CONTEMPLANDO LA NOCHE

Los seres humanos somos animales hablantes, relacionados entre nosotros a través de la palabra (reflejo de Su Palabra)… Y nos vinculamos relatando historias…
Permítanme compartir con ustedes, mis compañeros de viaje, unas breves reflexiones (antaño compartidas pero que hoy me ha parecido pertinente volver a hacerlo), junto a un cuento anónimo, que envío en adjunto…
Como los pájaros, como las nubes, como las hojas de las plantas, como las hormigas viajeras y los insectos que van y vienen de flor en flor, nosotros también somos viajeros – «homo viator»,  viajeros de la tierra – peregrinos, extranjeros en tierra ignota, nostálgicos de origen, con «saudade» (como decía mi abuelo gallego)…
Añoramos, desde nuestro banalizado sedentarismo, ese origen que – en nuestra fantasía – daría sentido a nuestra vida si lo recuperáramos… Porque sentimos en nuestro interior, un gran vacío que devora todo lo que allí arrojamos para llenarlo…
Porque malinterpretamos ese vacío, lo consideramos un vacío de cantidad cuando es un vacío de cualidad: no hay cantidad posible que lo llene, porque ese vacío no es existencial sino esencial: es vacío de sentido, algo que no sugiere que hay que buscar algo, una voz que nos habla de una posibilidad…
Y es que ese «vacío» no es carencia de existir sino presencia de ser: eso que sentimos que nos falta, en verdad no nos falta: simplemente, no sabemos que está…
Y así, pasamos la vida buscando donde no está, aquello que no puede «estar» porque, simplemente, «Es»…
Y buscamos, y buscamos, hasta que un día descubrimos que el «lugar» buscado no está afuera sino adentro, en el propio corazón (donde, según todas las tradiciones, mora el Espíritu)…
Y en esa búsqueda denodada, perdemos tiempo y energía, sufrimos y hacemos sufrir, y cargamos nuestra mochila de la vida con angustia, ansiedad, culpa y nostalgia…
Hasta que finalmente, nos detenemos y – como Gautama – nos «sentamos a los pies del árbol», a meditar un poco (es decir, a mirar pa’ dentro, vio?)…
Y entonces, sobreviene, finalmente, la paz: dejamos ir lo que ya se había ido, agradecemos lo que fue, lo que es y lo que será, y abrimos los ojos – como las flores – a la Luz…
Entonces, y solo entonces, aceptamos que lo que se perdió, se perdió, ya que el tiempo no retrocede…
Y surge en nosotros una sencilla pregunta, sin inquietud, una pregunta simple – que siempre estuvo ahí, pero nos resistimos a escuchar – una pregunta que nos viene desde el corazón, una pregunta esencial para la existencia: ¿qué hacemos a partir de ahora? ¿Qué hacemos con el tiempo que nos queda?…
Después de mucho andar, buscando la paz por esos variables caminos de la geografía espiritual, hemos descubierto una sencilla verdad: el lugar del advenimiento de la paz no es un «lugar», es el propio corazón…
Y, pacificado el corazón del hombre, su entorno se pacifica también, poco a poco…
Porque el corazón en paz se torna difusor de luz y calor, sabiduría y amor, expresado tradicionalmente en el símbolo del corazón irradiante y en llamas.
Una vez más, podemos preguntarnos ¿qué hacer a partir de ahora? ¿Qué hacer con el tiempo que tenemos y que nos queda?…
Tal vez, una buena respuesta podría ser: volver a nuestro propio corazón, donde nos encontraremos a nosotros mismos y, a la vez, hallaremos a Dios (que, de acuerdo a todas las tradiciones del mundo, habita en el corazón del ser humano)…
Y desde allí, centrados, pacificados y unificados (con nosotros mismos y con Dios), seremos uno con el cosmos y, por lo tanto, uno con el prójimo (con quien – lo descubriremos entonces – nos une un vínculo «cordial»)…
Y, ¿donde hacer lo que tenemos que hacer, durante el tiempo que nos queda?..
