humana, que la inteligencia animal es adaptativa y muchas otras expresiones que intentan delimitar el campo de referencia.
No vamos a entrar en la polémica secular acerca de su definición; pero es necesario recordar que a ella concurre una serie de elementos como comprensión, información, planificación, resolución, análisis, razonamiento, memoria, deducción, atención, inducción y más que hablan de un fenómeno complejo.
Por otro lado, se ha señalado que el CI es un indicador de la posición relativa de cada persona respecto de la inteligencia media de los sujetos de su grupo etáreo en una sociedad y en un período dados. Hay que tener en cuenta las variables de lugar y tiempo en su consideración porque resulta obvio puntualizar que no es lo mismo medir el CI en el seno de una sociedad altamente industrializada y con un acceso educativo e informativo extenso que en otra en que esas condiciones no se cumplan. Ello no implica que unos u otros sean más inteligentes, sino solamente que habrá que considerar distintos ítems o presentarlos de manera diferente al hacer la medición. El temporal tiene que ver con lo que se conoce como efecto Flynn, en referencia a un investigador neozelandés que lo observó por primera vez, que habla de un incremento promedio de 3 puntos del CI por década, como resultado de diferentes aspectos socioeconómicos.
Entre otros varios, se le hacen dos críticas al CI. Una es que, como toda medición estandarizada, al ponderar algunos ítems como propios de ser medidos y otros no, su resultado termina por estar ideológicamente sesgado, esencialmente por destacar unos y desechar otros. La otra es que, más allá de que hoy en día los que se dedican a medirlo no le dan valor absoluto a sus mediciones, el CI no asegura que quienes superen con holgura la media obtengan mejores resultados que otros que apenas están por encima, en el promedio e, incluso, algo por debajo.
Ello habla de que la inteligencia tiene otros condimentos, además de los puramente racionales, que inciden para que ese potencial se desarrolle o no. Un aspecto no menor de ella son los factores emocionales.

¿A qué nos referimos con “inteligencia emocional”?
Si bien algunos autores citan como antecedentes de esta disciplina a Charles Darwin y aun a otros más antiguos, que atisbaron que la inteligencia no era solamente una cuestión intelectual, sino que tenía facetas emocionales, es a partir de la década de 1990 que el concepto comienza a tener andadura, sobre todo a partir de un libro de Daniel Goleman, de 1996, titulado, precisamente, Inteligencia emocional, del cual se han vendido más de 5.000.000 de ejemplares en todo el mundo.
Nacida fundamentalmente del Management, esta obra del psicólogo norteamericano resume y sistematiza las tendencias en esa área para buscar un mejor rendimiento del personal contratado, al descubrir que no era suficiente conseguir personas altamente capacitadas para la tarea requerida, sino que se hacía indispensable que éstas tuvieran un plus para mejorar su rendimiento. Ese ítem extra radicaba, precisamente, en las emociones.
Estas fueron denostadas desde antiguo como opuestas a la racionalidad, como un impedimento para el desarrollo de las relaciones interpersonales y un serio obstáculo en el desempeño laboral.
Sin embargo, también hubo quienes, como Aristóteles, les daban su valor, pero controladas. Así, el filósofo griego destacaba en su Ética a Nicómaco: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.
En 1990, Salovey y Mayer definieron la Inteligencia Emocional como “la habilidad para manejar los sentimientos y emociones propios y de los demás, de discriminar entre ellos y utilizar esta información para guiar el pensamiento y la acción”. Goleman se hizo cargo de dicha definición y utilizando ejemplos de la vida cotidiana, muestra que es posible conducirla, entrenarla y conseguir de ella efectos altamente positivos en el sujeto y en el medio en que se desenvuelve. Para Mayer, “se refiere a la habilidad para reconocer el significado de las emociones y sus relaciones, y para razonar y resolver problemas en base a ello. También incluye emplear las emociones para realzar actividades cognitivas”.
Es posible clasificar las habilidades prácticas que se desprenden de la IE en dos: inteligencia inter e intrapersonal.
Las primeras (de autoconocimiento), a su vez, implican la autoconciencia (saber qué pasa y qué sentimos en nuestro interior); el control emocional (ser capaces de modificar y regular un estado anímico y la forma en que se lo exteriorizará) y la capacidad de motivación, tanto propia como la de los demás.
Las segundas, que son las referidas a las de relación, se conforman por las empáticas, que conciernen a la capacidad de saber qué pasa con los demás y poder ponerse en el lugar de ellos y las habilidades sociales, que hacen a cómo nos presentamos ante el mundo, cómo interactuamos en relaciones interpersonales, lo que dará posibilidades de liderazgo, de aceptación y de negociación ante múltiples situaciones.
Existen otros criterios de clasificación, como el de Mayer, quien distingue cuatro ramas o áreas de habilidades:
1) Capacidad de percibir emociones en caras o imágenes.
2) Usar emociones para facilitar el pensamiento y para realzar el razonamiento.
3) Capacidad de comprender información emocional acerca de las relaciones y las transiciones de una emoción a otra e información lingüística acerca de las emociones.
4) Capacidad para manejar emociones y relaciones emocionales para el crecimiento personal e interpersonal.
Goleman, por su parte, establece un modelo de competencias emocionales, en el cual se establecen cinco de ellas: el conocimiento de las propias emociones; la capacidad de controlarlas; la capacidad de motivarse a uno mismo; el reconocimiento de las emociones ajenas y el manejo de las relaciones.
Otro que teorizó sobre la IE fue Reuven Bar-On, quien postula un modelo multifactorial con cinco componentes: intrapersonales (autoconcepto de sí, autoconciencia, asertividad, independencia, autoactualización), intrapersonales (empatía, responsabilidad social, relaciones interpersonales), adaptabilidad (realismo ante las situaciones, flexibilidad, actitud ante los problemas), manejo del estrés (tolerancia a él mediante recursos para hacerle frente, control de impulsos) y estado de ánimo y motivación (optimismo, disfrutar de la vida y ser positivo).
Hay más, pero, pese a algunas divergencias menores, la constante en todas las teorías y clasificaciones que se ocupan de la IE tienen un punto en común: no niegan las emociones, sino que buscan que el propio sujeto las regule, disfrutando de las positivas y transformando las negativas o, cuanto menos, regulando su expresión.
Esta autorregulación es la piedra fundamental del sistema. Con ella, el sujeto estará mucho más cerca de un equilibrio que le permita anticipar emociones propias y de otros y actuar en consecuencia, reduciendo el conflicto, creando climas de relaciones mucho más ricos y profundos que cuando lo emocional queda librado a una mera reacción ante un estímulo, sin posibilidad de control.

