CONTEMPLACIÓN, TRANSFORMACIÓN Y DISCERNIMIENTO

Nada más entrar en el «Monasterio de la Encarnación», en Ávila, la encargada de mostrar las dependencias que se pueden recorrer del convento y de la Iglesia, enseña a los visitantes, en lo que era el zaguán de ingreso por donde accedió Santa Teresa al claustro, en el año 1535, una antigua «arca» de madera. Cerrada bajo tres llaves, que guardaban celosamente las clavarias, el «arca» escondía, entre otras cosas, los documentos, escrituras de propiedad y objetos de valor del monasterio. Sólo la combinación de las tres llaves de las clavarias permitía abrir el arca. Tres llaves hacen falta también para abrir «el arca» de la RIVC 2000: 1ª llave, la contemplación; 2ª llave, la transformación; 3ª llave, el discernimiento. Personalmente, considero que la presentación del carisma carmelita y la insistencia en la tríada contemplación-transformación-discernimiento a lo largo del proceso formativo son las intuiciones más interesantes de este documento. Cada uno podrá sacar lógicamente sus conclusiones.

La Comisión Internacional para la Formación pidió que aprovechásemos estos días de reflexión conjunta para estudiar de cerca los aspectos más relevantes de la RIVC. Y así lo intentaremos hacer. La edición de este documento es un acontecimiento importante para nuestra Orden porque nos obliga a preguntarnos nuevamente por nuestra identidad y nos permite reflexionar sobre los elementos constituyentes de nuestro ser carmelita. Podríamos recurrir a buenos artículos que se han publicado en estos últimos años y que pretenden hacer una síntesis del camino espiritual recorrido por nuestra familia en los últimos decenios. Sin embargo, esta labor ya la han hecho -y muy bien- otros. Nosotros nos centraremos más bien en ver cómo los elementos contemplación-transformación-discernimiento están íntimamente vinculados entre sí a lo largo del documento. Por otra parte, comprobaremos cómo la comunidad local, sin duda alguna, es el lugar donde se hace patente cómo es nuestra fraternidad (cf. RIVC 23). La primera charla lleva por título: La contemplación: Código genético del carisma carmelita. La segunda: La transformación. Un camino interior hacia la fraternidad. La tercera: El discernimiento: El arte de permanecer en la opción de Cristo. Y, por último, la cuarta: Buscando el centro de nuestra comunidad. ¿Cristo o el conflicto? Mecanismos que favorecen la fraternidad.

PRIMERA LLAVE: LA CONTEMPLACIÓN

Código genético del carisma carmelita

Hace casi cincuenta años que la famosa pareja de científicos Francis Crick y James Watson consiguió desentrañar la estructura de la molécula de la herencia y de la vida, el ácido desoxirribonucleico (ADN). Resultó ser una doble hélice, en la que cada cadena estaba formada por un rosario de cuatro bases que combinaban entre ellas perfectamente. Me gustaría que nos sirviese esta intuición para descubrir cómo nuestra familia religiosa también tiene un código genético que nos identifica. La RIVC 2000 llama a esta molécula de la vida «contemplación». Como tenéis representado en el esquema, este sustrato llamado contemplación, está formado por tres elementos (oración, fraternidad y servicio en medio del pueblo). Si por alguna razón manipulamos genéticamente esta molécula de la vida, prescindiendo de algún elemento, nos veremos enfrentados con el riesgo de sufrir en el futuro mal-formaciones.