Aquí, ahora…
Porque, nos guste o no, la única espiritualidad posible está aquí y ahora, en la vida cotidiana…
Y no podría ser de otra manera, puesto que solo vivimos en el momento presente, el instante (“nunc” o “instans” de los medievales), ya que tanto el pasado como el futuro son, en verdad, virtuales (existiendo el pasado como recuerdo – consciente o inconsciente – y el futuro como posibilidad)…
Por lo tanto, mejor que desear un tipo de vida es incorporar a la que uno lleva, cada día, algunos elementos propios de una vida orientada desde y hacia el espíritu: vivir en Su presencia (amor a Dios, como sea que Lo concibamos: mantener la conciencia de Su presencia en cada situación), silencio, oración, espiritualización del trabajo, amor al otro (según el decir de Fromm, amor erótico, amor filial y amor fraterno), ordenamiento espiritual del tiempo, estudio y lectura…
Orientar la propia vida, mirar un horizonte de luz (eso significa «orientarse»: mirar – geográficamente hablando – a Oriente, lugar de salida del Sol y, por lo tanto, ubicarse de frente a la Luz – física y espiritualmente, geográfica y simbólicamente)…
Orientarse, entonces, se relacionaría con dar un sentido (hallarlo, darlo, no importa), a la propia vida; y mirar en una dirección, tener un sentido para caminar – como peregrinos que somos – coincide con el antiguo concepto de Tao…
Sugiere el taoísmo, que hay tres modalidades diferentes pero simultaneas y complementarias de «tao»: Tao del Cielo, Tao de la Tierra y Tao del Hombre…
Tao de la Tierra : tendencia a la multiplicidad y diversificación constantes (constancia diversificante/ diversificación constante)…
Tao del Cielo: tendencia a la unidad y unificación constantes (constancia unificante/ unificación constante)…
Tao del hombre: hacer el puente («el cielo cubre, la tierra sostiene y el hombre hace el puente»), ordenando la multiplicidad hacia la Unidad (eligiendo libremente la tendencia a seguir y armonizando en sí mismo, las tendencias de Cielo y Tierra)…
El hombre unificado (el Bhagavad Gita diría “disciplinado por el yoga”, donde yoga significa estrictamente “unión”), es uno en medio de la diversidad y múltiple en medio de la Unidad (y se torna entonces, un verdadero unificador, pacificador y aquietador de las diferencias en el Uno)
Y la unión consigo mismo siempre es, ineludiblemente, unión con Dios…
Y, ya que estamos, ¿Porqué hacernos las preguntas que dieron inicio a esta conversación? ¿Porqué hacernos preguntas acerca del sentido? ¿Porqué preguntarnos qué hacer con el tiempo que tenemos y donde hacerlo?…
Porque tenemos sed…
Sed de sentido, sed de respuestas, sed de paz y serenidad; somos como las plantas, que aman la luz y como las flores, que se abren hacia lo alto, devolviendo agradecidamente al mundo, en perfume, lo que el mundo le dio en tierra, agua y luz…
Tenemos sed de trascendencia espiritual…
Y es que la trivialidad de una vida excesivamente secularizada nos ha sumido en una banalidad confusa y exasperante…
No obstante, algo hay de qué agarrarnos para orientarnos, un madero para no hundirnos en el confuso mar de la hiperestimulación actual: en medio de esta ciénaga poco firme,  nos rescata, al menos en parte, el mito…
Los mitos constituyen relatos – los seres humanos somos seres relatadores de historias – que nos atraen poderosamente, evocando en nuestros corazones imágenes ancestrales, relacionadas generalmente con el mundo trascendente de los más altos valores espirituales…
El mito, mediante el universal lenguaje de los símbolos, ordena el caos, ilumina la oscuridad y erradica la confusión mediante la instauración interior de cierto orden pacificador: en el mito, lo malo es malo y lo bueno es bueno…
Porque la idea es que, entonces, con la claridad de las opciones, los hombres podamos optar…
Porque, ¿cómo puede uno optar entre opciones que no se diferencian?…
La sociedad actual se alimenta de la confusión, que obnubila al hombre y le impide optar, ya que todas las opciones se han diluido en un gris evanescente, que hace que todos los gatos sean pardos…
La confusión es el verdadero elemento de poder en el mundo de hoy; el mito y el lenguaje simbólico, en el marco de la Tradición , son los bastiones que – aun en medio de este aparente caos – irradian cierta claridad que permite diferenciar lo alto de lo bajo y lo bueno de lo malo…
Entonces, el hombre recuperará su dignidad – como diría Pico Della Mirándola – al optar en el sentido trascendente de la Luz …
* * *
En todo mito hay un héroe…