Cómo lograr utilizar la IE
Acostumbrados, como estamos, a que las emociones nos dominen o que se intente relegarlas a un segundo plano, aprender a controlarlas y a transformarlas es una tarea que requiere todo un entrenamiento.
Estar atento a los signos interiores y a los que nos brindan aquellos con quienes interactuamos implica desplegar nuestros sentidos al servicio de mejorarnos y crear ambientes más placenteros en los cuales desenvolvernos, lo que produce un efecto multiplicador.
Existen distintos cursos y programas de variada extensión, dedicados a diferentes ámbitos (laborales, educativos, de salud, personales, grupales, etc.). Describirlos resultaría prácticamente imposible en los límites que impone un artículo.
Lo que podemos señalar es que la mayor parte de ellos trabaja con conceptos tales como autoconocimiento, autonomía, autoestima, comunicación, habilidades sociales, escucha, solución de conflictos, pensamiento positivo, entre otros.
En ningún caso se trata de buscar que la persona vaya más allá de sus posibilidades reales, sino que el objetivo es que aprenda a conocer y lidiar con sus límites, para que ello no redunde en estados emocionales paralizantes. Y también que el descontrol de sus emociones no malogre sus capacidades, sino que las potencie, para que saque mayor provecho de ellas, se beneficie y haga lo propio con quienes lo rodean.

IE y discapacidad
Daniel Goleman señala en el Apéndice F de su libro los resultados obtenidos por una investigación realizada en Carolina del Norte y validadas por observadores independientes correspondientes a alumnos con necesidades especiales.
Estos comprenden:
• Mejor conducta en clase.
• Tolerancia a la frustración.
• Habilidades sociales asertivas.
• Habilidades con los compañeros.
• Participación.
• Sociabilidad.
• Autocontrol.
• Mejora en la comprensión emocional
• Reconocimiento.
• Etiquetado.
• Disminución de la tristeza y la depresión (según autoinformes).
• Disminución del grado de ansiedad y aislamiento.
En este sentido, resulta un dato importante a destacar que la inmensa mayoría de las personas que han recibido y utilizado correctamente las herramientas correctivas de la IE manifiestan que su autoestima ha mejorado notablemente. Precisamente éste es uno de los puntos más conflictivos en la percepción que tienen de sí las personas que portan discapacidad.
Su utilización con ellas podría derivar en que muchas de las conductas disruptivas que provocan rechazo desaparezcan o se atemperen, lo que, a su vez, redundará en un mayor aprovechamiento de la escolaridad y en una vida de relación más plena.
A su vez, quienes rodean a estas personas (familiares, educadores, profesionales, etc.) también pueden beneficiar y beneficiarse con el manejo de la IE al poder predecir las emociones y comportamientos de unos y otros y anticipar y reducir el nivel de conflictividad, aportando mayor flexibilidad, tranquilidad y seguridad en las relaciones.

Críticas y final
Desde algunas ramas de la psicología y del psicoanálisis se critica tanto a quienes postulan las teorías de la Inteligencia Emocional como de la Resiliencia de ser extremadamente voluntaristas, desconociendo algunos postulados básicos del Inconsciente, que no resulta tan fácilmente manejable por el Yo.
Aquellos que efectúan estos reparos, entre otros, señalan que, en realidad lo que hacen estas técnicas enroladas en la autoayuda es enmascarar síntomas, los que buscarán otras vertientes de expresión.
No es nuestra tarea dirimir esta disputa (ni ninguna otra, en realidad). En todo caso, nuestro punto de vista (ecléctico, por cierto) es que nada sirve para todos en todo momento, pero a toda persona que alguna disciplina, actividad o lo que sea le sirva para estar mejor, debe tomar provecho de ello.

Ronaldo Pellegrini
ronaldopelle@yahoo.com.ar

Algunas fuentes:
– http://www.down21.org/educ_ psc/educacion/Emocional/inteli gencia_e.htm.
– http://www.inteligencia-emo cional.org/.
– http://www.psicologia-online. com/autoayuda/iemocional/index.shtml.
– Goleman, Daniel, Inteligencia emocional (versión en Word en internet).

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