1.- ¿Qué es la contemplación? La contemplación es presentada como el corazón del carisma carmelita, como el elemento dinámico que une las distintas dimensiones del carisma: oración, fraternidad, y servicio en medio del pueblo (cf. RIVC 23). La contemplación se entiende como un proceso progresivo de continua transformación en Cristo realizada en nosotros por el Espíritu. En la tradición carmelita, contemplación y oración se han identificado a menudo. Es importante hablar explícitamente de la oración como la puerta de la contemplación (cf. RIVC 29). Perfilar los contornos donde acaba una y empieza otra es difícil. Según la Ratio no habría una ecuación perfecta entre oración y contemplación. Es cierto que la oración es contemplación, pero no es menos cierto que la contemplación abarca, supera y es mucho más que la oración. En sí misma es un proceso de transformación personal que, mediante el encuentro con Cristo, nos impulsa a convertirnos, a dejar el hombre viejo y vivir desde el hombre nuevo (cf. RIVC 1; 55). La purificación y la transformación se hace más profunda si estamos dispuestos a cooperar, pues la tarea es ardua y dura toda una vida. Imaginad la escena de una mujer que está tejiendo un jersey. Cuando está ya casi terminado nota, en medio del jersey, que se le ha escapado un punto. ¿Qué puede hacer? Puede dejarlo como está, con el punto equivocado; puede hacer una chapuza remendándolo o poniendo un parche; puede, también, comenzar a deshacer lo hecho hasta dar con el punto equivocado, aunque sea más laborioso, y acabar la obra comenzada. Dios, hermanos, elige la tercera vía, porque cada uno de nosotros debe ser una obra de arte rematada y perfecta. Estos intentos, idas y venidas, nuestra espiritualidad lo ha descrito con símbolos e imágenes que hablan de un camino de transformación: «noche oscura», «subida al Monte Carmelo», «puritas cordis (pureza de corazón), «vacare Deo» (estar libres para Dios), experiencia del desierto, cruz gloriosa, etc. Cada vuelta deshecha es cada una de las fases y etapas de nuestra vida, hecha de alegrías y de crisis, por las que tenemos que atravesar en esta búsqueda de Dios.

2.- ¿Dónde se da la contemplación? ¿Dónde son transformadas nuestras formas limitadas de amar, pensar y actuar? La contemplación se hace presente allí donde el amor se hace activo. Sea en la fraternidad (cf. RIVC 34-37), sea en el servicio en medio del pueblo (cf. RIVC 38-45), sea en la oración (cf. RIVC 29-33). Se pensó que sólo era contemplativo el que hacía actos de oración. Nada más falso. Hablamos mucho de unidad de vida (cf. RIVC 121) y, sin embargo, levantamos con facilidad muros entre cada una de las dimensiones del carisma. La unidad de vida no es simplemente la suma de tiempos de oración + tiempos de fraternidad + tiempos de servicio en medio del pueblo. Cada una de las dimensiones del carisma es portadora en sí misma de todo el código genético, es decir, de su conjunto. La unidad de vida no nos la da el tiempo invertido en cada uno de los tres elementos del carisma, sino el amor invertido, derramado, el amor que nos viene de Dios y el amor con el que servimos a los hombres y a los hermanos. En la exclamación 5ª nos dice Sta. Teresa que «es el amor el que da valor a todas las obras». «Dios no mira sino el amor con que hacéis lo que hacéis». Se es contemplativo allí donde el amor se hace activo. El fin es la unión con Dios en el amor. La «contemplación» es el vehículo que nos posibilita que, sin bloqueos, pasemos de una dimensión a otra del carisma (oración-fraternidad-servicio) con facilidad, como quien no cambia de actitud, sino simplemente de forma de expresar esa actitud permanente en la que vives. Lo que es imposible es olvidar alguno de estos elementos o acentuar excesivamente uno anulando los otros. Sólo el amor perdura. Lo dice S. Pablo todo se acabará la ciencia, la profecía, las lenguas. Es el amor el que da unidad y armonía a las distintas y complementarias formas de expresarlo y de fomentarlo. Si el amor te conduce a servir a Cristo presente en los hombres más débiles que sufren, los pobres (cf. Mt 25), eres un contemplativo. Si el amor te permite ver el rostro de Dios en tus hermanos de comunidad eres un contemplativo. Si el amor te lleva a la intimidad con Él en la oración, a estar a solas con quien sabes que te ama, eres un contemplativo. Ese AMOR, si es amor con mayúscula, es el que va dando unidad a la variedad de formas en que se manifiesta. Esa unidad, por lo tanto, irá alimentando que unas veces se exprese de una forma y otra veces de otra.