Y una característica del héroe mítico (una característica de la épica misma) es que acepta el devenir, porque se sabe parte integrante del todo circundante (como dice un personaje épico de un conocido relato mítico actual, “lo que hacemos en la tierra resuena en la eternidad”)…
El héroe pregunta los “porqué”, pero acepta con serenidad (aunque no pasivamente) su propia ignorancia…
Sabe qué es lo que debe hacer y lo hace; no interpone su propio “yo”, su miope voluntad, entre su rol y su acción… Actúa, según el deber devenido de su rol en la existencia, y acepta las consecuencias de su acción: el héroe mítico no se apega al resultado de sus acciones…
Es justo porque acepta que, en la vida, no siempre se hace lo que se quiere ni se quiere lo que se hace; no obstante, se hace lo que se debe, simplemente porque es necesario y hace al sentido del propio devenir y al bien común…
El deber de que hablamos (el Dharma del Hinduismo), no es un conjunto de reglamentos arbitrarios o convencionales; es el conjunto de principios de acción, reguladores de la existencia, provenientes del Principio Único (manifestación primordial del Uno Inmanifestado)…
La acción adecuada a este deber, no puede sino ser “justa” y, como tal, no espera premio ni teme castigo: es “desapegada”…
* * *
Es interesante observar que Patanjali (en el aforismo I, 36) sugiere que la búsqueda o “indagación” del sentido de la vida, aportaría algún alivio a las “distracciones” de la mente… Antes, en el aforismo I, 2, sostendría que yoga (unión) es la detención de los torbellinos de la mente…
Para Patanjali, la mente distraída, sufre y, por eso, necesita y busca alivio…
La mirada occidental vigente supone que una mente concentrada se fatiga y necesita buscar alivio en la distracción…
Patanjali sugiere lo contrario…
Distracción significa ser tironeado hacia fuera, hacia la periferia… El gasto de energía (mental, en este caso) para sostener ese stress, generado por la atención diversificada, agota al hombre… De ahí que Patanjali, agudamente, conciba el proceso contrario: la concentración unificante no solo ahorra energía sino que, además, la genera…
Y de ese modo, aporta alivio al sufrimiento de una mente agotada por la distracción…
En todo tratamiento, primero hay que calmar el dolor, para disminuir el sufrimiento invalidante; después, relajar y elongar músculos y ligamentos (para devolver movilidad, amplitud y libertad a las articulaciones, antes rígidas)…
De manera análoga, debemos primero calmar nuestro dolor existencial y dar libertad a nuestras articulaciones psicofísicas, a fin de liberar, finalmente, a nuestro espíritu, para que se manifieste…
Nuestro espíritu es como un pájaro: si se lo permitimos, siempre elegirá el cielo…
* * *
La verdad es que la vida posee suficiente tiempo para que realicemos nuestro sentido (Tao) y ese tiempo incluye la búsqueda, el hallazgo y el desarrollo…
La brevedad o longitud de la vida constituye, más bien, una apreciación subjetiva, que depende, además, del modo en que vivimos…
Dios, en Su sabiduría, sabe que necesitamos perder mucho tiempo antes de descubrir que perdemos el tiempo (El sabe que somos creaturas consumidoras de tiempo); la búsqueda y descubrimiento del sentido (Tao) nos lleva gran parte de la vida (debido a que llevamos, en general, un modo de vida alejado de los principios de la Tradición )…
La búsqueda implica abrir algunas puertas y cerrar otras, desmalezar el camino, cavar, remover la tierra, trepar en busca de alturas y saltar a veces al vacío, vigilar de noche y andar de día («sin temer las fieras ni tomar las flores», como indica sabiamente San Juan de la Cruz)…
En este viaje, es imposible buscar verdaderamente a la Verdad sin sufrir o hacer sufrir, a veces… No obstante, llega un momento en que el camino se aclara un poco, y la búsqueda se hace más serena…
Entonces, uno mira atrás y ve su vida como un relato, lleno de paisajes y personas; entonces, se sienta y puede fumar su pipa, tomar su vino y recomenzar como un hombre nuevo, cuya principal característica es la serenidad en el corazón y en la mirada…
Sigue siendo quien era, pero ya no es lo que era…
Y, ya serenado, puede pedir perdón, puede perdonar y puede agradecer…
Es mi deseo, aquí y ahora, que podamos todos y cada uno de nosotros, ser bendecidos con la serenidad de Su Presencia…
Espero que anden bien y que la vida lleve siempre el rumbo de vuestra felicidad…
Un gran abrazo fraterno para todos y cada uno

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