3.- Un electrocardiograma a nuestro corazón (Cf. RIVC 23). La Ratio especifica que la contemplación es el corazón del carisma. Sabemos, sin embargo, que «el valor supremo del cristianismo no es la contemplación sino el amor». Ahora bien, para alcanzar los carmelitas de todos los tiempos la unión con Dios en el amor, la enzima que posibilita, cataliza y facilita en nosotros una reacción que active la conversión es la contemplación. Para profundizar en esto que estamos diciendo la Ratio lo ilustra, durante la etapa del noviciado, con la lectura de la obra del Hno. Lorenzo de la Resurrección sobre la «Práctica de la presencia de Dios» (cf. RIVC 138). Un día confesó: «En medio del ajetreo de la cocina, donde a veces me piden al mismo tiempo cada uno una cosa, poseo a Dios con la misma paz que si estuviera de rodillas ante el Santísimo». Comprendió que la «contemplación», le impulsaba a desear vivir día y noche «en la presencia de Dios», en las distintas formas en que Dios se le presentaba, siendo «consciente» de su amor infinito. Por eso apuntará: «Nuestra santificación consiste no en la variedad de nuestras obras, sino en hacer por Dios lo que ordinariamente hacemos por nosotros mismos… Yo doy vuelta a la tortilla en la sartén por amor de Dios…». Buscamos métodos y más métodos para aprender a amar a Dios… «¿No sería más sencillo y más directo hacerlo todo por amor de Dios, servirse de la obras del propio estado para demostrarle nuestro amor, y alimentar su presencia dentro de nosotros por medio de un trato cordial con él? Con el tiempo padeció «gota ciática», y en medio de su cojera -como sólo podía estar sentado- le dieron un martillo, y sin hacer ningún cursillo, lo nombraron zapatero. Llevó en su corazón los doscientos pies de sus hermanos. Fue un hombre orante, fraterno y servicial, un contemplativo -todo al mismo tiempo- porque su único medio para ir a Dios era hacerlo todo por Amor a Él y le era indiferente estar ocupado en una cosa o en otra, con tal de hacerla por Dios. «Era a Él, y no a la cosa, a quien miraba».

4.- En definitiva, el talante contemplativo de nuestra vida hace que el hombre fraterno sea necesariamente orante y servicial. Es decir, la fraternidad me reenvía obligatoriamente a la oración y al servicio; la oración me reenvía a la fraternidad y al servicio; por último, el servicio me reenvía a la oración y a la fraternidad. El medio de transporte para pasar de una dimensión a otra lo llamamos contemplación, o proceso de transformación en Cristo (cf. RIVC 24; 26). De aquí, no hace falta ser un lince, para deducir que si uno de los elementos del carisma se resiente, indudablemente se resentirán los otros dos. O dicho de otra forma, si al ponerme el termómetro descubro que mi relaciones fraternas tienen fiebre, me temo que mi oración y que mi servicio tampoco gozarán de buena salud. La fraternidad depende de la calidad de nuestra vida contemplativa. En este itinerario los hermanos, la comunidad local, orienta, ayuda y purifica a lo largo del camino y es un espejo de cómo es nuestra oración y cómo es nuestro servicio. Lo vemos a continuación:

a) La fraternidad es el espejo donde se refleja cómo es nuestra oración. ¿Consideráis que al levantar nuestras manos hacia Dios durante la oración de esta mañana Dios las ha encontrado limpias, o más bien manchadas de sangre por el juicio y la murmuración contra algún hermano de comunidad? Sería fácil soslayar la pregunta y juzgar que es ingenua, y, además, inoportuna; pero, si queremos rezar el primer requisito es descender a la vida y vivir en la «verdad», por eso la importancia del discernimiento, comenzando por uno mismo, que es donde se opera la tarea de la transformación. La oración, que casi siempre consideramos relacionada con el sentido del «oído» y la «escucha», aparece en la Escritura con interesantes matices visuales. Dios durante nuestra oración, antes de «escuchar», «mira». Dios recuerda al pueblo, a través del profeta Isaías, que sus oraciones no son gratas porque ha mirado y ha visto unas manos manchadas de sangre y un corazón con doblez. «Al extender vosotros vuestras palmas, me tapo los ojos para no veros. Aunque menudeéis la plegaria, yo no oigo» (cf. Is 1). Dios queda atrapado en salmos que se repiten vertiginosamente pero que han perdido su eficacia. Hemos ofrecido a Dios –como dirá S. Juan de la Cruz-, aquello que nunca nos había pedido. Establecemos un peligroso diálogo de un «yo desdoblado», que habla y se responde a sí mismo, pero que no tiene a Dios como interlocutor. Nos convertimos de esta manera en esquizofrénicos espirituales, haciendo un Dios a nuestra medida y según nuestras necesidades. Podríamos multiplicar actos y actos en la comunidad local, en casa o la iglesia de mi pueblo rezando toda la liturgia de las horas y no ser más que principiantes de oración. Un hombre orante es un hombre fraterno. La oración no son actos, es una actitud, es una relación (cf. RIVC 31).

Decía nuestro General, cuando empezó su oficio el sexenio anterior: «Si quieres saber si amas a Dios pregúntaselo a tus hermanos. Ellos te lo dirán». El trato con Dios me reenvía a estar con mis hermanos. El trato de amistad con Dios no es pensar mucho, sino «amar mucho» (F 5, 2). Amar, no se puede amar en abstracto. Dios se disfraza camaleónicamente de hombre y mujer. Ahí es donde se ama. Cuando la fraternidad se resiente, nuestras oraciones se cubren de sangre. La oración, el silencio, no es aislamiento (cf. RIVC 30) sino que se llena de la Presencia de Dios y nos devuelve transformados a la compañía de los hermanos. «Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen, muy encapotadas cuando están en ella, (que parece no osan bullir ni menear el pensamiento, porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido), háceme ver cuán poco entienden el camino por donde se alcanza la unión. Y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, que no; obras quiere el Señor y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada en perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuere menester ayunes, porque ella no come». Yo puedo hacer actos de natación y no ser nadador, y llegarme justo para mantenerme a flote en el agua; yo puedo hacer actos de oración y no ser un orante. Si después de tantísimas horas de praxis de oración no hemos pasado de ser practicantes a orantes es que algo grave sucede. Basta que cada uno saque la calculadora y multiplique sus años como religioso por 365 y comience a hacer un balance estadístico de la situación. Si llevases 25 años de vida religiosa significa que has celebrado aproximadamente unas 9125 eucaristías, 9125 laudes, 9125 vísperas, a tres Padrenuestros al día son unos 27375 Padrenuestros. Si después de toda esta operación, simplemente le hemos sacado lustre al banco de la capilla me temo que la inversión no ha merecido la pena. Lógicamente, no queremos llevarnos a engaño, el que quiera ser un buen nadador tiene que estar muchas horas en la piscina; no lo olvidemos. La primera conclusión es clara: la comunidad local es formativa en la medida que es una comunidad orante, no sólo por su horario, ¡cuidado!, sino por su actitud.

b) La fraternidad, por otra parte, nos impulsa a servir y, al mismo tiempo, corrige las desviaciones egoístas de nuestro servicio. Una comunidad cerrada en sí misma, no es una fraternidad, es una secta. De aquí que el servicio refleja si una comunidad está sana. El servicio es parte integrante de nuestro carisma (Cf. RIVC 104, Const. 91). Cualquier servicio se ejerce en la comunidad, en su nombre y a favor de ella. Es nuestra vida contemplativa y fraterna la que ha «de determinar tiempos, modos e intensidad de nuestro servicio y no al revés» (RIVC 107; Const. 32-34). Desde luego si Dios me conduce por amor a servir experimentaré, al final de la jornada, ganas por volver a mi comunidad y estar con mis hermanos y alabar el nombre de Dios con ellos. Es como un matrimonio -decía M. Herráiz, OCD- si después del trabajo te conduce el amor a tu esposa y a tus hijos, sentirás en tu intimidad el deseo de regresar cuanto antes a tu casa para reencontrarte con los tuyos. Si no te conduce ese amor serías capaz, en el mejor de los casos, incluso de dormir en la oficina, para no encontrarte con tu mujer. O, en el peor de los casos, te faltarán bares donde entretenerte. ¡Cuando más tardes en llegar a casa mejor! Nunca dejen de actuar juntas Marta y María, pues lo interior obra lo exterior. «Que aunque es vida más activa que contemplativa, y parece que perderá si le concede esta petición, cuando el alma está en este estado, nunca dejen de obrar casi juntas Marta y María; porque lo activo, y que parece exterior, obra lo interior, y cuando las obras activas salen de esta raíz, son admirables y olorosísimas flores; porque proceden de este árbol de amor de Dios y por sólo Él, sin ningún interés propio, y extiéndese el olor de estas flores para aprovechar mucho; y es olor que dura, no pasa presto, sino que hace gran operación» . Aquí está el peligro: en la tentación de idolatrar nuestro trabajo individual o convertirlo en una compensación de otras carencias humanas. Los hermanos son los que me dan pistas para comprender si el servicio que desempeño, es únicamente «mi servicio».

No sé qué consideráis al respecto, pero me da la impresión de que no es oro todo lo que reluce, y no es apostolado todo lo que se hace. El apóstol no puede arrogarse ningún crecimiento del Evangelio. Es Dios quien da el incremento. Un carmelita no es un superapóstol que eclipsa la acción de Dios. El superapóstol edifica sobre sus espaldas, de manera que cuando desaparece él desaparece también con él su obra. No estamos llamados a ser superhombres que incluso oscurecen, sirven de obstáculo y se interponen entre Cristo y los destinatarios de su anuncio. Lo ideal es pasar de puntillas, sin cacarear demasiado, por la vida de aquellos a los que Dios me reenvía y que tanto Dios ama (los pobres, los que sufren la injusticia y la guerra, familias rotas, en la parroquia, en la universidad, en la dirección y el acompañamiento espiritual, etc.). Así como donde hay mucha luz no puede haber telaraña oculta, así también donde hay una comunidad de hermanos hay un foco potente que discierne e ilumina las posibles desviaciones egoístas de «mi» servicio. Cuando decae y decrece, o se desvía, el nivel orante y fraterno de la comunidad la misión se desvirtúa. La segunda conclusión es similar a la primera: la comunidad local es formativa en la medida que es una comunidad servicial en medio del pueblo.

5.- ¡Que no nos roben el corazón! Nuestro carisma contemplativo entendido como un camino de transformación y unión con Dios que afecta a todas las dimensiones de nuestra vida, es el código genético que nos identifica como carmelitas y conviene cuidarlo fielmente –especialmente hoy que otros cantos de sirenas nos pueden hacer olvidar el tesoro-. La siguiente historia hasídica que relató nuestro hermano G. Benker en la Congregación General de Bamberg es bastante iluminadora al respecto. Rabí Meir dijo: «Si alguien se convierte en rabino debe tener todas las cosas necesarias como una escuela, salones, mesas y sillas; uno de sus discípulos estaría a cargo de la administración, otro estaría a cargo del mantenimiento y así sucesivamente. Cuando todo eso está disponible entonces viene el diablo y rompe el corazón. Todo permanece como antes, la rueda continúa girando, pero el corazón ya no se encuentra ahí. Y el rabino levantó la voz y dijo: Dios ayúdanos para que no permitamos que esto nos ocurra». Que nos quiten lo que sea, los colegios, las parroquias, los conventos incluso, que venga Mendizábal y nos deje durmiendo debajo del puente, lo que Dios quiera, pero que no nos roben el corazón, aquello que nos hace «ser», la molécula de la herencia y de la vida carmelita: la contemplación. Es preferible que los ataques le vengan al árbol desde agentes externos (falta de vocaciones, sociedad y mundo hostil que no nos comprende, estructuras que se debilitan, etc), esto ocasiona que todo el organismo se repliegue y aúne sus esfuerzos para combatir la plaga; más difícil es, en cambio, defenderse si el ataque viene desde agentes internos porque las raíces o el organismo se debilita en sus miembros (falta de comunión entre los hermanos, visión diversa de lo esencial: el carisma, etc.). Cansa ya escuchar la oposición entre «vida activa» y «vida contemplativa», como si fueran inconciliables. Serán diferentes la vida activa y la vida claustral. La contemplación es esencial para ambas. Como insiste el P. General repetidamente en sus discursos «llegar a ver como Dios ve y amar como Dios ama se nos pide a todos». En definitiva, el carmelita no hace nada sin antes «contemplar», la razón, las consecuencias, la contribución que se hace para acelerar la venida del Reino de Dios a su vida, a los hermanos y al mundo. En esta progresiva y continua transformación en Cristo realizada en nosotros por el Espíritu, Dios nos atrae hace Él en un camino interior que conduce de la periferia dispersante de la vida a la celda más interior de nuestro ser donde Él mora y nos une consigo (RIVC 24). ¿Pero, cómo es nuestro camino de transformación en Cristo y qué papel representan los hermanos de nuestra comunidad?

Salamanca, 8 Enero de 2003
D.G.M., O.Carm.

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